martes, 12 de abril de 2016

Alguna forma de cercanía

Mi abuelo era de León, se casó y vivió en Asturias, y terminó sus días en Argentina, echando nuevas raíces como tantos europeos que huían de la posguerra. A veces nos cuesta imaginarnos lo que se sufre con los desplazamientos de las guerras y lamento no haber hablado más con él sobre esa época. Recuerdo, eso sí, que la búsqueda de trabajo para mantener su incipiente familia lo llevó de un lado al otro del norte español. En el barco se trajo mil anécdotas que me contaba y que en gran parte olvidé. Pero la memoria es misteriosa y ahora que escribo sobre vinos me trae palabras y escenas que creía borradas: una comida de invierno con vino caliente, su lenta aceptación del vino argentino, la presencia infaltable de la damajuana en cada comida y su preferido del norte de España: el catalán.
Me hablaba maravillado de cómo cultivaban las vides en terrazas en Galicia, se le cruzaba una lágrima cuando nombraba Cangas de Narcea, pero de Cataluña tenía el mejor recuerdo siempre. Sobre todo un vino tinto que el definía como “peleón” y que iba acorde a su personalidad de carpintero criado entre las minas de carbón.
Por mi parte siempre quise probar esos vinos, aunque tiraran más la fama ganada por los Ribera del Duero, Rioja y Jerez. Sabía que alguna vez me los iba a cruzar y no podría evitar sentir una nostalgia heredada. Lamentablemente las restricciones a las importaciones hicieron que los vinos españoles alcanzaran precios ridículos en nuestro país y tuviera otras prioridades para catar.


Mi primer vino catalán lo probé de la mano de Josep Roca, sommelier y copropietario de El Celler de Can Roca, el mejor restaurante del mundo según la crítica. En 2013 estuvo por primera vez en Argentina y dio una conferencia sobre gastronomía. Hacia el final, todos los asistentes probamos unas gotas de un vino que nos dieron en pequeños frasquitos y guardamos durante toda la charla. Era una Garnacha dulce, seguramente de la región de Ampurdán (Denominación de Origen del norte de Cataluña) que Roca siempre presenta con orgullo. “Sé seguro que no es el mejor vino del mundo. Pero estoy seguro de que es un vino único en el mundo” escribió en el prólogo a La Garnacha y otros vinos dulces ampurdaneses. Fueron unas gotas, pero todo el auditorio quedó maravillado con ese néctar, ese “vino que emana de las piedras” como él le dice. Supongo que había mucha predisposición luego de tan magnífica ponencia, pero acaso ¿el momento no hace a los vinos?
Luego pude probar los Cava, espumosos con una Denominación de Origen más compleja, pero con epicentro en Cataluña. Llegan pocos a nuestro país, pero bodegas como Freixenet o Codorniú tienen emprendimientos locales e importan parte de sus etiquetas ibéricas para nuestro disfrute. En nuestras vacaciones pudimos disfrutar de Lavit Brut Nature 2011 de Segura Viudas que maridó muy bien como entrada y con unas rabas. La bodega cuenta que esa añada fue algo complicada, adelantándose la cosecha un poco, pero con buenos resultados. Este Cava está compuesto de un 60% de Macabeo y un 40% de Parellada, dos cepas muy tradicionales para este tipo de vinos. Se eligen siete componentes de estas uvas, privilegiando los más afrutados y luego tienen una crianza de 18 meses sobre lías. El resultado es un espumoso de aromas a manzana y cítricos, bien seco (el licor de expedición no tiene azúcar añadido), con una acidez y una burbuja que lo vuelven vibrante y acompañan bien comidas grasas.
Otro que disfrutamos mucho fue el Codorniú Selección Raventós Pinot Noir, un Cava rosado que suma al Pinot un pequeño porcentaje de Macabeo, Parellada y Xarel·lo, él trío más mentado de toda la DO. Este vino es de los que no te rinden, porque se toma como agua. El toque de dulzor, el equilibrio que aporta la acidez y su buen final invitan a seguir bebiendo sin cansar el paladar. Sus 24 meses sobre lías dan un espumoso muy pulido, muy prolijo, y versátil a la hora del maridaje. Nosotros lo acompañamos con un tapeo en casa y fue de maravilla.
Al probarlos no pude evitar sentir esa nostalgia heredada de la que hablábamos al principio. Tal vez no sean los vinos que tomara mi abuelo, pero lo sentí como alguna forma de cercanía con la tierra de mis antepasados. Porque si el vino tiene una historia genuina que contar seguramente es la historia de su gente y su tierra. A través de una copa podemos acercarnos y repetir un gesto, una sensación, una añoranza, una historia, nuestra historia.



1 comentario:

  1. Excelente nota! Muy bien escrita (como siempre), y muy buenas notas de cata.

    Abrazo

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