jueves, 18 de julio de 2013

Un poderoso camión de guerra I

Éste es un cuento de 1955 de Bernardo Kordon que quería compartir con ustedes porque en cierta manera tiene al vino como un protagonista más.  Rodolfo Walsh lo incluyó en su Antología del cuento extraño y fue correcto en su apreciación porque el cuento está entre los límites del realismo y de lo fantástico.  Debido a su extensión, algo más larga que una entrada normal, lo publicaré en tres partes a lo largo de esta semana.  Créanme, vale la pena.  Y no hagan trampa, no googleen.


Tuvimos un primer ademán, casi imperceptible, de sorpresa y de recelo. Era como si hubiésemos preferido pasar inadvertidos. Pero debimos desechar esta fácil solución. Hacía varios meses que no nos veíamos y nos dimos la mano en ese vértice de la recova de Plaza Once. En un instante, pude observar detalladamente a Alejandro Aguilera. Se veía pálido bajo las poderosas luces. Torcía ligeramente la boca al hablar. Y yo no podía escucharle bien. Pensaba en nuestra amistad. A veces dejamos que se rompan los lazos de una vieja amistad, y éste es el síntoma seguro de que comenzamos a renegar de nosotros mismos. Nunca faltan los pretextos. En este caso fueron determinadas y enconadas discusiones políticas. Una forma como cualquier otra de comprobar nuestra debilidad. Dejamos de vernos.
Y allí estaba otra vez con mi viejo amigo Alejandro. Reaccioné para captar el sentido de su conversación. Contaba cosas de su vida, respondiendo, quizá, a alguna pregunta convencional que le formulé.
-...también puedo decir que estoy de paso, ya que en mi nuevo oficio...
-¿Tenés una nueva ocupación? -le interrumpí, con el doble fin de mostrar interés y de afirmarme en la conversación.
-Sí. Una vez más cambié de oficio.
-¿Y ahora cuál es? ¿Con mangas de lustrina o de hormiga del intelecto, como ser monaguillo del Libro Mayor o corrector de pruebas?
-Nada de eso. El uniforme es el que sigue: cuello duro, traje bien cortado, pero empolvado por el camino; el gesto despreocupado; y la risa y la charla fáciles. Esta sociedad que algunos insensatos pretenden trastornar, está tan extraordinariamente organizada, que anoto pedidos y cobro mis comisiones con sólo llevar en mi carpeta etiquetas de vino y envases vacíos de yerba. No es necesario que el comerciante observe la yerba ni pruebe el vino: es suficiente que contemple los colores firmes y vivos de las etiquetas. ¿No es esto un real avance en la marcha de los siglos, un evidente premio al ciego empecinamiento humano? Recorro una provincia y una gobernación. Después las vuelvo a atravesar. Los pueblos son parecidos, sus calles llevan los mismos nombres. Únicamente varían los hoteles: los hay regulares y pésimos. ¿Valía la pena que corriese tanta sangre para convertir un hermoso desierto en una llanura tan progresista y apagada?
-¿Y qué dice la gente por allá?
-Hablan de cotizaciones y barajan posibilidades de hacer dinero. Sueñan con la ciudad. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Lo mismo hago yo cuando me encuentro en el campo.
Se detuvo un instante. Parecía medir algo. Entonces, dominado no sé por qué impulso, le dije:
-Cuando hablabas de viajar y viajar, ¿te acordás?, tenías la seguridad de llegar a ser un trotamundos. Y te encuentro ahora convertido en un trotaprovincias.
-Hago lo que puedo -me respondió tristemente-. Además, ahora todo me da lo mismo.
Esa tristeza contradecía la suficiencia que barruntaba en sus palabras anteriores. Me sentí conmovido. ¡Y yo, que comenzaba a enrostrarle su fracaso, con esa crueldad que sólo puede gastar otro fracasado!
-¿Por qué no buscamos un lugar tranquilo para seguir charlando? -propuse. Echamos a andar por la avenida Pueyrredón, pero nos molestaba esa avalancha humana que trotaba para hundirse en las entradas del ferrocarril subterráneo. Doblamos por Cangallo. Los oscuros y silenciosos depósitos del Ferrocarril Oeste parecían fortalezas abandonadas. Como un poderoso fantasma ululó una invisible locomotora. Alejandro consultó su reloj.

Estación Once de Septiembre - Vía Wikimedia Commons

-Faltan tres minutos para que parta "El Pampero", el nocturno a Santa Rosa -fue el comentario del viajante de comercio-. Un hermoso rápido. Generalmente duermo de un tirón hasta Pehuajó. Allí me despierta la sensación de que el tren se ha detenido, el estrépito de los topes que chocan en alguna maniobra y ese vibrante frío que anuncia el amanecer. Y yo agonizo mientras espero que el rápido prosiga su carrera. Entonces es cuando me domina el miedo. En cualquier momento espero escuchar el ruido del motor del camión...
-¿Pero de qué camión estás hablando? -le interrumpí alarmado. Volví a contemplarlo. La culpa no era de los tubos de luces fluorescentes. Aquí, en los flancos mal iluminados de la estación ferroviaria, lo seguía viendo pálido. Y como no me contestara pronto, y quizá temiendo que lo hiciera, le pregunté:
-¿No te sentís bien?
-Lo que se dice muy bien, no estoy. Ya te explicaré. Con decirte que me encontraba en Plaza Once para tomar ese tren. Y ya ves: lo dejo partir. ¿Hice bien? Creo que sí. Pero ya escuchaste cómo se desesperó recién esa maldita locomotora. Era como un llamado, ¿verdad? ¡Pero no pongas esa cara de asombro, que ya voy a explicarte todo esto!


Continuará...


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