jueves, 25 de julio de 2013

Un poderoso camión de guerra III (final)

Alejandro se detuvo nuevamente, como si necesitase orientar su relato y tomar aliento antes de proseguir. Además, aprovechó la pausa para pedir otra jarra de vino. Era evidente que se disponía a contarme lo más importante.
-Entonces me dominó el deseo de ir a visitar al flaco en el campamento de Pomona. Abandoné la mesa para averiguar la salida del colectivo rural a Pomona. "Mañana a las nueve sale uno", me informó el mozo. Y señalándome a un jugador de billar, agregó: "Ese muchacho trabaja en el campamento de Lamarque; quizá pueda informarle mejor". El tal muchacho vino a nuestro lado al sentirse indicado.
-¿Conoce usted a Muñiz? -le pregunté.
–Claro que sí. Trabajaba en la oficina de Personal. Pero pasó a Pomona, de camionero.
-¿De camionero?
-Así es. Se produjo una vacante de camionero y Muñiz se ofreció. Ahí anda manejando un poderoso International. Ahora que me acuerdo, la última vez que lo vi en Lamarque, con su camión, me dijo que en estos días tendría carga para traer de Choele-Choel. A lo mejor, aparece mañana, quizá esta misma noche...
Un extraño frío me recorrió el cuerpo. No, no me mirés así, que no divago. A las dos de la madrugada tomé el tren que me devolvió a Buenos Aires. Claro que te sorprendés. . . Pero te voy a contar. Sé que un buen día voy a encontrarme con el camionero. Un camión conducido por una persona que me va a resultar conocida. ¿Quién no conoce el rostro de la Muerte? Y la Muerte anda ahora sobre un poderoso camión. Ya ves: iba a visitar a Muñiz en Pomona. Me llamaba, creándome ese impulso loco. Una sirena no lo haría mejor. ¡Y me esperaba con "el camión"! ¿Te das cuenta?

 -¿Y qué te pasó esta noche?
-¡Ah, esta noche! Tenía que salir para iniciar mi gira por el circuito Santa Rosa, General Acha y Bahía Blanca. Dejé mi equipaje en el depósito de la estación Once. Repentinamente me dominó la angustia y temí realizar el viaje. Eché a andar por la iluminada recova de Plaza Once y entonces te encontré. Ahora estoy aquí tomando y alegrándome.
Y Alejandro se reía como si terminase de engañar al mismo demonio.
Fue entonces cuando en la fonda del mercado entró el hombre de la casaca de cuero. En el mercado de Abasto convergen diariamente cientos y quizá miles de camiones, y la entrada de un camionero no hubiese llamado nunca mi atención, especialmente en este momento, que me dominaba la penosa impresión de comprobar el evidente desequilibrio de mi amigo. Pero no pude dejar de contemplarlo detenidamente, pues su presencia tuvo la virtud de hacer palidecer a Alejandro hasta convertirlo en un verdadero espectro.
El camionero avanzó hacia el mostrador. Su gesto denotaba agotamiento físico, lo que podía explicarse, ya que son muchos los conductores que deben aguantar jornadas abrumadoras para traer sus cargas al mercado. Cierto que la máscara sudada y crispada del camionero de gastada casaca de cuero mostraba la misma palidez de mi amigo, pero Alejandro no clavaba su mirada en el recién llegado, sino que no la separaba de la puerta, por donde se veía la parte trasera de un poderoso camión de color verde oliva. Se trataba de uno de esos imponentes y maltratados armatostes que después de servir en la última guerra transitan en las calles de Buenos Aires en trabajos de paz.
En la mesa teníamos tres jarras de vino vacías. Y yo pregunté:
-¿Qué pasa en ese camión?
Alejandro balbuceaba, ya en pleno delirio.
-Pude verlo antes que se estacionase. Estaba lleno de muertos. Parecen soldados. Algunos van destrozados. A otros les cuelgan los brazos, como si quisiesen aferrarse al suelo para no seguir viaje.


Yo tampoco me encontraba del todo bien, pues comencé a admitir:
-No cabe duda que ese camión llevó miles de soldados y cargó toneladas de cadáveres, Alejandro. Y esas imágenes no se pueden borrar así no más. Ahí quedan, junto con esa pintura color de campo martirizado y las abolladuras producidas por alguna explosión. ¿Pero querés ir a ver lo que lleva ahora? Seguramente un cargamento de zapallos rojizos, o de fresquísima lechuga...
Alejandro movió obstinadamente la cabeza con el gesto temeroso y angustiado de un niño que se niega a cumplir un castigo.
Yo giré la cabeza para divisar al camionero. Terminaba de tomar una copa en el mostrador de cinc y abandonaba el local. Pasó al lado de nuestra mesa, detrás de mí. No pude ver si el hombre hizo un gesto, pero lo cierto es que Alejandro se incorporó y con pasos de alucinado salió detrás del camionero de la casaca de cuero.
Cuando sentí arrancar el poderoso motor pude reaccionar. Atiné a dejar un par de billetes en la mesa, entre las jarras vacías, y llegué hasta la puerta. El camión y Alejandro habían desaparecido. Tenía frente a mí esa extraordinaria bóveda de cemento, con imponencia y belleza de catedral, de nuestro mercado central. Filas interminables de camiones entraban lentamente por sus puertas de ciudadela. Sentí miedo y eché a andar con paso rápido hacia las luces del centro de la ciudad.


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