miércoles, 31 de julio de 2013

Foto del mes

Foto de Andrés Larrovere / Los Andes

Hace unas semanas Jorge, un lector y comentador asiduo del blog, agradecía que en este y otros espacios de los Blogueros del Vino no aparecieran notas del tipo "Los 10 mejores Malbec", "Los 10 mejores enólogos del planeta", "Los 100 vinos que debés tomar antes de morirte", etc.  Uno se tienta a hacer ese tipo de notas, pero sabemos que en el fondo exponen una gran soberbia y fines comerciales y/o publicitarios en la mayoría de los casos.  Jorge terminaba su mail diciendo, provocador, que le gustaría leer una nota que dijera "Los 10 mejores cosechadores del año".  Siguiendo su idea, elegí la foto del mes.
El que aparece no es una megaestrella de la enología, ni un bodeguero famoso, sino un vendimiador.  Uno de los cientos de laburantes anónimos que están detrás de cada vendimia y de cada botella.  Quizás no esté entre los 10 mejores cosechadores, pero bien vale un homenaje.
De yapa les dejo otra foto, pero de la vendimia de 1905 en San Rafael:

Foto vía Fotos Antiguas de Mendoza


lunes, 29 de julio de 2013

Lupa Bloguera: Otras cepas

Llegamos a la Lupa Bloguera, el evento donde todos los Blogueros del Vino coordinamos para hacer un paneo sobre alguna cepa.  Ya pasamos por casi todas los varietales tradicionales, e inquietos como somos quisimos ir por cosas no tradicionales, cepas raras. Así se aprende y se desarrolla el paladar, ¿no?
En mi caso elegí un vino que Familia Zuccardi saca en la línea experimental de la bodega: Textual Marselan 2010.


Sobre la cepa
La Marselan es una variedad bastante reciente.  Surgió en 1961 de la cruza de Cabernet Sauvignon con Grenache en las cercanías del pueblo francés de Marseillan.  Su “creador” fue Paul Truel, un famoso ampelógrafo que  también dio origen a cepas como Caladoc, Chasan, Chenanson, entre otras, y estudió a la Bonarda en Argentina.
Primero no se la tuvo muy en cuenta porque produce uvas muy pequeñas y parecía poco redituable.  Pero con el tiempo vieron que tenía una notable resistencia a las enfermedades y permitía rendimientos altos sin perder calidad, entonces se le dio una segunda oportunidad y fue registrada en 1990.  
El principal lugar de cultivo es la región francesa de Languedoc, pero por su buena adaptación a los climas cálidos está siendo probada en Brasil, Uruguay y, principalmente, en China.  Uno de los puntos que interesa a los productores es la posibilidad de usarla como uva de corte y así “estirar” los volúmenes sin perder calidad (sobre el tema, hay una nota en ArgentineWines).


El vino
En nuestro país, hasta donde pude averiguar, la única bodega que lo vinifica como varietal es Bodega Zuccardi.  En este caso, el Textual Marselan 2010 es un vino de color rojo rubí, de profundidad media.  Con aromas de fruta negra, algo de mermelada, notas vegetales y destellos especiados.   En boca es un vino liviano, equilibrado, amable, de final algo corto, bastante versátil para las comidas.  La etiqueta recomienda beberlo a 18° C y coincido totalmente, porque a menos temperatura no es tan agradable.
Es un vino simple y en ese sentido el precio es bastante alto ($70).  Entiendo que por ser una cepa rara uno pagué un poco más, pero como vino en sí es bastante, bastante, pobre. Es más, al otro día se pone peor.
Seguramente se puede mejorar y hasta tanto no tenga mejores referencias no vuelvo a comprar esta etiqueta.


A continuación lo que eligieron el resto de los Blogueros del Vino:

El Vino del Mes: Benvenuto de la Serna Mil Piedras Sangiovese 2008
Fabian Mitidieri: La Caroyense Frambua Precoz S/A
Mr. Wines: Viniterra Select Carménère 2008
Rumbovino: Bournett IG Corbeau 2012
Vinos en Buenos Aires: Textual Caladoc 2010
Vinos en Córdoba: Caelum Fiano Reserva 2012
WineMDQ: Exento porque está organizando el WineMDQ Blend Tasting 2013




jueves, 25 de julio de 2013

Un poderoso camión de guerra III (final)

Alejandro se detuvo nuevamente, como si necesitase orientar su relato y tomar aliento antes de proseguir. Además, aprovechó la pausa para pedir otra jarra de vino. Era evidente que se disponía a contarme lo más importante.
-Entonces me dominó el deseo de ir a visitar al flaco en el campamento de Pomona. Abandoné la mesa para averiguar la salida del colectivo rural a Pomona. "Mañana a las nueve sale uno", me informó el mozo. Y señalándome a un jugador de billar, agregó: "Ese muchacho trabaja en el campamento de Lamarque; quizá pueda informarle mejor". El tal muchacho vino a nuestro lado al sentirse indicado.
-¿Conoce usted a Muñiz? -le pregunté.
–Claro que sí. Trabajaba en la oficina de Personal. Pero pasó a Pomona, de camionero.
-¿De camionero?
-Así es. Se produjo una vacante de camionero y Muñiz se ofreció. Ahí anda manejando un poderoso International. Ahora que me acuerdo, la última vez que lo vi en Lamarque, con su camión, me dijo que en estos días tendría carga para traer de Choele-Choel. A lo mejor, aparece mañana, quizá esta misma noche...
Un extraño frío me recorrió el cuerpo. No, no me mirés así, que no divago. A las dos de la madrugada tomé el tren que me devolvió a Buenos Aires. Claro que te sorprendés. . . Pero te voy a contar. Sé que un buen día voy a encontrarme con el camionero. Un camión conducido por una persona que me va a resultar conocida. ¿Quién no conoce el rostro de la Muerte? Y la Muerte anda ahora sobre un poderoso camión. Ya ves: iba a visitar a Muñiz en Pomona. Me llamaba, creándome ese impulso loco. Una sirena no lo haría mejor. ¡Y me esperaba con "el camión"! ¿Te das cuenta?

 -¿Y qué te pasó esta noche?
-¡Ah, esta noche! Tenía que salir para iniciar mi gira por el circuito Santa Rosa, General Acha y Bahía Blanca. Dejé mi equipaje en el depósito de la estación Once. Repentinamente me dominó la angustia y temí realizar el viaje. Eché a andar por la iluminada recova de Plaza Once y entonces te encontré. Ahora estoy aquí tomando y alegrándome.
Y Alejandro se reía como si terminase de engañar al mismo demonio.
Fue entonces cuando en la fonda del mercado entró el hombre de la casaca de cuero. En el mercado de Abasto convergen diariamente cientos y quizá miles de camiones, y la entrada de un camionero no hubiese llamado nunca mi atención, especialmente en este momento, que me dominaba la penosa impresión de comprobar el evidente desequilibrio de mi amigo. Pero no pude dejar de contemplarlo detenidamente, pues su presencia tuvo la virtud de hacer palidecer a Alejandro hasta convertirlo en un verdadero espectro.
El camionero avanzó hacia el mostrador. Su gesto denotaba agotamiento físico, lo que podía explicarse, ya que son muchos los conductores que deben aguantar jornadas abrumadoras para traer sus cargas al mercado. Cierto que la máscara sudada y crispada del camionero de gastada casaca de cuero mostraba la misma palidez de mi amigo, pero Alejandro no clavaba su mirada en el recién llegado, sino que no la separaba de la puerta, por donde se veía la parte trasera de un poderoso camión de color verde oliva. Se trataba de uno de esos imponentes y maltratados armatostes que después de servir en la última guerra transitan en las calles de Buenos Aires en trabajos de paz.
En la mesa teníamos tres jarras de vino vacías. Y yo pregunté:
-¿Qué pasa en ese camión?
Alejandro balbuceaba, ya en pleno delirio.
-Pude verlo antes que se estacionase. Estaba lleno de muertos. Parecen soldados. Algunos van destrozados. A otros les cuelgan los brazos, como si quisiesen aferrarse al suelo para no seguir viaje.


Yo tampoco me encontraba del todo bien, pues comencé a admitir:
-No cabe duda que ese camión llevó miles de soldados y cargó toneladas de cadáveres, Alejandro. Y esas imágenes no se pueden borrar así no más. Ahí quedan, junto con esa pintura color de campo martirizado y las abolladuras producidas por alguna explosión. ¿Pero querés ir a ver lo que lleva ahora? Seguramente un cargamento de zapallos rojizos, o de fresquísima lechuga...
Alejandro movió obstinadamente la cabeza con el gesto temeroso y angustiado de un niño que se niega a cumplir un castigo.
Yo giré la cabeza para divisar al camionero. Terminaba de tomar una copa en el mostrador de cinc y abandonaba el local. Pasó al lado de nuestra mesa, detrás de mí. No pude ver si el hombre hizo un gesto, pero lo cierto es que Alejandro se incorporó y con pasos de alucinado salió detrás del camionero de la casaca de cuero.
Cuando sentí arrancar el poderoso motor pude reaccionar. Atiné a dejar un par de billetes en la mesa, entre las jarras vacías, y llegué hasta la puerta. El camión y Alejandro habían desaparecido. Tenía frente a mí esa extraordinaria bóveda de cemento, con imponencia y belleza de catedral, de nuestro mercado central. Filas interminables de camiones entraban lentamente por sus puertas de ciudadela. Sentí miedo y eché a andar con paso rápido hacia las luces del centro de la ciudad.


lunes, 22 de julio de 2013

Un poderoso camión de guerra II

Nos instalamos en una modesta fonda de la calle Anchorena, en los alrededores del mercado de Abasto. Pinchábamos en un plato repleto de pequeñas aceitunas cubiertas de ají molido, que ayudaban a apurar el vino grueso y áspero de tres barricas alineadas en la entrada, servido en jarras de descascarada loza. Y ese vino chispeaba ahora en los ojos de Alejandro Aguilera y teñía levemente sus demacradas mejillas.
-Cuando se ha vivido en distintas ciudades - comenzó a decir-, algo se aprende: muchas verdades inconstantes y pocas otras inconmovibles. Una de estas últimas es que toda ciudad conserva, protegida con el halo de verdura descompuesta de sus grandes mercados, cierta zona aun más profunda que la portuaria, con algunas calles de apariencia rural y otras del medioevo, donde alternan el caballo cansado y las tumefactas coliflores, el changador borracho y el delicado fruto que baja del trópico. Si hubieses sido ciclista -como lo he sido yo- tendrías en el cuerpo el recuerdo de algún golpe, por pasar por el mercado de Abasto. Sobre esos pavimentos viscosos, donde patinaba mi bicicleta, merodea firmemente, en cambio, la Aventura, atraída por el olor de especias. ¿Qué puede hacer la Aventura en las calles de una gran ciudad como Buenos Aires? ¡Hace el ridículo y nada más! Entonces viene hacia estos lados (como vienen algunos noctámbulos hastiados), porque es el rincón donde la vida -aunque sólo sea la del vegetal- conoce esa desnuda intensidad de vivir, apetecer y pudrirse al mismo tiempo. Por eso es necesario buscar los grandes mercados. En sus alrededores te darán de comer bien y beberás un vino, si no fino, al menos extraño, y en todo caso barato. Cuando el mercado no te reserve emoción alguna, y sus fondas te mezquinen la novedad de un plato y un pasable vino de barrica, entonces querrá decir, querido amigo, que todo anda definitivamente mal.

Volcó en su vaso el resto del vino de la jarra (la segunda que le servían) y lo apuró como si repentinamente le quemase la sed.
-Es lamentable necesitar a veces la ayuda del alcohol, pero mayor desgracia es no sentir nunca lo inefable y desconocer la aventura de contemplar el mundo con los ojos limpios y sorprendidos de un niño. Aquí estoy en esta fonda del mercado, y para mí este momento compensa el tiempo perdido en un mes de trabajo productivo. Sí, en mi cochina y tediosa lucha por la vida irrumpe una poderosa y luminosa ráfaga de magia.
Recorrió con la vista las paredes decoradas con botellas polvorientas y jamones colgantes y ristras de salamines a modo de guirnaldas, antes de proseguir:
-Generalmente me domina la sensación de moverme de un lado hacia otro, vacío y perdido como un sonámbulo. Pero he aquí que despierto: he tomado el noble vino y nuevamente estoy instalado frente a la vida, contemplando un espectáculo tan viejo como el mundo y tan nuevo que no hay escenas repetidas. Así estaba hace una semana en ese pueblo de Choele-Choel, con un codo apoyado en la mesa y el otro en la tapa de un viejo piano. Encima del piano (a mi espalda), una sucia pantalla cinematográfica ocupa una pared. Enfrente, la casita del operador, de madera verde oscura, y con doble ventanilla para el paso de la luz. ¿Cuándo y qué tipo desusado de cine se pasa en este hotelucho de Choele-Choel? Un antiquísimo aparador de trabajada madera, alto hasta el techo, y cuadros de frutas y aves que sobrevivieron varias guerras. Aquí estoy, en un viscoso y profundo agujero, bajo el limpísimo cielo de Choele-Choel, en una cueva a orillas del Río Negro.
Sobre la sufrida valija del muestrario diviso el sufrido e inacabable talonario de pedidos, donde asoman, lastimosamente arrugadas, como viejas orejas de elefantes, los papeles carbónicos de copia. En ese mal juego de los adultos, a mí me toca tomar mi valija y recorrer los desiertos y las praderas, ofreciendo tanta cosa que se considera necesaria para la vida: yerba, bombachas, licores. En un rincón come el mozo que me termina de servir. Sobre la sopa, muerde la galleta de campo y también él toma largos sorbos de un vinillo casero, turbio y espeso, con un sorprendente gusto a uva. Y después llegan paisanos de tez terrosa, apagados y lastimosos como sus ponchos. Contemplan el juego en la mesa de billar, donde se lucen dos vecinos hijos de las islas de Choele-Choel. El muchacho que come, revuelve la sopa con la cuchara, hace balancear el líquido de su vaso y después da vuelta al bife en el plato, con evidente satisfacción. Es el gesto de quien asegura: "He aquí mi vino. Y ahora comeré esa sopa y este bife". Y yo me embriagaba lentamente con ese vino joven y rústico, hasta que se me revela que todo entra, en un clima mágico... Ahí estamos reunidos un grupo de vencidas criaturas, en la fonda del aplastado caserío. Yo con mi talonario de pedidos de yerba y ese muchacho encantado de su sopa y maravillado del vino. Y esos sufridos peones que juegan al billar. Me entran ganas de abrazar a todos y ponerme a llorar, pero no tanto de tristeza como de simple ternura y piedad, hacia ellos y hacia mí mismo. Cuando viene el muchacho a retirarme el cubierto, le pido otra botellita de ese extraño vino. Vuelvo a llenar el vaso y entonces pregunto por un amigo, el flaco Muñiz, que trabaja en Vialidad, en la construcción de los puentes que atravesarán él Río Negro por esas islas. El muchacho sacude el mantel: "Uno delgadito, que viste siempre de negro, ¿verdad? Sí, señor, sabía comer aquí. Primero paraba en Choele, después venía del campamento de la isla Lamarque, y finalmente pasó a Pomona." ¿Queda lejos?, le pregunté. "Unas cinco leguas. Y desde entonces no lo veo más", me responde. Y el rostro, del muchacho adquiere esa extraña inmovilidad de piedra encantada de algunas estatuas. El recuerdo le suaviza la expresión y sus ojos parecen traspasar esos muros y perforar la aplastadora noche del desierto.

Fotografía de José Luis Rodríguez

"¿Buen muchacho, eh?", digo por decir algo, recordando la suave timidez de artista del flaco Muñiz. Pero el otro ya ha penetrado en la zona del encanto y dice lentamente: "Tocaba el piano. Sabía tocar muy bien". Tengo el codo apoyado en el piano y lo retiro. Ahí está el lustroso y silencioso mueble olvidado, y ese mozo que parece perforar la noche con el recuerdo confuso de algunos sones que llegaran al alma. Finalmente sacude la cabeza como si espantase una mosca. Después dobla el maltratado mantel y se retira. Pero allí queda la presencia del flaco Muñiz, porque hay evocaciones suficientemente plásticas como para cristalizar imágenes ya esfumadas. Entonces veo entrar al flaco Muñiz. Pasa inadvertido entre esos criollos, cetrinos, flacos y callados como él. Uno de los que tiraban carambolas lo saludó sin dejar de pasarle tiza al taco. El flaco se sienta al piano. Y repentinamente algo extraño sacude a esos impávidos y vencidos campesinos, como si un poderoso viento llegado de muy lejos los arrancase de su antiguo sopor. El mozo limpiaba copas en un tacho de cinc, detrás del mostrador, y clavaba la vista hacia un punto tan lejano como el origen de ese extraño viento. Pero eso sólo duraba un instante. Los sones del piano mueren y la fonda retorna a su normalidad. El muchacho llena un vaso de caña para un nuevo parroquiano y todos vuelven a atender las fallidas carambolas de los improvisados billaristas. El flaco se incorpora y cierra cuidadosamente la tapa del piano y tal vez no sepa que un hálito inefable se ha prendido durante un breve instante en esa cueva aplastada por la noche del desierto...


Continuará...


jueves, 18 de julio de 2013

Un poderoso camión de guerra I

Éste es un cuento de 1955 de Bernardo Kordon que quería compartir con ustedes porque en cierta manera tiene al vino como un protagonista más.  Rodolfo Walsh lo incluyó en su Antología del cuento extraño y fue correcto en su apreciación porque el cuento está entre los límites del realismo y de lo fantástico.  Debido a su extensión, algo más larga que una entrada normal, lo publicaré en tres partes a lo largo de esta semana.  Créanme, vale la pena.  Y no hagan trampa, no googleen.


Tuvimos un primer ademán, casi imperceptible, de sorpresa y de recelo. Era como si hubiésemos preferido pasar inadvertidos. Pero debimos desechar esta fácil solución. Hacía varios meses que no nos veíamos y nos dimos la mano en ese vértice de la recova de Plaza Once. En un instante, pude observar detalladamente a Alejandro Aguilera. Se veía pálido bajo las poderosas luces. Torcía ligeramente la boca al hablar. Y yo no podía escucharle bien. Pensaba en nuestra amistad. A veces dejamos que se rompan los lazos de una vieja amistad, y éste es el síntoma seguro de que comenzamos a renegar de nosotros mismos. Nunca faltan los pretextos. En este caso fueron determinadas y enconadas discusiones políticas. Una forma como cualquier otra de comprobar nuestra debilidad. Dejamos de vernos.
Y allí estaba otra vez con mi viejo amigo Alejandro. Reaccioné para captar el sentido de su conversación. Contaba cosas de su vida, respondiendo, quizá, a alguna pregunta convencional que le formulé.
-...también puedo decir que estoy de paso, ya que en mi nuevo oficio...
-¿Tenés una nueva ocupación? -le interrumpí, con el doble fin de mostrar interés y de afirmarme en la conversación.
-Sí. Una vez más cambié de oficio.
-¿Y ahora cuál es? ¿Con mangas de lustrina o de hormiga del intelecto, como ser monaguillo del Libro Mayor o corrector de pruebas?
-Nada de eso. El uniforme es el que sigue: cuello duro, traje bien cortado, pero empolvado por el camino; el gesto despreocupado; y la risa y la charla fáciles. Esta sociedad que algunos insensatos pretenden trastornar, está tan extraordinariamente organizada, que anoto pedidos y cobro mis comisiones con sólo llevar en mi carpeta etiquetas de vino y envases vacíos de yerba. No es necesario que el comerciante observe la yerba ni pruebe el vino: es suficiente que contemple los colores firmes y vivos de las etiquetas. ¿No es esto un real avance en la marcha de los siglos, un evidente premio al ciego empecinamiento humano? Recorro una provincia y una gobernación. Después las vuelvo a atravesar. Los pueblos son parecidos, sus calles llevan los mismos nombres. Únicamente varían los hoteles: los hay regulares y pésimos. ¿Valía la pena que corriese tanta sangre para convertir un hermoso desierto en una llanura tan progresista y apagada?
-¿Y qué dice la gente por allá?
-Hablan de cotizaciones y barajan posibilidades de hacer dinero. Sueñan con la ciudad. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Lo mismo hago yo cuando me encuentro en el campo.
Se detuvo un instante. Parecía medir algo. Entonces, dominado no sé por qué impulso, le dije:
-Cuando hablabas de viajar y viajar, ¿te acordás?, tenías la seguridad de llegar a ser un trotamundos. Y te encuentro ahora convertido en un trotaprovincias.
-Hago lo que puedo -me respondió tristemente-. Además, ahora todo me da lo mismo.
Esa tristeza contradecía la suficiencia que barruntaba en sus palabras anteriores. Me sentí conmovido. ¡Y yo, que comenzaba a enrostrarle su fracaso, con esa crueldad que sólo puede gastar otro fracasado!
-¿Por qué no buscamos un lugar tranquilo para seguir charlando? -propuse. Echamos a andar por la avenida Pueyrredón, pero nos molestaba esa avalancha humana que trotaba para hundirse en las entradas del ferrocarril subterráneo. Doblamos por Cangallo. Los oscuros y silenciosos depósitos del Ferrocarril Oeste parecían fortalezas abandonadas. Como un poderoso fantasma ululó una invisible locomotora. Alejandro consultó su reloj.

Estación Once de Septiembre - Vía Wikimedia Commons

-Faltan tres minutos para que parta "El Pampero", el nocturno a Santa Rosa -fue el comentario del viajante de comercio-. Un hermoso rápido. Generalmente duermo de un tirón hasta Pehuajó. Allí me despierta la sensación de que el tren se ha detenido, el estrépito de los topes que chocan en alguna maniobra y ese vibrante frío que anuncia el amanecer. Y yo agonizo mientras espero que el rápido prosiga su carrera. Entonces es cuando me domina el miedo. En cualquier momento espero escuchar el ruido del motor del camión...
-¿Pero de qué camión estás hablando? -le interrumpí alarmado. Volví a contemplarlo. La culpa no era de los tubos de luces fluorescentes. Aquí, en los flancos mal iluminados de la estación ferroviaria, lo seguía viendo pálido. Y como no me contestara pronto, y quizá temiendo que lo hiciera, le pregunté:
-¿No te sentís bien?
-Lo que se dice muy bien, no estoy. Ya te explicaré. Con decirte que me encontraba en Plaza Once para tomar ese tren. Y ya ves: lo dejo partir. ¿Hice bien? Creo que sí. Pero ya escuchaste cómo se desesperó recién esa maldita locomotora. Era como un llamado, ¿verdad? ¡Pero no pongas esa cara de asombro, que ya voy a explicarte todo esto!


Continuará...


martes, 16 de julio de 2013

Se viene el WineMDQ Tasting 2013

Ya fata poco para un nuevo WineMDQ Tasting, la gran degustación que moviliza al mundo del vino marplatense desde hace 3 años. En esta reunión 56 amantes del vino, junto a enólogos, sommeliers, periodistas y Blogueros del Vino, disfrutarán y evaluarán los mejores exponentes de la vitivinicultura argentina expresados en Blends o Vinos de Corte.
Al igual que el año anterior, Vinarquía estará allí, firme junto al amigo bloguero José Miranda de WineMDQ.


En el blog oficial del evento nos explican el porqué de la elección del 2013:


El principal encanto de estos vinos es que cada uno es único y diferente a los demás. Poseen identidad y en estos vinos en donde realmente podemos ver y evaluar el trabajo del enólogo. Con esto no quiero decir que los varietales carecen de identidad o que son menos complejos. La zona, el terruño y el enólogo, entre otras cosas, le dan identidad a un vino. Pero es en los blends donde la mano de este último resalta aún más.

Deje de lado por un momento ese varietal que tanto le gusta y debes en cuando pruebe algún blend. Y verá que cada vez que este por probar un nuevo blend, el misterio de que lo hay dentro de la botella será mucho mayor al que tendrá al momento de probar un nuevo vino varietal.


Ya están confirmadas alrededor de 40 bodegas de todo el país que presentarán un poco más de 50 vinos a ciegas.  El tasting no será un todos-contra-todos sino que los vinos se dividirán en tres categorías: Vinos jóvenes, Vinos de guarda y Vinos de gran guarda; con valores que irán desde los $60 a más de $400.


La convocatoria es para el próximo 3 de agosto en el hermoso Hotel Saint Jeanne de Mar del Plata.  Lamentablemente, las localidades están agotadas, pero podrán seguir la evolución vía Twitter en @WineMDQTasting, @Vinarquia, o desde el HashTag #WMT2013

Algunas notas relacionadas:

viernes, 12 de julio de 2013

Probando quesos y vinos con papá

Como había anticipado en una nota anterior aproveché una promoción que preparó el Centro Argentino de Quesos para celebrar el Día del Padre.  Era una manera de hacer un regalo diferente, un recuerdo perdurable y, además,  aprender sobre la cata de quesos.
El Centro Argentino de Quesos organiza frecuentemente talleres y cursos de diferentes modalidades y niveles para aprender más sobre este fascinante mundo.  Por lo que hablamos, por lo que leí y por mi modesta visión sobre la industria debemos aclarar que estamos muy lejos de Europa en materia de diversidad e, incluso, como consumidores.  Pero el panorama es positivo, hay mucha gente que quiere hacer las cosas en serio y está cambiando la cara a una industria que parecía estancada en el sardo y el pategrás.
Así como lo hizo tímidamente la industria del vino, el crecimiento de estos productos gourmet debe ser acompañado de la educación del consumidor, sino no funciona.  Las propuestas de cursos y talleres como los del CAQ apuntan a enseñar a entusiastas y demás locos lindos y a perfeccionar a futuros profesionales.
Específicamente, el taller al que asistimos era “Cata de quesos y vinos”.  El punto fuerte estaría centrado en aprender los lineamientos generales de la cata de quesos y probar maridajes con diferentes vinos.  Nuestros guías serían la especialista en quesos Beatriz Coste y el sommelier Alejandro Rodríguez que hicieron una labor destacada y amena que todos apreciamos.


Los quesos:
Fontina, de Treggar (Gdor. Crespo, Santa Fe)
Colonia, de Calcar (Uruguay)
Camembert, de Cabaña Piedras Blancas (Suipacha, Buenos Aires)
Lousignan, de Cabañas Piedras Blancas (Suipacha, Buenos Aires)
Cheddar (receta inglesa), de Estancia La Suerte (Lincoln, Buenos Aires)
Crottin, de Cabaña Piedras Blancas (Suipacha, Buenos Aires)
Queso Azul, de Treggar (Gdor. Crespo, Santa Fe)

El taller empezó por cómo se cata un queso.  Como en la cata del vino debemos recurrir a todos nuestros sentidos.  Obviamente, hay una primera etapa visual, que habla del tipo de queso, su evolución y posibles defectos.
Para  la parte olfativa debemos partir un trozo de queso con los dedos y acercarlo a nuestra nariz, tratando de reconocer aromas.  Este procedimiento podemos repetirlo tantas veces como queramos.  Por supuesto, los aromas serán principalmente lácticos, pero podemos hallar notas ahumadas, vegetales, especiadas y hasta amoniacales.
Luego pasamos a la fase gustativa.  Este es el punto más importante, como ocurre con el vino y cualquier producto destinado a ser consumido.  Aquí deberemos tener en cuenta las sensaciones táctiles (firmeza, grasitud, etc), sabores (ácido, dulce, etc), picor, cremosidad, etc.  También podemos aspirar aire (como en la cata de vino) para percibir los aromas retronasales.
Claro que éste es solo el inicio y espero haber sido un buen alumno y haberlo transmitido correctamente.  Todavía tenemos todo un camino por delante y muchos fromages por probar.  Es que el mundo del queso es atrapante: ¡en el taller llegamos a hablar de terruños!


Mientras íbamos probando y entendiendo los quesos de la mano de Beatriz, Alejandro nos fue sirviendo los vinos para maridar.  Arrancamos por un Aguijón de Abeja Torrontés 2012 de Durigutti.  A este torrontés lo había probado en las dos oportunidades en que fui al Encuentro de Vinos de Autor y siempre le vi gran potencial.  Esta añada en particular me resultó de muy buena tipicidad, fresco, con grata acidez y buen caudal de aromas.  Me gustó mucho con quesos de pasta blanda, si bien resultó ser un vino muy versátil.
Continuamos con un Séptima Noche Pinot Noir 2011.  El vino no tiene nada malo, maridó muy bien con algunos quesos, pero lo odié.  No me gustan nada esos vinos con aromas tostados tan intensos.  Un poquito le da complejidad, pero tanto me parece que lo arruina.  Repito que la idea de maridar un Pinot con quesos fue un acierto de Alejandro, pero no es mi perfil de vino.
En tercer lugar llegó un Melipal Tardío de Malbec 2011, un vino que no tenía probado y que me gustó mucho por lo armónico de aromas, sabores y sensaciones.  No es para nada empalagoso y combinó perfecto con el Queso Azul.
Para finalizar, hubo varias sorpresas.

Sorpresa 1: cerramos la cata con un maridaje arriesgado de la mano de la Grapa DV Catena que iba bien con los quesos intensos como el Crottin.
Sorpresa 2: para que sigamos haciendo los deberes en casa nos regalaron un Criollo de Treggar, un queso suave, con leve picor y consistencia media.  Ideal para múltiples usos como picadas, ensaladas, tabla de quesos, etc.
Sopresa 3: Telefé Noticias hizo una nota sobre el taller.  A continuación les dejo el video donde aparece un servidor y su padre.

Ahora soy famoso, ejem.




Si no pueden ver el video hagan click en el siguiente enlace:



 

lunes, 8 de julio de 2013

Flores y brisas de renovación en Finca La Anita

Finca La Anita cumplió 20 años e hizo una presentación en Buenos Aires de sus nuevas añadas.  El lema era “Brisas de renovación”, algo que me pareció justo porque no fue un huracán renovador, sino un toque de frescura para esta bodega que se caracteriza por sus vinos de corte clásico.  Hubo mucho para probar y, fiel a mi estilo, les cuento todo.


El lugar
La presentación de la nueva añada se realizó en la Florería Atlántico (Arroyo 872), un novedoso bar-vinoteca-florería ubicado en Retiro.  Sí, leyeron bien.  Arriba, la vinoteca se entremezcla con las flores y discos en venta y, en el subsuelo, un bar con coctelería de la que no puedo opinar porque no probé y comida que sale 100% de la parrilla.  Un lugar raro, pero agradable.  Me da como hipster.


Los vinos
Arrancamos con los Luna ($90), línea de vinos jóvenes, frescos, ágiles y fáciles de tomar con un paso de 9 meses por barricas de segundo uso.  Probamos:

Luna Merlot 2011
Luna Syrah 2011
Luna Malbec 2012
Luna Cabernet Sauvignon 2012

Mis favoritos fueron el Cabernet Sauvignon y el Syrah.  Ambos de buena tipicidad, taninos firmes y muy interesantes para arriesgar un maridaje bien criollo.  
El Merlot y el Malbec fueron mucho más rápidos en boca, con un perfil más tradicional.

A diferencia de otros invitados y demás concurrentes de este tipo de eventos, me gusta ser ordenado.  No arranco por el vino más caro, empiezo por la línea más baja y voy subiendo de a poco, tratando de respetar las cepas también.  Así, luego de los Luna pasé por la línea de varietales Finca La Anita, viejos conocidos para el consumidor avezado.  Acá ya estamos hablando de una mayor selección de uvas, viñedos más añosos, suave molienda y 12 meses de crianza en barricas de roble francés de Alliers.

Finca La Anita Chardonnay 2011 ($129)
Finca La Anita Rosado Petit Verdot 2011 ($129)
Finca La Anita Petit Verdot 2011 ($225)
Finca La Anita Malbec 2011 ($240)
Finca La Anita Syrah 2011 ($225)
Finca La Anita Cabernet Sauvignon 2012 ($225)

Esta línea está viviendo un gran cambio de la mano de la nueva enología.  Algo diferente a lo que se venía haciendo hasta ahora, pero manteniendo esa impronta clásica que les da identidad.  El Chardonnay fue muy fresco, de buena acidez y un gran caudal de aromas que recordaba a los caramelos Sugus de ananá; el Rosado de Petit Verdot es algo único que te transmite las sensaciones de un tinto y la frescura de un rosado; del Petit Verdot estaba esperando el golpe rudo de la cepa en el paladar y me encontré con un vino elegante, de taninos redondeados y un final larguísimo; el Syrah y el Malbec destacaron por su elegancia juguetona (así los sentí); y el Cabernet estaba con días de embotellado, muy joven aún.
En líneas generales me pareció una línea muy sólida, de vinos elegantes, sutiles.
La línea que lleva el nombre de la bodega suma también tres blends o cortes ante los que no podés quedar imperturbable:

Finca La Anita Corte G – Impredecible 2011 ($345)
Finca La Anita Corte Aniversario 2011 ($345)
Finca La Anita Blend 2012 ($345)

El Corte G surgió de la mano del sommelier Phil Crozier del restaurante Gauchos Grill de Londres.  Junto a él realizaron un corte de 50% Malbec, 30% Cabernet Sauvignon, 15% Syrah y 5% Petit Verdot que recibió el nombre de Impredecible ante la incertidumbre de cómo iba a evolucionar en las barricas.  El resultado fue espectacular.  Un vino complejo y que te sorprende en boca por su acidez, taninos y largo final.  Un vino de impacto que invita a seguir bebiéndolo.  Más que impredecible, imperdible.
El Corte Aniversario está compuesto de Syrah y Petit Verdot, los dos varietales que más me gustaron de Finca La Anita en esta añada.  Fresco es la palabra que mejor lo define, un vino de pura y explosiva expresión frutal.  Este corte, hecho para celebrar los 20 años de la bodega, es una novedad que se presentó ese día.
El Blend fue el que menos me impactó, pero supongo que se debe a su juventud.  Era otro vino recién embotellado y estos vinos ganan con la guarda.


Como diría Martín Fierro, “vamos dentrando recién a la parte más sentida” y no porque sea dolorosa, sino por lo que tiene para transmitir.  Todavía quedan dos etiquetas más por presentarles y una sorpresa final.  Los restantes eran los dos vinos Top de la bodega:

Finca Tinto Corte Clásico 2012 ($420)
Varúa Merlot 2011 ($705)

El Finca son 2662 botellas de un corte tipo bordelés de Malbec, Cabernet Sauvignon y Merlot.  Me pareció un vino muy equilibrado, complejo en nariz y sabroso en boca, con los taninos astringentes aún por su juventud.
El Varúa es la máxima expresión de la bodega.  Solo se hace con la mejor cepa del año, siempre y cuando se alcance un nivel excepcional.  Si le sumamos la selección grano a grano, la fermentación en barrica y el reposo de 15 meses en roble francés entendemos porqué estas 885 botellas son lo mejor de lo mejor de la bodega.  Noté un vino de buena tipicidad de aromas frutados y balsámicos.  En boca es equilibrado, con taninos intensos y una estructura impecable.

Soledad Vargas, enóloga, y Manuel Mas, dueño de Finca La Anita

La enóloga
Actualmente, la enología está a cargo de la Ingeniera Agrónoma Soledad Vargas, que se incorporó a la bodega en 2010 y poco a poco fue aportando su juvenil frescura.  
Me interesa nombrarla porque era el último eslabón de la larga fila de vinos que probamos en la Florería Atlántico y estuvo muy dispuesta a escuchar nuestras opiniones y responder las preguntas que le hacíamos.  La impresión que me dejó fue la de mucho entusiasmo y honestidad por el trabajo y los vinos.


La sorpresa
A la salida, cuando uno se iba contento de haber probado tamaña calidad de vinos, nos sorprendieron con una selección de vinos añejos de la bodega, demostrando la gran capacidad de guarda de sus caldos.  Allí estaban un Semillón 2004 (impresionante e impecable tras 9 años de guarda), Syrah 2002, Merlot 2003 y Malbec 2005.  Todos vinos que lograron una buena evolución, con bouquet y aun buena tipicidad.  Para los que gustan de los buenos vinos guardados.

El precio
A la hora de escribir esta nota había un tema que me incomodaba: el precio.  Claramente, están un pico más arriba que otros de la competencia.  Pero merecen un ejercicio de reflexión: son vinos que ganan mucho (mucho) con la guarda y tienen un potencial de añejamiento real de, al menos, 10 años.  Hay quienes gustan de poder guardar un vino en sus cavas, cuidarlos, mimarlos.  Y eso vale.
Más allá de eso, son vinos de una factura impecable, a contramano de las modas, con identidad y elegancia propias.  Y eso también vale.
Se debatirá sobre el precio, lo sé.  Pero que cada uno juzgue de acuerdo a sus gustos y su bolsillo.

Soledad y Manuel, jugando en la vereda


miércoles, 3 de julio de 2013

3 trailers sobre vinos

Vengo teniendo unas semanas complicadas: mucho trabajo, noticias que te mueven el piso (por ahora no puedo contar nada), algunas degustaciones, ayudar en un evento (tampoco puedo contar nada, pero sigan hoy mi Twitter), organizar mi próxima visita a Mendoza y muchas notas atrasadas.
Así que mientras trato de encausar mi vida por caminos normales les dejo tres trailers de películas que tratan sobre el vino.  Una nuevita y dos que tal vez no conozcan.
A partir del lunes salen nuevas notas: más sobre el maridaje de quesos y vinos, con un video donde salgo en TV, y la presentación de una bodega clásica que se renueva.  Sólo necesito un mínimo de tiempo para escribir.




1° Trailer: "Vino para robar"
Película argentina que se estrena el 1° de agosto, dirigida por Ariel Winograd (Cara de queso, Mi primera boda) y con la actuación de Daniel Hendler y Valeria Bertucelli.  Filmada en Mendoza, trata del robo de una valiosa botella de Malbec de Burdeos de mediados del siglo XIX.
En el video aparece una conocida bodega mendocina.  Vamos a ver quien adivina cuál es...




2° Trailer: "Superclásico"
Esta película estrenada en 2011 no tuvo tanta difusión en nuestro país, pero es bastante entretenida.  Fue filmada en Buenos Aires por el director danés Ole Christian Madsen y cuenta con la participación de Sebastián Estevanez que hace de jugador de Boca.  El protagonista tiene una tienda de vinos en decadencia y por eso el tema vínico aparece varias veces en escena.
Si la buscan en la red podrán verla online.




3° Trailer: "Las catedrales del vino"
Más viejo que las otras dos películas es este documental español de 2010 trata sobre las bodegas, esas catedrales del vino.  Realmente no lo conocía y de solo ver el avance me emocionó mucho oír a esa gente hablar de lo que hace.  Si no lo conocen, no se lo pierdan.  Verán pasión y tradición.