sábado, 24 de septiembre de 2016

A la caza de Perdices


Creo, sin miedo a equivocarme, que Viña Las Perdices es una de las bodegas más respetadas de Argentina. Ese respeto se lo ganaron con un extenso y firme portfolio de etiquetas y un estilo constante, fiel a sí mismo. En varias oportunidades he probado sus vinos y siempre me parecieron correctos, bien hechos, sin polemizar y tampoco sin caer en conservadurismos. Tienen un estilo moderno, pero clásico a la vez, lo que les permite ser aprobados por un público muy amplio.
Los Muñoz López llegaron a nuestro país en 1952 procedentes de Andalucía y en 1958 se empezaron a dedicar al cultivo de vides. Hasta fines de la década del 70 vendieron uva y desde allí hasta 2003, vino a granel. A partir de 2004 se concentraron en su bodega Las Perdices y empezaron el proyecto de la marca propia con el Ing. Juan Carlos Muñoz como winemaker. Desde que sus vinos empezaron a comercializarse en 2006 no pararon de crecer y hoy su oferta llega a las 35 etiquetas.
Actualmente, su vino top es el Tinamú y por primera vez en Buenos Aires pudimos participar de una degustación vertical completa de la mano de su creador. Tinamú es el verdadero nombre de la Perdiz Americana, mal llamada perdiz por los españoles debido a su parecido con las del viejo continente. La bodega las eligió para nombrar su vino más emblemático y que tiene la particularidad de no haber cambiado desde la primera vez que se lo elaboró en 2005. Su composición es de un 60% de Malbec, 25% de Cabernet Franc, 10% de Petit Verdot y un 5% de Tannat fermentados por separado y criados 24 meses en barricas nuevas de roble francés y americano. Luego, tras un año de estiba en la bodega, salen al mercado.
Las Perdices Tinamú 2005 todavía conserva un buen caudal de fruta y un aroma herbal donde el Cabernet Franc pareciera decir “presente”. Se mantiene estoico e impecable tras tantos años, con buena estructura y un delicado bouquet que empieza a sentirse especialmente al beberlo.
Muñoz es casi una rara avis a la hora de elaborar un vino ícono. Por lo general, para este segmento los blends tienden a ser siempre distintos, con composiciones complejas y a veces hasta no blanqueadas del todo para el consumidor. Sin embargo, en Las Perdices se respetan los porcentajes de esa composición y son las condiciones del año las que juegan como un diferencial. Por ejemplo, el 2006 mostró una evolución particular, propia de un año más cálido. Las notas de roble, fruta madura y mermelada eran más notorias. En boca las acompañaba una buena estructura, con taninos todavía notorios. “Solo pueden cambiar las fechas de cosecha. Sintonía fina…” nos confiará el enólogo.


Con Las Perdices Tinamú 2007 llegará un punto de inflexión, se nota un paso de más estructura a más elegancia. Los aromas de este vino son más delicados, lo herbal se vuelve más sutil y aparecen encantadoras notas florales y de orégano. Fue mi favorito de la noche y no es la primera vez que en una vertical así elijo vinos de esta añada. Alguna vez Roberto de la Mota me confió que la 2007 fue “espectacular” y cada botella lo demuestra.
Con la añada 2008 del Tinamú vuelve el estilo de un año más cálido. La fruta se siente más madura, con aromas a mermelada o membrillo y una clara nota de pimiento morrón. Cuando lo bebimos notamos un vino suave, aterciopelado y con un largo regusto.
Luego probamos las añadas 2010 y 2012, que claramente necesitan unos años más de guarda. No porque estén imposibles de tomar (estos vinos siempre salen listos para el descorche) sino porque viendo la evolución de las añadas anteriores esto es algo que les sentará bien. Por ejemplo, Tinamú 2010 es todo un compendio de aromas aportados por la barrica: tabaco, café, vainilla. Esto se va a ir volviendo más elegante con el paso del tiempo. Al beberlo notamos que es otra gran añada, de taninos “pequeños”, jugoso y muy balanceado. Hay que guardar una botella de este.
El 2012 también se siente muy joven, con más presencia de la fruta, pero también la madera siendo protagonista. Tiene una gran fluidez en el paladar y un largo final. Y hablando de juventud desbocada, ya fuera de la cata apareció una botella de la añada 2013. Todavía no está en el mercado, pero pudimos probarla y augurar un gran futuro.
Aunque los bodegueros son un poco reacios a anticipar lo que está por venir, algo pudimos vislumbrar del futuro de Las Perdices: están trabajando en pulir la imagen y las líneas actuales, se vienen nuevos varietales para la línea Ala Colorada y es posible que surja una nueva línea con uvas de Valle de Uco. Habrá que esperar las novedades, pero mientras les cuento de la última que lanzaron al mercado.


Bonus track
Aprovechando el impulso, en la semana probé Las Perdices Ala Colorada Ancellotta 2013. Esta variedad italiana está creciendo mucho en nuestro país, algo que corroboran los viveros mendocinos y las primeras tímidas etiquetas que aparecen en el mercado. Este nuevo integrante de la familia Ala Colorada (ya habían sacado un Cabernet Franc) es uno de los pocos exponentes como varietal puro y tiene una larga crianza de 15 meses en barricas nuevas de roble, mitad francés y mitad americano. “Es una uva que hay que cuidar mucho, pero da buenos resultados”, me dijo Juan Carlos Muñoz y agregó que “algunos clones de Ancellotta tienen un perfil muy parecido al Malbec”. Es una variedad muy colorante y con una estructura que golpea duro al paladar por lo que la guarda en botella y la crianza en barricas ayudan a domarla.
En el caso de Las Perdices Ala Colorada Ancellotta 2013 sus aromas mostraron una gran paleta donde aparecen la fruta roja, mermelada de ciruela, higos y algo de tabaco. Se lo siente balanceado, amable y con mucho cuerpo. En el paladar repite las notas frutales maduras con toques tostados. Un vino con buena persistencia y muy rico de beber, ideal para acompañar una gran variedad de platos. No tengas miedo de maridarlo con comidas muy elaboradas y de sabores intensos o, como hicimos nosotros, con una variada tabla de quesos y fiambres.
¿Se viene la hora del Ancellotta?



miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿Espumante o espumoso?


En artículos web, notas periodísticas, libros especializados y hasta etiquetas encontramos la palabra “espumante”, al punto de que casi se ha instalado, pero su uso es incorrecto. Vamos sin rodeos, se dice espumoso y no espumante. De hecho, la palabra espumante ni siquiera existe en el diccionario.
El tema no requiere complicadas explicaciones. Si existiera la palabra espumante, debiera referirse a aquello que produce espuma, por ejemplo el detergente o la sal de frutas. Espumoso sería aquello que contiene espuma (o burbuja, para el caso). Por eso decimos gaseosa y no gaseante para las bebidas carbonatadas.
Aparentemente el origen proviene de una mala traducción del italiano spumante. Pero en nuestro idioma el sufijo –nte se usa para formar adjetivos a partir de verbos que expresan qué o quién ejecuta la acción. En todo caso, espumante podría ser aquel que le agrega gas carbónico a los espumosos de baja calidad. De la misma manera, el sufijo –oso también sirve para formar adjetivos, pero que expresan que se contiene algo en abundancia, como aceitoso o temeroso.
El uso pareciera haber instalado la palabra al punto de que nos llega a “sonar feo” decir espumoso. Si bien es muy positivo celebrar las oralidades y las nuevas incorporaciones idiomáticas, debemos diferenciar lo que es un neologismo (palabra nueva) o regionalismo de lo que es algo simplemente mal escrito.


Nota publicada originalmente en Pausa Magazine

jueves, 15 de septiembre de 2016

Custodiados por las sirenas


Hace cuatro años el antropólogo y experto en naufragios Philippe Rouja y su hermano Jean-Pierre Rouja descendieron en las aguas de las Islas Bermudas para inspeccionar los restos del Mary Celestia, un barco hundido durante la Guerra Civil Norteamericana. Aprovechaban la finalización de las tormentas de invierno de la zona que literalmente“barren” el fondo marino dejando al descubierto los abundantes pecios de la zona. Investigando en la proa de este barco hundido hace 150 años notaron un armario o compartimento secreto en la estructura de metal. Dentro había cinco botellas de vino selladas, perfumes sin abrir, zapatos y hasta peines.
El Mary Celestia se fue a pique en 1864 un año antes de que finalizara la Guerra Civil que enfrentó al norte y al sur de Estados Unidos. Era un barco de vapor muy veloz destinado a romper el bloqueo de mercaderías que se cernía sobre el sur del país. En cierta manera eran unos contrabandistas, pero el riesgo y la aventura los hacía sentir héroes. Las principales mercaderías que transportaban eran objetos de lujo provenientes de Europa o el norte industrializado del país y que terminaban siendo vendidas hasta siete veces más caras que en los tiempos de paz.
Finalmente en marzo de 2015, para conmemorar los 150 años del fin de la Guerra Civil Norteamericana el grey wine se abrió para unos 150 asistentes. El veredicto oficial del panel de cata del evento fue que el vino gris olía y sabía a “agua de cangrejo, nafta, agua salada y vinagre con notas cítricas y de alcohol”. Aunque no se esperaba mucho de la botella proveniente del Mary Celestia la experiencia de catar un vino que estuvo sumergido 151 años es algo que muchos quisieran probar. Una forma de traer el pasado y hacerlo parte de nuestro presente.
Entre las costas de Finlandia y Suecia,casi frente a Estocolmo, se encuentran las islas Åland. Hace unos cuatro años, este archipiélago entró en forma inesperada en la escena del vino cuando se halló un naufragio de 1840 que conservaba algunas botellas intactas. Entre otras etiquetas había 46 botellas de Veuve Clicquot, uno de los Champagne más famosos, que habían permanecido intactas. No es la primera vez que entre los restos de un naufragio se encuentran botellas intactas de vino. El problema es que la mayor parte de ellas están intomables, no soportaron el paso del tiempo.  La noticia en este caso fue que un panel de profesionales, cató una de estas“viuditas” (como se conoce a la marca) y la consideró bebible. Es decir, no es el mejor vino del mundo, pero se podía beber y ¡tiene encima más de 160 años!
La extraordinaria evolución de los vinos se atribuyó a las condiciones únicas del Mar Báltico. Según Dominique Demarville, el jefe de bodega en Veuve Clicquot, es “un mar interior oscuro, con una temperatura alrededor de los 4°C.  Hay muy poca corriente por lo que la presión se mantiene constante y es significativamente menos salado que otros mares.” Por eso, la tradicional bodega francesa decidió sumergir durante 50 años 350 botellas que irán siendo catadas y comparadas con las que se guardan en la cava de Reims. “Estas condiciones nos permiten medir el impacto de la ausencia de oxígeno en el proceso de añejamiento en un medio estable”, agregó Demarville.
En total serán 100 botellas de su conocido Yellow Label, 100 del Semi Sec, 100 de un Vintage Rosé 2004 y 50 magnums. Los franceses están muy entusiasmados con las posibilidades del proyecto, pero no son los únicos. Bodegas de España, Chile, Francia y EE.UU. también están sumergiendo sus vinos para que sean custodiados por las sirenas.  ¿Será verdad u otro fenómeno de marketing?


Nota publicada originalmente en Pausa Magazine


viernes, 9 de septiembre de 2016

Los vinos más antiguos


En noviembre de 2015 se hizo público el descubrimiento de una bodega de 1500 años de antigüedad que cuenta cómo se hacía vino en Israel en aquella época. El hallazgo de prensas, tanques de fermentación, utensilios, jarras y sus lacres dan cuenta del elevado proceso de industrialización de la vitivinicultura de aquellos años.
Era una gran noticia, pero no sorprendió mucho porque Israel siempre da este tipo de hallazgos. En 2014 se excavó la que sería la cava de vinos más antigua del mundo. Ubicada cerca de la frontera con El Líbano la bodega contenía unas 40 ánforas con residuos que corresponderían a vinos de hace unos 3600 años. Andrew Koh, el investigador que llevó adelante la investigación, dijo que el “descubrimiento corresponde a la más grande y antigua bodega de vinos (…) es decir un lugar de almacenaje particular para vinos que serán consumidos por su dueño”.
Sin embargo, las evidencias más antiguas de vino provienen de Irán. Allí se encontraron unas vasijas con restos de ácido tartárico y resina de pino que probarían su uso para fermentar y almacenar vino hacia el año 5400 a.C. El ácido tartárico es uno de los “residuos” que quedan impregnados en los recipientes donde se fermenta vino y la resina de árboles como el pino era habitual para sellar las ánforas donde se almacenaba.
A unos 600 kilómetros de allí, en territorio armenio, el ejército soviético descubrió por casualidad unas ruinas que al volver a ser estudiadas en 2007 revelaron la bodega más antigua de la que se tenga noticia y cuya fecha se estima alrededor del 4100 a.C.
Por su parte, la botella de vino cerrada y con contenido más antigua que se conoce fue encontrada en una tumba romana del sur de Alemania. El hallazgo de la “botella de vino de Speyer” se hizo en 1867, pero se calcula que la botella data de entre los años 325 y 350 d.C. Aunque nunca fue abierta, casi no hay lugar a dudas que lo que conserva esta peculiar botella de vidrio romano era un vino como se lo hacía en la época: saborizado con hierbas y embotellado con aceite de oliva para evitar su oxidación.
Más acá en el tiempo (si es que la expresión es válida para esta nota) el vino más antiguo que podemos llegar a tomar se encuentra en Alsacia. En las históricas bodegas de los Hospices de Strasbourg se puede hallar un tonel con un vino blanco seco del año 1472. El primer tonel en el que descansó duró hasta 1718 y el segundo fue reemplazado en 2015. Los dos maestros toneleros más afamados de Francia trabajaron para hacer un tonel de 300 litros que albergara este vino legendario de apenas 9,4% de alcohol.
Técnicamente sería el vino más antiguo que podríamos llegar a catar. Pero hay que empezar a hacer méritos porque solo fue dado a degustar en tres ocasiones muy especiales. La última persona en poder hacerlo fue el general Leclerc que liberó Estrasburgo de la ocupación nazi en 1944.




Nota publicada originalmente en Pausa Magazine



lunes, 5 de septiembre de 2016

Cruzat: hogar de las burbujas

 

Quienes me leen de hace rato saben de mi amor por los vinos espumosos. Algo que cada año se acrecienta más y se lleva buena parte de mi presupuesto vínico porque uno quiere probar  todo lo de acá más los Champagnes para mantener el paladar afilado. Los que me leen sabrán también que para mí los mejores espumosos de argentina son los que salen de las manos de Pedro Rosell. No es un capricho ni una tara de mi gusto personal, sino que es algo que año a año refrenda la crítica nacional e internacional. Por eso en mi último viaje no podía dejar de visitar Cruzat y hablar aunque sea un rato con Don Pedro.
Cuando uno admira el trabajo de una bodega o un enólogo, el siguiente paso luego de haber probado todo sus vinos es conocer su lugar de trabajo.   En ese momento es cuando te das cuenta de que no es magia lo que hace, ni producto del azar.   Por más poesía que le pongamos a explicar un vino, atrás de él hay conocimiento, laburo y experiencia.


En Cruzat pude entender porqué sus espumosos se destacan sobre el resto. Cada detalle está puesto en lograr la perfección. Para entenderlo, fíjense en los siguientes ejemplos. Cuando llegan las uvas, la prensa que las “aprieta” para extraer el jugo trabaja a un 45%, ni un poco más ni un poco menos. Por supuesto que se pierde mosto, pero han hecho pruebas superando ese porcentaje y lo que salió ya era distinto, tenía imperfecciones en el resultado final que se alejaban del estándar de calidad de la bodega. Este tipo de cosas solo pasan en una rara avis como Cruzat que solo produce espumosos.
Otro ejemplo es el uso de levaduras seleccionadas que provienen del Instituto de la Champagne. Estas levas están modificadas para no producir histaminas que en el consumidor provocan dolores de cabeza (cuántas veces tomamos champán barato y terminamos con el cráneo partido). Otro, los tanques de fermentación son más altos y angostos que los que encontramos en otras bodegas. De ese modo se logra una fermentación más tranquila y el mismo carbónico lentamente mueve el mosto. En fin, mil detalles que Pedro Rosell explica más clara y técnicamente que yo y que te hacen entender porque hace bien lo que hace. “Todo está en los libros”, dirá el maestro.
Con su paciencia de santo varón y mis oídos siempre dispuesto a escucharlo y aprender catamos todos los vinos de Cruzat y para no repetir mis palabras los remito a una nota anterior donde detallo cada uno de ellos. Permítanme tan solo agregar uno más.
Hace unos días me encontré con Pedro Rosell en Buenos Aires y pude probar junto a él uno de los vinos más esperados del año: Cruzat Millésime 2006. Sí, un espumoso argentino que sale 10 años después de empezar a elaborarse, 10 años sobre lías, algo único porque ninguna bodega querrá bancar el costo financiero de esperar un vino tanto tiempo.

Pedro Rosell a las puertas de Cruzat

La cosa empezó a gestarse en 2005. Por esa época, Rosell tentó a sus socios chilenos a lanzar un millésime, algo que él mismo no había hecho nunca. Cuando consiguió la aprobación buscó un viñedo particular: quería que fuera de suelo limopedregoso, de una ladera expuesta al Este y que se pudiera ralear en un 50% al momento del envero (es decir, quitar el 50% de las uvas cuando estas empiezan a tomar color). Uno de sus alumnos tenía un viñedo de esas características en San José, Tupungato, y tras algunas pruebas ese año, se compró la uva en 2006.
El proceso inicial fue el normal y eligieron una proporción de 85% Pinot Noir y 15% Chardonnay. Sin embargo, el vino base fue mantenido 36 meses en contacto con levaduras. Una vez embotellado, pasó otros 90 meses en contacto con levaduras o sobre lías, como le decimos. El licor de expedición agregado en esa ocasión fue elaborado a partir de un espumoso con 20 años de guarda y sin agregado de azúcar. Cada detalle fue pensado al máximo, cada paso analizado tres veces, no podían esperarse 10 años y que un mínimo error tirara tanto trabajo a la basura.
Cuando pude probarlo quedé descolocado. No era nada de lo que esperaba. Me imaginé que en mi copa abundarían los aromas a levaduras y una nota licorosa, a vino oxidado, y me equivoqué. Es un vino de aromas sutiles, con una delicadeza que pocos en el país pueden lograr. Pero sobre todo, tiene el balance perfecto que solo pareciera alcanzarse en Champagne. Nada sobra, nada falta, nada incomoda.
No hay muchas botellas. Agénciense una caja y disfruten el mejor espumoso que ha dado nuestro país.





viernes, 2 de septiembre de 2016

¡¡¡Vinarquía cumple 5 años!!!


¿Viste ese momento incómodo en que estás en una fiesta y todos te piden que digas unas palabras?  Bueno, este momento es más o menos así.  Me la paso escribiendo sobre otros y cuando tengo que hacerlo sobre mí y mi trabajo no sale nada.
Podría decir que esto empezó hace 5 años, en 2011, y casi por casualidad.  Quería despuntar el vicio de la escritura, sin una idea muy clara de adónde ir.  Apenas si eran unas notas de cata y algunos experimentos.
Podría decir que pasamos de unas 600 visitas en el primer mes a un número constante de 8000 mensuales en la actualidad.
Podría decir que cada vez me preocupa más la calidad de los textos que se publican.  Y que cada vez tengo menos tiempo para "hacer estilo", como diría Roberto Arlt.
Podría decir que siempre me preocupé porque haya 100% de contenido original y no caer en las trampas de la mala comunicación.
Podría decir que a pesar de ser muy malo para las redes sociales, hoy Vinarquía tiene más de 3600 seguidores en Twitter y muchísimos amigos y likes en Facebook.  Y podría agregar que esos números no son de cartón, porque todos los días respondo mails y mensajes con consultas, dudas y sugerencias.  Sé que soy el responsable indirecto de más de un negocio.
Podría decir que a Vinarquía la conocen más sus lectores que las bodegas de las que habla.
Podría decir que llevamos publicadas más de 500 notas.
Podría decir que pese a los altibajos, seguimos firmes y con muchas ideas.
Podría decir que Vinarquía c'est moi.
Podría decir que hoy se descorcha y se brinda por seguir varios años más.


¡Salud y gracias!




martes, 30 de agosto de 2016

Clos de Chacras: crónica de una visita


Clos de Chacras es una bodega que me gusta visitar. Es pintoresca, tiene mucha historia y hace buenos vinos. De hecho, la historia de la bodega concentra mucho de la historia de Mendoza.
La bodega data de 1921 y formaba parte de Bodegas y viñedos Gargantini. Su dueño era Bautista Gargantini, hijo de un suizo de igual nombre que fundó junto con Juan Giol la mítica bodega La Colina de Oro. Hacia principios de siglo XX eran la bodega más grande del mundo, produciendo 300 millones de litros. Cuando Bautista Gargantini padre decidió vender todo para volver a Suiza le dejó unos viñedos en Rivadavia y Chacras de Coria a su hijo que no quiso acompañarlo a Europa.
No le iba mal a Gargantini hijo, pero con el tiempo se fueron vendiendo viñedos, cambiando la cultura del vino, ramificando el árbol genealógico, etcétera y para fines de la década del 80 la bodega estaba prácticamente abandonada. Silvia Gargantini, nieta de Bautista, junto a su esposo, Alejandro Genoud, se lanzaron a invertir sobre la vieja bodega de Chacras de Coria con el afán de rescatar la tradición y el patrimonio familiar.


Como decíamos más arriba, concentra la historia de Chacras de Coria y un poco de todo Mendoza: los inmigrantes que “vienen a hacer la América” y se arraigan, los vinos de volumen, la presión inmobiliaria, el abandono, el rescate último. Lo de la presión inmobiliaria no es un dato menor, la mayoría de las bodegas que estaban dentro del actual ejido urbano fueron desapareciendo y dando lugar a casas y otros emprendimientos residenciales. Clos de Chacras está en el centro mismo de Chacras de Coria, un distrito coqueto pegado a Mendoza y cuyas tierras son muy codiciadas.
Aunque ya la conocía no pude dejar de pasar aunque sea brevemente. Allí me recibió muy amable Juan Pablo Grillo y empezamos a recorrer los tanques de cemento, probando la cosecha 2016. Las impresiones que tuvieron en la bodega son muy similares a las de otras zonas de Mendoza: hubo cierta merma en la producción, pero lo que quedó es muy muy bueno. Principalmente vinos frescos y con unos aromas maravillosos. Me sorprendí con la frescura del Chardonnay que saldrá para el Cavas de Crianza, la línea más baja de la bodega. Los Cavas de Crianza son unos best buys que funcionan muy bien: jóvenes, frescos, expresivos.


Luego de recorrer la bodega nos dispusimos a la cata. Empezamos con el Ereditá Malbec 2013, donde se combinan uvas de Luján de Cuyo y de Tupungato en proporciones iguales antes de pasar 12 meses en barricas francesas. Resulta un Malbec donde la fruta se siente madura y con buena estructura, pero sin perder la frescura que se busca en esta línea. Lo seguimos con el Ereditá Blend 2013 que ya venía con mucha chapa porque había ganado la primera etapa del Desafío Federal. Es un corte 50% Malbec, 35% Cabernet Sauvignon (ambos de Gualtallary) y 15% Petit Verdot (Vista Flores) donde el enólogo Silvio Alberto mostró su mano para sacar un vino moderno, expresivo y que lo tiene todo.
Luego de probar los Ereditá pasamos a la línea top de la bodega, los Gran Estirpe. Aquí se conjugan la mejor uva de que dispone la bodega con una crianza de alrededor de 18 meses en barricas de primer uso. Probamos el Gran Estirpe Blend 2010 compuesto en un 60% de Malbec de Lunlunta y el resto de Cabernet Sauvignon y Merlot de La Consulta. Ha adquirido cierto bouquet de aromas complejos. En boca se lo siente intenso, pero con buena frescura que le da armonía. “Calculamos un potencial de guarda de hasta 10 años”, aseguraron en la bodega.
Cerramos la cata con una novedad. Están proyectando una línea superior de partidas limitadas que irá cambiando año a año, incluyendo un vino fijo hecho con uvas de Chacras de Coria. En este caso era un Cabernet Franc 2014, 100% de Tupungato y con una crianza de 12 meses en barricas. Como estaba recién embotellado todavía se lo siente algo cerrado de aromas y con fuerte impronta de la barrica, pero en la bodega se lo toman con calma y le darán un buen tiempo de estiba. Al beberlo se siente elegante, fácil de beber y con buen peso en boca. Cuando salga al mercado va a ser una joyita imperdible.
Herencia, tradición, savoir faire y  búsqueda constante se combinan en esta bodega.  Uno de los puntos que no te podés perder en tu próximo viaje a Mendoza.  Cruzás un portón y estás en otro mundo, parece imposible que te rodeen viviendas y comercios.  Es la magia del vino y su cultura.