lunes, 24 de junio de 2019

Historia del Negroni: 100 años no son nada


Los cocteles clásicos de vieja escuela son inmortales y suelen combinar ingredientes simples, pero pulidos por el paso del tiempo para terminar logrando la perfección. Tienen un halo mágico y son también los que los habitués de las barras más han probado. Por eso no es raro encontrar en las redes sociales debates sobre, por ejemplo, el Martini perfecto o qué bartender hace el mejor Old Fashioned. Son cocteles con pocos ingredientes, pero donde el consumidor se pone quisquilloso hasta el punto del snobismo.
En los últimos años se dio en nuestro país un resurgimiento de la coctelería que, cruzada por la restricción de las importaciones, se apoyó mucho en los bitters y vermouths. Los tragos de la vieja escuela se vieron beneficiados y el Negroni volvió con brillo propio y como santo y seña de muchos bares.
Aparentemente el coctel fue creado en 1919 a pedido del dudoso Conde Camillo Negroni. Este hombre, habitué del Caffe Casoni tenía como trago favorito el Americano (una parte de Campari, una parte de vermouth rojo y un toque de soda), pero estaba buscando una versión más fuerte. El barman Fosco Scarselli fue quien tomó la posta y bajo las direcciones del Conde reemplazó la soda por gin. El detalle final se lo dio con una rodaja de naranja en vez del típico limón del Americano. Y nació uno de los grandes clásicos.
El Negroni gustó tanto que se popularizó rápidamente y para que se den una idea de lo que hablo, la familia fundó la Negroni Antica Distilleria en Treviso, Italia, y produjo una versión lista para consumir de la bebida, vendida como Antico Negroni 1919. Con la fama llegó la controversia (siempre pasa) y los descendientes del General Conde Pascal Olivier de Negroni pusieron en duda la versión florentina al decir que su antepasado había inventado el cóctel en 1857 en Senegal.
Dejando de lado el debate sobre su origen, para la Asociación Internacional de Bartenders el perfecto Negroni se prepara mezclando partes iguales de gin, vermouth rojo y Campari. Para ser más precisos, 30 mililitros de cada uno y adornando el vaso con una rodaja de naranja. Se sirve en un vaso corto, conocido mundialmente como vaso Old Fashioned, otro clásico del que vamos a hablar próximamente. Finalmente, dos recomendaciones: primero, está bueno tener refrescadas las bebidas para que no se derrita pronto el hielo y quede aguado (un Negroni no debería quedar aguado); segundo, usar ingredientes de calidad.
Si llegan ir a Florencia busquen el Caffè Roberto Cavalli, sobre la Via de Tornabuoni, y tómense allí un Negroni. Aunque ha cambiado el nombre, sigue siendo el lugar de nacimiento del coctel y esa es parte de la magia. Si te asalta la duda de porqué es tan perfecto algo tan simple, deberías recordar las palabras de Orson Welles: “los bitters son excelentes para tu hígado, el gin el malo es para ti. Pero se balancean entre sí”.



martes, 4 de junio de 2019

Las Perdices sale a explorar


El año pasado, la reconocida Viña Las Perdices lanzó una nueva línea de vinos bajo el nombre Exploración con la intención de adentrarse en nuevas zonas vitivinícolas. Fiel a su estilo inquieto y constantemente a la busca de nuevas variedades, arriesgaron a una línea premium subida a la tendencia de los microterroir de la que ya hablábamos en una nota anterior.
Realmente estas exploraciones son dignas de aplaudir por varias razones. Por un lado así se muestra la diversidad que tiene nuestro país. Contamos con zonas gloriosas y otras invisibilizadas detrás un blend, a la vez que pequeños sectores con grandísimo potencial terminan en vinos genéricos porque esos viñateros deben vender la uva a quién quiera comprarla. Y ni hablar de los sitios que no tienen un nombre prestigioso y que si no fuera por esta búsqueda seguirían siendo ignotos.
Por otra parte estas búsquedas muestran el respeto del enólogo y de la bodega por el lugar de origen. Decir Valle de Uco ya no nos alcanza a los consumidores inquietos y, cualquiera sea la región, generalizar bajo un amplio paraguas no le hace justicia a aquellas zonas que aportan buena cantidad de uva de alta calidad.
Finalmente, contra eso de “dejar que el terruño se exprese” o la baja intervención, creo que estas nuevas búsquedas requieren un trabajo a conciencia del equipo técnico de las bodegas. Llegar a demostrar qué es Gualtallary, Molinos o Chapadmalal requiere una experiencia acumulada de años de labor, observación, prueba y error. Porque cosechar en San Juan a principios del año no es lo mismo que esperar hasta marzo; ralear una vid, regar por goteo o usar un clon determinado también influye en el producto final; entonces, lograr la “expresión” de un lugar es también una búsqueda.
El año pasado Viña Las Perdices decidió salir de su zona de confort e ir más allá de los límites de Agrelo. Reconocer, potenciar e investigar nuevas zonas y estilos es un poco su búsqueda, por ahora centrada en un blanco y el consabido Malbec, pero ya se rumorean nuevas cepas.
“En el comienzo vimos que habían productores, o pequeños minifundios, que estaban un poco relegados porque le entregaban las uvas a las grandes bodegas y tenían algunos inconvenientes para el cobro, manejo y traslado de la uva. Entonces vimos una muy buena posibilidad de contactarlos y ofrecerles recibir la uva en la zona. Así fue que decidimos alquilar una bodega en el centro de La Consulta, donde logramos optimizar toda la logística del proceso, es decir: cosecha y trasporte. Estos pequeños minifundios tienden a desaparecer porque les cuesta mucho competir con los grandes viñedos o con producciones más eficientes. Son viñedos que tienen varios años, la calidad es inigualable, son muy equilibrados y era interesante empezar a vinificar esa uva”, afirma el Ing. Fernando Losilla, quien está a cargo de la parte enológica de este proyecto.


Afortunadamente pude probar los vinos en varias oportunidades y así tener una mirada más completa de ellos. En el más de medio año que tienen en la calle han ido evolucionando y transformándose de forma muy satisfactoria.
Si empezamos por el blanco, debemos decir que la exploración salió de los límites nacionales. El Exploración Casablanca Sauvignon Blanc 2018 surgió de las ganas de la bodega de traer uno de los prestigiosos Sauvignon Blanc chilenos a nuestro país. Lamentablemente en 2016 por el clima y en 2017 por la cantidad de producción no pudo ser posible, pero en 2018 todas las condiciones se dieron y parece que el acuerdo con el productor trasandino se sostendrá con los años. Estamos ante un blanco que se aleja un poco del consabido estilo de Casablanca, yendo en este caso más para los aromas a espárragos, hoja de tomate y piedra mojada. Se lo siente redondo, algo untuoso y con una acidez moderada que le da balance. Lo probamos con sushi y la salsa de soja despertó un poco la acidez del vino, cosa que no jodió para nada; también con una entrada de pulpo y espárragos en Anchoíta y el maridaje fue una cosa increíble.


Los tintos lanzados en esta oportunidad tienen una crianza de 12 meses en barricas francesas y americanas de primer y segundo uso, fiel al estilo de la bodega, pero sin querer perder la expresión de fruta característica de los lugares elegidos. Exploración Paraje Altamira Malbec 2016 muestra lo indómito de la zona, con un vino austero, lineal, mineral y de cuerpo medio. La fruta roja se mantiene al frente y hay toques florales y hasta de jarilla. Lo probamos con carnes rojas y va bien; en una segunda oportunidad arriesgamos un sushi dada su acidez vibrante y realmente nos sorprendió.
Del Altamira también está en góndolas la añada 2017 (parece que la 2016 voló) y hay que señalar que se lo nota un poco más redondeado, con menos austeridad. Ese es más para las carnes rojas, por ejemplo.


En un lugar más amigable se encuentra el Exploración La Consulta Malbec 2017. Cómo dije en Malbec World Day, es el estilo que me enamoró cuando empecé a interiorizarme en el mundo del vino: violetas, frutos rojos maduros, toques de crianza. De esos vinos que llenan la boca con taninos redondeados y amables. Es claramente el más “Las Perdices” de los tres y con un buen asado la rompe.

Me ha gustado mucho la línea Exploración y espero con ansias cuáles serán las próximas búsquedas. Creo que son una interesante apuesta para sorprender en una cena en casa, porque ninguno de los tres pasará desapercibido. Y, al margen de los vinos, me gusta que una bodega se corra de su zona de confort y explore (lo que sea), porque en esas exploraciones hay mucho de aprendizaje. Y es divertido.



viernes, 19 de abril de 2019

Trivento Gaudeo: el disfrute de conocer el terruño

El Premio Nobel de Medicina Albert Szent-Györgyi dijo alguna vez que “investigar es ver lo que todo el mundo ha visto, y pensar lo que nadie más ha pensado”, o sea develar lo que está al alcance de todos, pero pasa desapercibido ante nuestra mirada. En el vertiginoso mundo de la enología argentina y su incansable búsqueda por mostrar nuestro potencial y diversidad, en los últimos años surgió la tendencia de sacar líneas de vinos que exploren terruños (o microterruños) y que se ajusta bastante a lo expresado por Szent-Györgyi. “Antes en el Valle de Uco se cosechaba todo junto, como una sola cosa” prácticamente al ritmo de la logística, asegura Germán Di Césare, enólogo de Trivento que ahora se suma a estas exploraciones con la nueva línea Gaudeo.


Hace días nomás, pude probar los tres Malbec de Valle de Uco que actualmente integran la línea Gaudeo. Su nombre hace referencia a la palabra latina Gaudere, que significa alegrarse, disfrutar, gustar. “Nosotros disfrutamos recorrer y aprender de los lugares que recorremos”, dice el enólogo Germán Di Césare quien explica que a diferencia de lo que sucedía antes, se busca cosechar en el momento justo de cada lugar. Si bien, por ahora son solo tres vinos, nos anticiparon que la exploración de zonas se profundizará en un futuro cercano, mientras que hoy se explora en terruños bien conocidos por Trivento. La idea es buscar que hablen más las zonas que los varietales.


El primer vino que catamos fue el Trivento Gaudeo Paraje Altamira 2015, un tinto elegante y con una agradable textura al paladar. Sus aromas son expresivos y algo maduros, donde prevalece la fruta negra, las aceitunas negras, el tabaco y lo floral. Se lo siente fresco y vivaz con una textura que es su identidad y que perdura en la boca. Una muy agradable expresión de Altamira.
Con el Trivento Gaudeo Tupungato 2015 llegamos a las alturas de Gualtallary, una zona que tiene fue registrada como marca y no puede usarse (sí, cualquiera). Es un vino más tímido y austero que el de Altamira, donde predomina la fruta y las notas de crianza. La acidez, la mineralidad y lo jugoso es lo que el enólogo quiere rescatar de esta zona a 1300 msnm. Con todo, creo que es una visión sosegada, aunque nada despreciable, de Gualtallary y Germán aseguró que busca que las nuevas añadas sean más jugadas.
La escalada en alturas llegó a su punto máximo con el Trivento Gaudeo Tunuyán 2015, proveniente de San Pablo, a 1450 msnm. Este vino es la austeridad misma, con acidez y estructuras marcadas. Hay mucha concentración, típica de las pieles gruesas que se consiguen en San Pablo. Da la impresión de provenir de un lugar más salvaje, con una frutita que aparece luego de un rato en copa. “Es un vino tensionado”, cierra Di Césare.
Los tres vinos me gustaron mucho y están a un mismo nivel. En el día de la cata me incliné más por el de Tunuyán, una aplanadora, aunque a la hora del refill y pensando en acompañar algo para comer opté por Paraje Altamira. En ese sentido me parecen tres zonas con tres estilos diferentes y que pueden pensarse para ocasiones y consumidores diversos. Puestos uno junto a otro, sé cuál le gustará al que prefiera vinos complejos, cuál al que prefiera la acidez y cuál al que quiere algo más extremo. Hay vino para todos los paladares, esa es la gracia de nuestros terruños.

Germán Di Césare


miércoles, 17 de abril de 2019

Infografía: Malbec

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martes, 16 de abril de 2019

#AWBDescorcha Malbec de extrema altura

Cuando una vez más todos los Argentina Wine Bloggers nos propusimos la tarea conjunta de recomendar Malbec para conmemorar su día, la duda me invadió como siempre. Hay tanto Malbec y tan bueno que uno no sabe por dónde empezar. ¿Qué recomiendo, lo top de lo top? ¿lo que está al alcance de buena parte de los consumidores? ¿lo que compro añada tras añada con confianza? ¿los últimos lanzamientos? Pensalo, es como que un extranjero te pare en la calle y te pida que le recomiendes un par, ¿vas a lo seguro o das opciones de estilo, precio, bodega, etc? Las dudas existenciales (?) del recomendador de vinos son variopintas.
Por eso esta vez me decanté por dos Malbec que me volvieron loco en los últimos tiempos. Coincidentemente combinan uvas de diferentes terruños de extrema altura calchaquí, un terruño (si se puede hablar de uno y no de cientos en el NOA) que viene dando qué hablar, sorprendiendo con la nueva cara que muestra desde hace unos años a esta parte. El boom del Malbec tiene gran carga de ADN salteño así que no es de extrañar que sigan haciendo historia con vinos que siempre le dan una vuelta de tuerca más.


Cola de Zorro Malbec 2018. Este tinto es un blend de diferentes Malbecs de la zona alta del valle calchaquí salteño, son en total tres vinos que se elaboran por separado y antes de embotellar se decide el porcentaje y corte final. “La idea del proyecto es mostrar en esa etiqueta el potencial de la variedad en diferentes zonas del valle” dice el Álvaro Dávalos, un joven enólogo perteneciente a uno de los apellidos más vínicos de Salta. Las uvas provienen mayoritariamente de Angastaco a 2400 msnm, “de donde creo que sale toda la potencia y la estructura”, aclara Álvaro; Seclantás, un pequeño viñedo al fondo de una quebrada a 2100 msnm “que nos da todo el aporte de fruta y la frescura”; y finalmente una porción de Molinos, a 2500 msnm, que aporta “la fruta madura y los toques especiados”.
Su etiqueta juega entre la planta conocida como Cola de Zorro y la figura del animal, dos típicos habitantes de la extrema altura salteña, con un aire moderno y divertido. Se trata de un vino potente, que te lleva puesto y muestra un Malbec desnudo, sin madera, con todo el ímpetu de estos terruños. Es pura fruta y estructura, más concentrado que 2017 y, a mi entender, con mucho por delante para crecer y ser una añada memorable. Me guardé una botella para probar dentro de dos años y no sé si podré aguantarme las ganas.


Sunal Ilógico Malbec 2017. Luego de vinificar en Italia, Agustín Lanús volvió con la idea clara de explorar aquellas zonas extremas y poco consideradas de nuestro país. Su amor se volcó especialmente hacia el norte donde se conjuga gran potencial general, poca exploración y zonas de difícil acceso. “Es realmente ilógico producir vinos en esos lugares, no tiene lógica desde el punto de vista económico, de logística, de trabajo enológico y un montón de otros factores, de allí el nombre”, me indica el enólogo que no deja de entusiasmarse/nos cada vez que describe esos rinconcitos cuya uva muchas veces no tenía los mejores destinos.
Para el Sunal Ilógico combinó tres terruños de los Valles Calchaquíes que para él “son los de mayor potencialidad enológica del Valle”. Por un lado está Angastaco (2400 msnm), Salta, que aporta el cuerpo, color, largor y medio de boca más muchos de los aromas que impactan primero; los suelos pedregosos y salinos de Amaicha (2200 msnm), Tucumán, aportan la textura de tiza; finalmente Hualfín (2100 msnm), Catamarca, aporta la acidez natural necesaria para balancear tanta potencia. A este equilibrado blend de Malbecs se le da luego una crianza de repartida entre barricas sin tostar y huevos de concreto de unos 15 meses.
Cuando lo probé la primera impresión que tuve es la de que estaba ante un vino “rico”(por más genérico que pueda sonar esto), agradable, sabroso, con la potencia justa y mucha fruta.  Me sedujeron todo su abanico de aromas, entre frutales, aceituna negra, romero y sutiles notas ahumadas. Lo sentí redondeado, pero vigoroso y que llena la boca. Un gran vino, a un precio ilógico por todo lo que aporta.




lunes, 15 de abril de 2019

Malbec, la historia sin fin


El Malbec, como muchísimas otras cepas, tiene origen francés. Según quienes investigaron su historia, en Europa recibió hasta un millar de nombres dependiendo de la zona de cultivo, pero el más famoso fue el de Côt, en Cahors. Tuvo su mayor auge entre los siglos XII y XIV cuando los reyes y papas lo elegían para engalanar sus mesas y su exportación representaba el 50% de los vinos que salían del puerto de Bordeaux. Entre el surgimiento de nuevas zonas, la epidemia de filoxera (una plaga que se comió la mayoría de los viñedos europeos) del siglo XIX y la gigantesca helada de 1956, el Malbec venía en picada y cedía su terreno a otras cepas más valoradas. Su futuro era oscuro como los vinos que dan sus uvas hasta que en los 90 reapareció ante el mundo de la mano de los vinos argentinos y reescribió la historia.


Aquí debemos hacer una pausa, porque la historia del Malbec en nuestro país empieza mucho antes y se emparenta con la del vino chileno. El Malbec llegó a Chile en 1841, introducido por un grupo de franceses que contaban con el apoyo de las clases gobernantes. Había un interés creciente por Francia y por trabajar con cepas de calidad. “El espacio más importante de este proceso fue la Quinta Normal de Santiago. Fundada en 1841 por iniciativa del exiliado argentino Domingo Faustino Sarmiento, su nombre se inspiraba en la Escuela Normal de París, donde se cultivaban distintas plantas, particularmente vides. La Quinta Normal de Santiago operó como una estación experimental, en el sentido de introducir nuevas especies y variedades de plantas europeas, adaptarlas a los suelos y climas americanos, y luego difundirlas en la región para mejorar la producción agrícola y agroindustrial”, explica el historiador Pablo Lacoste en su artículo Historia del Malbec.
Una vez vuelto de su exilio, Sarmiento funda la Quinta Normal de Mendoza con similares intensiones. El proyecto se presentó ante la Legislatura Provincial mendocina el 17 de abril de 1853 y se aprobó rápidamente, quedando a cargo de la Quinta Agronómica de Mendoza el francés Michel Aimé Pouget. Según William Beezley en La senda del Malbec, Pouget se trajo “una gran carga de plantas y semillas que incluía cepas de varios tipos, como por ejemplo, Cabernet Sauvignon y Pinot Noir; una de ellas era la uva Malbec”.


La cepa se adaptó muy bien al clima y suelo de nuestro país, especialmente en Mendoza donde los viñateros la adoptaron y comenzaron a llamarla “uva francesa” o “la francesa” a secas. Para darse una idea de la popularidad de la cepa (principalmente para los que siguen creyendo que es una moda contemporánea) bastan los números: en 1944 había implantadas 49000 hectáreas de Malbec; en 1966, 57690 hectáreas y en 1974, 50000.
En la década del 80 se produce una gran crisis para el Malbec y la vitivinicultura argentina en general. “Lamentablemente, y al amparo de beneficios impositivos, se comenzaron a implantar variedades criollas de mucho rendimiento y de baja calidad enológica que dejó en desventaja a este cepaje de rendimientos limitados cuya consecuencia fue un importante porcentaje de erradicación”, explican Carlos Catania y Silvia Avagnina. En 1990 solo quedaban 10.400 hectáreas de Malbec y en 1996 se registró el pico más bajo con 9.700 hectáreas implantadas en todo el país. Afortunadamente, en forma paralela se estaba gestando una revolución de la mano un puñado de enólogos que querían modernizar la industria y hacer un producto de calidad.
“En 1980, mi padre ya tenía conciencia plena de que el vino en la Argentina se estaba transformando en una commodity y que, como tal, la competencia con otras bebidas que ganaban popularidad se limitaría a una cuestión de precio”, comenta Laura Catena en su libro Vino argentino y agrega que, tras conocer el famoso Juicio de París (donde los vinos norteamericanos vencen a los franceses en una cata a ciegas), se obsesionó con lograr un vino de calidad mundial. A principios de la década de 1990 Nicolás Catena empezó a trabajar fuerte en ese sentido y no era el único. “El proceso empezó con la llegada de Jess Jackson en la década de 1990”, continúa Laura Catena, “después lo hizo el mundialmente famoso Michel Rolland y luego fue el turno de los italianos (Antonini, Pagli, Cipresso), los otros franceses, los españoles y los chilenos, que llegaron a fines de esa década, con posterioridad a la crisis financiera de 2001. De un listado de bodegas publicado en The Wine Advocate en 2009, el 45% de los establecimientos ubicados en la Argentina pertenecía a extranjeros o tenía un asesor enólogo extranjero”. Los enólogos argentinos empezaron a trabajar a la par de los flying winemakers y encontraron el apoyo de las bodegas para desarrollar sus conocimientos y capacidades. Lejos parecían ir quedando los vinos de baja calidad y las hectáreas de Malbec crecían año a año hasta llegar a las 43.000 actuales.


A partir de 2002, con la devaluación de nuestra moneda, se produce el gran despegue del Malbec. Consumidores de todo el mundo acceden a un vino de clase mundial a un precio conveniente para ellos. Los críticos empiezan a mirar con más atención el fenómeno y ratifican lo que los consumidores ya sabían: que el Malbec argentino era muy bueno.
Lentamente nuestra cepa de bandera fue creciendo en prestigio y adaptándose a diversos estilos. Se fue pasando del “Malbec fotocopia”, como lo llamaba Miguel Brascó, a la búsqueda de la identidad del terruño. Cada día parece surgir una nueva búsqueda, alguna más que interesante, demostrando que este varietal todavía tiene mucho que decir en nuestro país. Lejos de ya haber encontrado su techo y su estilo definitivo, el Malbec escribe su historia interminable minuto a minuto.

Bibliografía:
Beezley, William. La senda del Malbec: la cepa emblemática de Argentina. En: Universum 20, 2, 2005
Catena, Laura. Vino argentino.  Buenos Aires: Catapulta, 2011



jueves, 11 de abril de 2019

Área Metropolitana de Mendoza: el paisaje patrimonial agro-vitivinícola

La siguiente nota es un trabajo de divulgación científica del CONICET Mendoza que me pareció interesante poder compartir con ustedes.  Se pidió autorización expresa para replicarlo en el blog.

Por Lorena Manzini Marchesi - Equipo Historia y Conservación Patrimonial, INCIHUSA-CONICET

El paisaje agrícola – vitivinícola del Área Metropolitana de Mendoza (AMM) en el Oasis Norte de Mendoza, es una manifestación de una realidad dinámica, de naturaleza geográfica e histórica, resultado de un proceso en el tiempo, cultural y evolutivo, que involucra tanto al pasado que determinó su estado presente como a las tendencias que condicionan su futuro. El mismo es percibido por las poblaciones y articula el territorio con el patrimonio cultural, lo que permite una lectura integrada, tanto de los bienes como del territorio que los contiene y significa.
Este paisaje, como la calidad del vino producida en sus tierras en la actualidad, es reconocido nacional e internacionalmente en los mercados económicos, turísticos y culturales. A ello se le suma que el paisaje, como un bien cultural, es un recurso escaso y no renovable disponible como un capital de la sociedad. Las relaciones significativas del paisaje agrícola-vitivinícola y sus elementos constitutivos son comprendidos como un sistema patrimonial en tensión y en estrecha relación al paisaje provincial y regional.
Si bien el paisaje integra todas las etapas históricas en un todo observable, el estudio en el tiempo sobre sus cambios permite detectar capas históricas en su conformación. Los elementos patrimoniales del paisaje son: edificios, sitios, ejes y áreas de valor histórico; de ellos se destacan tipologías patrimoniales como la: molinera; vitivinícola; habitacional; ferroviaria; del agua; caminera; urbano - poblados; del petróleo; arqueológico; espacios verdes, entre otros. Del estudio realizado las capas temporales detectadas son:


A. Período capa del paisaje agro - vitivinícola proto-industrial (1850 – 1885):
En este período se produjo la transición del modelo productivo ganadero- molinero al vitivinícola capitalista decimonónico. El espacio agrícola puede integrar testimonios de diversas actividades productivas como la producción de vino, forraje, harinas, el ganado. El espacio agrícola se organiza de una forma introvertida alrededor de un espacio central. Los elementos de mayor jerarquía son la casa familiar y el oratorio. Las haciendas fueron hitos en el territorio que contribuyeron a su expansión y consolidación.


B. Período capa del paisaje agro - vitivinícola de la industrialización (1885 – 1930):
Comprende un momento de intenso crecimiento de la actividad vitivinícola, que se desarrolla entre 1885 y 1930 de una fuerte impronta industrial positivista. Éste adquirió una organización racional geométrica y eficiente, inspirada por una idea de progreso transformador propio de la modernidad al servicio de la producción industrial y el transporte. Los elementos principales son: redes de infraestructura, la red de riego es una matriz que cubre el territorio y que está vinculada a los caminos, y a la trama interna de los paños de vides. Los caminos y las calles y sus árboles que forman túneles. Los límites de las propiedades con arboledas, que forman barreras protectoras del viento. Los edificios en general se encuentran próximos al camino. Los establecimientos vitivinícolas se convirtieron en núcleos generadores de pequeños pueblos en su entorno. Las bodegas se convirtieron en edificios monumentales que cubren una amplia gama de estilos, de tipos y de materiales: fachadas italianas, de ladrillo visto y de proporciones clásicas, los estilos modernistas, pintorescos, neocoloniales y finalmente los racionalistas.


C. Período capa del paisaje agro - vitivinícola de la expansión industrial (1930 –1990):
Sentó las bases sobre las que se desarrollaron las características del período vitivinícola de la expansión industrial (1930 – 1990). La diferencia fundamental radicaba en que las características generales se manifiestan en el crecimiento de los establecimientos ya fundados; en la incorporación de grandes tanques externos a los cuerpos productivos que consolidaron la producción de masa; en el cambio de los estilos en las fachadas de las bodegas; en la incorporación de los edificios de administración; en la ausencia de casas patronales en las nuevas bodegas; en la consolidación de los poblados obreros cercanos a los establecimientos, y en las viviendas rurales para los trabajadores encargados de las viñas.


D. Período capa del paisaje agro - vitivinícola de la 2da modernización (desde 1990 hasta la actualidad):
A partir de la última década del siglo XX, se desarrolla una nueva etapa de modernización de la producción vitivinícola con una orientación hacia vinos de gran calidad, que apuntan al mercado nacional e internacional y exaltan la identidad territorial y la producción varietal, para ello fueron buscados terrenos a mayor altura, a fin de tener una mejor calidad de vino. Las bodegas se encuentran alejadas de los caminos de circulación y están rodeadas de paños de viñedos. La vista de la cordillera es un elemento mucho más importante, por la altitud y la ausencia de construcciones. Los viñedos y los edificios responden a nuevas demandas de calidad en elaboración del vino y de la sostenibilidad en la conservación medioambiental. Las bodegas son resueltas en una estética completamente moderna, alejada de modelos históricos.


E. Período capa del paisaje agro - vitivinícola de la metropolización (desde 1990 hasta la actualidad):
Este paisaje es producto del crecimiento de las ciudades cabecera, que van avanzando sobre los terrenos agrícolas. Se ha efectuado una transición de una morfología compacta tradicional a una estructura espacial discontinua, generando cambios en la localización de las actividades y usos del suelo. Conviven características de los períodos anteriores con la introducción de nuevos usos del suelo como el de barrios privados entre los cultivos, sumado a la presencia tanto de bodegas antiguas, como de las nuevas tipologías de bodegas construidas en suelos agrícolas pretéritos.

En conclusión, consideramos que el reconocimiento por la comunidad de las características distintivas patrimoniales del paisaje contribuye a su valoración como recurso y testimonio de nuestro legado cultural, que nos identifica contribuyendo de esta manera a su protección.