lunes, 26 de junio de 2017

¡Oh, qué ricos vinos! Voy a conquistar este reino


Se calcula que Ricardo III consumía tres litros de alcohol diarios; Carlos I de España y V de Alemania tomaba una cantidad similar para saciar su sed; Amadeo VIII de Saboya era un alcohólico tal que asume el papado como Félix V, luego declarado antipapa, ebrio; José I Bonaparte recibió el apodo de Pepe Botella y en su época se acuñó el dicho “Pepe botella baja al despacho / no puedo, que estoy borracho”. Historias de nobles alcohólicos hay muchas, pero seguramente una de las más curiosas sea la del sultán otomano Selim II.
Selim II llegó al poder tras una serie de intrigas palaciegas y traiciones familiares. Sin embargo, su ambición no era el poder o el éxito militar, sino el goce. Delegó en sus ministros los destinos del Imperio y él se dedicó a una vida donde abundaba la buena mesa, la bebida, el sexo y cuanto placer mundano pueda haber. Así pasó a la historia como Selim II el Borracho.
Aparentemente su vino favorito era el Commandaria, un vino dulce fortificado que se hace en Chipre dejando secar al sol las uvas Xynisteri y Mavro (a que no las conocías). Tal era la afición, algunos hablan de adicción, a este vino de postre que Selim II mandó invadir Chipre en 1570 para asegurarse un suministro permanente. Los reinos cristianos de España, Venecia, Génova, Estados Pontificios y Malta se unieron en una Liga Santa para evitar el avance otomano y los enfrentaron en la gran batalla de Lepanto.   Allí resultó herido Cervantes entre miles de anónimos y representó una victoria para los reinos cristianos, aunque no pudieron recuperar Chipre y sus vinos.
Quizá sea solo una leyenda. Muchos creen que no, tal era la afición y los caprichos de Selim II, que vivió y murió ebrio al caerse y golpearse la cabeza. Si yo fuera un emperador todopoderoso como él iría a conquistar Bordeaux o Champagne, ¿y vos?



viernes, 23 de junio de 2017

Brevedades: nuevos lanzamientos y añadas


Novedades 1: Traslapiedra Malbec
Se presentaron en Buenos Aires dos novedades de la mano de Traslapiedra.  Por un lado la nueva añada de su Traslapiedra Blend 2016.  Este año elaborado con un 65% de Malbec, 25% de Cabernet Sauvignon y 10% de Merlot y dejando de lado el pequeño porcentaje de Pinot Noir que tuvo el 2015.  "No fue necesario ese toque de Pinot porque en 2016 llovió mucho y obtuvimos un vino más fresco, más cercano a nuestro concepto", me confió Juanfa Suárez en la presentación.  Esa influencia del clima se nota bastante, se lo nota más "liviano" de aromas y expresión, con menos concentración y más fluidez.  Otra añada muy buena.
La otra novedad fue el Traslapiedra Malbec 2016, en botella de 1125 cc.  "Queremos lanzar algo nuevo todos los años.  De a poco", expresó Germán Cohen, uno de los cinco amigos detrás del proyecto.  Es claramente un "vino de sed" como ellos lo llaman, que fluye fácilmente, y por eso la botella de litro y pico me parece un detalle perfecto.  Tiene una acidez vibrante y alta sensación mineral.  Disfrute asegurado.
Tras bambalinas se probaron algunas muestras que quizá sean el lanzamiento del año próximo.  ¿Será un Pinot? Hay que esperar.


Novedades 2: By the Glass Chardonnay
Había pocas opciones de Bag in Box blancos y por suerte llegó el By the Glass Las Perdices Chardonnay 2016.  Anteriormente habíamos reseñado el Malbec By The Glass y fue muy satisfactorio y, principalmente, práctico el sistema.  El tema de la temperatura queda con el blanco fuera de discusión porque va de la heladera a la mesa sin escalas y listo para consumir.  Incluso para hacer el consumo más fácil hay unos pequeños decantadores que visten perfectamente cualquier mesa.
Este Chardonnay tiene un breve paso por barricas francesas de 6 meses para darle principalmente más volumen en boca.  Sus aromas tiran para lo frutal: pera, durazno, ananá.  Al beberlo lo sentimos más cítrico y con final avainillado muy rico.  Tiene una buena acidez, marcada y elegante, que acompaña a un estilo algo untuoso y lo equilibra.  Perfecto para todo momento sin el dilema de si abro una botella o no.  Acompañó muy bien pollo elaborado en distintas formas: wokeado, a la plancha, a la vinagreta y también pescados.
Ya lo dijimos en su momento y lo seguiremos repitiendo: necesitamos más Bag in Box... y que sea de calidad, como este.


Novedades 3: Montchenot 5 años
A su manera, Bodegas López siempre está lanzando novedades y haciendo ajustes a sus vinos y etiquetas.  Una tapa a rosca, un aggiornamiento estético, algún lanzamiento.  En ese sentido acaba de salir al mercado el Montchenot 5 años 2012.  Es el clásico Montchenot 70% Cabernet Sauvignon, 20% Merlot y 10% Malbec provenientes de la Finca La Marthita, un viejo viñedo de 1940, pero con la salvedad de tener un menor tiempo de añejamiento en toneles.  Se busca con este lanzamiento apuntar a un consumidor más ávido de vinos jóvenes, pero con madera.
¿Cómo transmitir el "Estilo López"? Hay que probarlo y encontrar los mil matices de aromas que transmiten los viñedos antiguos y los toneles de 5000 litros (o más).  Entre otras cosas notaremos notas a frutos rojos, pimientos y un toque herbal, más el lento aporte de los toneles usados.  En boca se lo siente muy expresivo y vivaz, con taninos pequeños y buen final.  Una opción interesante para ir metiéndose en los vinos de guarda y entender de qué va la cosa.
En la presentación estuvimos junto a Eduardo López Laurenz quien además de ser un gran anfitrión nos dejó algunas frases inolvidables sobre esta bodega familiar de 119 años de historia.  "Nosotros nos quedamos con un estilo tradicional, con los toneles grandes, etc.  Lo hacemos por convicción y porque nos fijamos seguir así y debemos mantenerlo.  Buscamos el estilo de vinos bebibles, para acompañar comidas (...) nos quedamos con el mercado de las bodegas tradicionales, peleando contracorriente.  Veinte años después de la aparición del nuevo estilo, hacemos el balance y los números dicen que hicimos buen negocio.  Por eso moriremos con las botas puestas. (...) Fue una decisión tomada, no ocurrió por inacción.  Podemos decir que hoy somos lo distinto".  Delicioso.


Novedades 4: nuevas añadas de BenMarco
En un distendido (y lleno de información) almuerzo con Edgardo del Pópolo pudimos catar las nuevas añadas de BenMarco.  Esta es una línea de vinos de Susana Balbo Wines que es confiada a la visión de Del Pópolo y donde se busca mostrar la expresión del terroir de la mano de una baja intervención enológica y barricas usadas.
El Benmarco Cabernet Sauvignon 2015 es un Cabernet elegante de Los Árboles. "Técnicamente está en Gualtallary, pero por su perfil prefiero llamarlo Los Árboles", comenta Edgardo y explica que el viñedo se encuentra al sur de Gualtallary casi o directamente sin calcáreo.   Es un vino elegante y fresco, con intensidad pero sutil.  Como un tipo duro que no necesita demostrarlo todo el tiempo.
Por su parte el Benmarco Malbec 2015 viene de Los Chacayes  y es distinto a lo que esperaba de la zona.  Elegante, algo herbáceo y de cuerpo fluido se aleja mucho del estilo más "gordito" y dulce al que la zona nos tiene acostumbrados.  Claramente un vino que demuestra que Chacayes es muy grande como para definirlo tan fácilmente.
Cerramos la cata con la nueva añada del Benmarco Expresivo 2014.  Este blend cambia año a año y en los que son más cálidos suele tener un poco más de Cabernet Franc, por lo que el 2014 está compuesto de un 80% de Malbec y un 20% de Cabernet Franc, todo de Gualtallary.  Aquí la crianza es mayor con 14 meses de barricas francesas nuevas.  Debo decir que se viene con todo: complejo, sabroso, con un cuerpo bastante liviano y fluido.  Destaco su textura sobre todo.
¿Qué se viene?  Una nueva línea llamada BenMarco Sin Límites, explorando nuevas zonas como Valle del Pedernal y un Malbec de Gualtallary.  Shhhh, yo no les dije nada.





miércoles, 14 de junio de 2017

Vinos para tomar (y pensar)

Los vinos deben ser como la buena literatura. Tienen que ser fáciles de beber, pero también dejar un margen para leer entre líneas, para pensar.


En los últimos años, junto al crecimiento y desarrollo de un vino nacional de cada vez mayor calidad, han surgido temas de discusión de lo más variados. Terroir, acidez, huevos de concreto, toneles, maceración carbónica, levaduras indígenas y un montón de detalles a los que es difícil seguir su vaivén.  Estamos en un punto de la discusión donde muchos consumidores levantan la ceja, empinan el vaso y dejan la mesa.   Es que se está volviendo tan técnico, preciso y hasta obsesivo que a muchos deja de interesarles el tema.   Pareciera que repetimos el viejo modelo de que el vino es solo para entendidos.  Personalmente me parece excelente esta profundización en el conocimiento de nuestros terroirs y la experimentación con nuevas técnicas.  Lo que no debemos dejar de hacer nunca es vinos para disfrutar, algo que parece una obviedad, pero me refiero a vinos que cualquiera pueda disfrutar.   Si el vino pierde su esencia de bebida estamos errando el camino.
Siempre me gusta comparar los vinos con la literatura, porque con estos dos mundos ocurren hechos similares.  Generalizando un poco, podemos decir que hay tres tipos de libros: los comerciales, los complejos/sofisticados y muchos que se ubican en el punto intermedio.
Hay libros que están hechos para ser leídos con facilidad, sin tener que detenernos mucho para pensar y sin que podamos encontrar mayores complejidades en ellos.  En fin, son libros para entretener, comerciales.  Pueden gustarnos mucho, pero aceptemos que no son obras maestras de la literatura.
En el otro lado del arco iris literario están los otros libros.  Es esa literatura compleja, para entendidos, para aquellos que quieren desentrañar entramados de la teoría literaria e intrincadas reflexiones filosóficas.  Son hermosos, pero no cualquiera puede leerlos y disfrutarlos.  Un ejemplo sería el inefable Ulysses de James Joyce, el libro más comentado y menos leído.
Justo entremedio de estos irreconciliables hay libros que conjugan lo mejor de ambos polos.  Son textos fáciles de leer y de disfrutar, pero también permiten la reflexión y el análisis de aquellos que quieran hacerlo.  Es decir, cualquiera podría leerlos y entenderlos, pero también tienen la cualidad de ser obras lo suficientemente complejas como para poder discutirlas en la sobremesa o la academia.
Con los vinos pasa igual.   Están aquellos para ser consumidos en la mesa diaria, vinos simples y que apuntan a acompañar la comida, una tarde con amigos en la terraza o la previa.  No buscan ser perfectos, su calidad es irregular, son económicos y por todo eso no dan mucho espacio para “hablar de vinos”.


También están los otros, los difíciles, esos que puestos en una mesa con diferentes niveles y estilos de consumidores generan discusión y aplausos (a veces más discusión que aplausos). Son grandilocuentes, te piden un decantador y un lento consumo, son pretensiosos y de partidas pequeñísimas, te hacen llegar a los 100 puntos o crean tendencias.  También son los vinos que los coleccionistas compran para guardar y no tomar.
En un amplio sector intermedio están esos vinos que saben que no van a obtener 100 puntos, ni pretenden hacerlo.  Son esos que quieren asegurar una experiencia de disfrute para un público más amplio.  Ante estas botellas, el inexperto sabe que está tomando algo muy bueno, que sobrepasa la media, y le abren la curiosidad para querer saber más del tema.  Así caemos todos y nos vamos volviendo cada vez más conocedores y empezamos a buscar el terroir, las texturas, el aroma esquivo, el balance perfecto.  Estos vinos también tienen todo eso y permiten hablar largo rato de ellos.  Están hechos para beber y también para pensar.
De lo último que bebí en este grupo podría citar dos casos completamente opuestos, pero que encajan a la perfección.  Se elaboran completamente diferentes, provienen de dos generaciones distintas, parten de conceptos opuestos y, sin embargo, coinciden en que están hechos para beber fácilmente y para hablar largo y tendido sobre ellos.
Uno es un clásico, el Montchenot de Bodegas López. Es un típico corte de Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec provenientes de viñedos plantados en 1940.   El vino se realiza de forma tradicional, en tanques de acero inoxidable, y luego se pasa a toneles de entre 5000 y 20.000 litros donde reposa durante 10 años.  Luego de esa larga y lenta crianza en toneles que son una rareza en nuestro país salen al mercado o la bodega los guarda en perfectas condiciones durante 5 o 10 años más para las líneas Montchenot 15 años y Montchenot 20 años.   Es decir, en esta línea de Bodegas López el vino más joven que podemos tomar tiene 10 años de crianza, no hay necesidad de esperarlo.   Esto le otorgó una suavidad especial, todos estos vinos son una seda, livianos y muy complejos de aromas.  En cada añada se repite el estilo y los taninos suaves, cada vez más sutiles. Y es su grata acidez lo que los sostiene a lo largo de los años.
¿Dónde estabas hace 10 años? Miremos para atrás y veamos todo lo que pasó.  Esta botella viene desde esa época y nos habla, guarda en sus memorias de cristal secretos, historias y risas.  Y ni te cuento si te contactás con la bodega y comprás un vino de hace 30, 40 o 50 años, porque guardan y venden botellas de hasta la década del 30 guardadas perfectamente.
El otro vino que quería comentar es el Zuccardi Concreto. Pertenece a la línea de los íconos de Familia Zuccardi y se elabora 100% con Malbec de su Finca Piedra Infinita, en el Paraje Altamira, uno de los terruños de moda.   Proviene de suelos con gran carga de Carbonato de Calcio (característico de la zona) y se vinifica en recipientes de hormigón sin epoxi.   Sí, así, con el cemento pelado.  Sebastián Zuccardi comenta que esto le permite una microoxigenación relativa, control de temperatura y evitar la corriente eléctrica que se genera en los tanques de acero.  Además así se respetarían más las características de Altamira.  Sebastián siempre dice que es como amasar en una mesada de acero inoxidable o una de granito o madera, no es lo mismo la sensación que provocan.
Es un vino distinto, que parece venir de un futuro de la enología argentina.  Con aromas muy frutados, nada de dulzor, una textura y acidez muy interesantes, y esa sensación eléctrica que nos provocan los suelos calcáreos.  Eso que muchos llamamos mineralidad.  Se bebe fácil, pero te hace pensar a cada sorbo, a reflexionar sobre las posibilidades de los vinos y cómo un Malbec puede diferenciarse de todos los conocidos.
En ellos todo es distinto: el estilo, la edad de sus creadores, la forma de hacerlos, la crianza, el resultado final, etc. Pero mirá que causalidad, ambos supieron obtener 95 puntos del crítico Tim Atkin, uno de los que mejor conoce nuestros vinos. No quieren ser perfectos, o lo son a su modo. Quieren invitarnos a beber y a pensar.



lunes, 12 de junio de 2017

Vinografía - Invasor Malbec-Aspirant Bouchet 2013



Precio sugerido al 31/5/17: $250-270
Notas relacionadas:
Promesas del Este
Reencuentro con el Este: Bodega Garavaglia



lunes, 29 de mayo de 2017

El hilo rojo del Malbec



En la mitología china y japonesa hay una creencia de fuerte arraigo en la cultura popular conocida como el “hilo rojo del destino”. Según el mito, los dioses atan un hilo rojo alrededor del tobillo (o el dedo meñique según los japoneses) de aquellas personas destinadas a conocerse, ayudarse o amarse. Eso las convierte en almas gemelas a pesar de no saberlo y, tarde o temprano, sus vidas se unirán para no separarse más. La historia original dice que “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”.
Como argentinos amantes del vino, todos tenemos indefectiblemente alguna preferencia por el Malbec. Hay tanta variedad en las estanterías de la vinoteca que seguramente hemos probado una gran cantidad de etiquetas, etilos, bodegas y orígenes.
Nos gusta el Malbec, lo que significa y representa, nos gusta cómo se adapta a nuestra gastronomía, conocemos las mil caras que nos dan los terruños argentinos y sin embargo podemos sentirnos un poco saturados de él. Alguien dice “Malbec” y ya te viene una sensación y sabores familiares a la boca. Para contrastar un poco recurrimos a otros cepajes tratando de limpiar el paladar y cambiar el chip hasta abrir la próxima botella del querido Malbec. Nos sale tan bien que es imposible no volver sobre él una y otra vez... y siempre quererlo. Ahí le pedimos perdón y volvemos a enamorarnos. Una relación tempestuosa, digamos.
Pero a fuerza de fatigar nuestras copas, hemos descubierto que tiene mil caras: hay Malbecs golosos de sabor a fruta madura; los hay florales donde las violetas mandan; existen los especiados y picantes; están los que ceden ante la madera; los hay mutables, que cambian a cada revolución de la copa; existen los de tensión, con su estilo vibrante… y también se adapta de mil maneras a nuestra geografía, con la elegancia de Agrelo, la textura de Altamira, el ímpetu y el color de Salta, con la sutileza de la Patagonia o la acidez de los valles de altura… y entonces hay mil combinaciones posibles. Entre todas ellas tiene que estar el tuyo.
Esperado en los estantes de la vinoteca está el Malbec al que te une un hilo rojo. “Rojo-violáceo” dirá alguno. Tal vez ya lo encontraste, o creés que lo encontraste, quizá no y sigas desilusionado con nuestra cepa de bandera. “El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”. Algún día vas a llegar a TU Malbec, ese día te vas a dar cuenta, lo vas a sentir. Y la única manera de hacerlo es probarlos todos.



martes, 2 de mayo de 2017

Vinografía: Andeluna Altitud Malbec 2014


Precio sugerido al 1/4/17: $317



jueves, 27 de abril de 2017

Vinarquía hace su vino: Etapa 2 – prensado y trasiego

Como les contaba en una nota anterior, estoy haciendo vino casero junto al equipo de Hago Mi Vino. En la primera “clase” elegimos la uva, la molimos, tomamos mediciones y la dejamos descansar a la espera de la fermentación. Para hacerla más natural, no agregamos levaduras seleccionadas y dejamos las levaduras indígenas que ya vienen adheridas a la uva desde el viñedo.
La fermentación se produjo dos días después y, aunque no estuve allí, “la tumultuosa” (así le dicen) se dio muy bien. Así que técnicamente tenemos vino, pero falta para que esté terminado.
En la segunda clase nos tocó uno de los momentos más emblemáticos y sucios de la elaboración artesanal de vinos: el prensado. La imagen del productor haciendo girar el trapiche está tan arraiga que es incluso el nombre de una de las bodegas más importantes de nuestro país.


Las clases de Hago Mi Vino pueden sonar formales, pero son muy distendidas y para nada técnicas. Más bien son lo contrario, en un clima de buena onda y camaradería se aprende a hacer-haciendo. Siempre hay alguien que necesita una mano y siempre hay una duda que puede ser la nuestra.


Después del prensado, el vino pasa a recipientes donde seguirá su lento proceso de acomodarse. Los residuos que hayan pasado y las levaduras muertas van decantando al fondo y a la semana se hace el primer trasiego que consiste en separar esa borra del vino. Al mes se realiza un segundo trasiego y más adelante un tercero. La idea es hacer todo de la forma más casera posible, sin los filtros de las bodegas, para que cualquiera que haga el curso pueda después elaborar vino por su cuenta.  La diferencia es que hay un conocimiento técnico que te aportan que los abuelos que hacían su patero no tenían o habían adquirido a través del ensayo y error.


El hecho de hacer el vino, de tener que esperar medio año (incluso más) para que se acomode en sus botellas, de prensar, de estar atento a si fermenta o no, etc. nos permite entender más todo lo que cuesta elaborar una botella. Hay un trabajo atrás que hay que hacer para conocer su dimensión. Es algo que ennoblece a la bebida y la aleja drásticamente de los productos industrializados elaborados con polvos y conservantes. Y si nos ponemos a pensar en cuántos siglos le llevó al hombre conocer los procesos para llegar a esta noble bebida… el respeto por el vino se agiganta.
Para difundir su trabajo, acercar al público general el proceso del cual venimos hablando y mantener viva una tradición de vino casero, el domingo 24 de abril estuvieron elaborando en la Pulpería Quilapán, en San Telmo. Abierto a quien quisiera sumarse, despalillaron a mano 300 kilos de uva y luego la pisaron. Sí, la pisaron como se hacía antes.
El año pasado ya habían hecho está Vendimia Porteña y mucha gente se acercó nuevamente para divertirse y vivir una experiencia diferente. Ese Moscatel Rosado, con algo de Criolla, se convertirá en el Vino del Pulpero de Quilapán, un lugar muy pintoresco para conocer y comprar productos fuera del circuito masivo.


Ahora viene un momento más tranquilo.  Luego de los trasiegos, la actividad en la bodega baja muchísimo.  Es hora de pensar en otras cosas como la etiqueta, aprender a sanitizar botellas o a realizar un blend.  En próximas entradas les iré contando más.