lunes, 26 de junio de 2017

¡Oh, qué ricos vinos! Voy a conquistar este reino


Se calcula que Ricardo III consumía tres litros de alcohol diarios; Carlos I de España y V de Alemania tomaba una cantidad similar para saciar su sed; Amadeo VIII de Saboya era un alcohólico tal que asume el papado como Félix V, luego declarado antipapa, ebrio; José I Bonaparte recibió el apodo de Pepe Botella y en su época se acuñó el dicho “Pepe botella baja al despacho / no puedo, que estoy borracho”. Historias de nobles alcohólicos hay muchas, pero seguramente una de las más curiosas sea la del sultán otomano Selim II.
Selim II llegó al poder tras una serie de intrigas palaciegas y traiciones familiares. Sin embargo, su ambición no era el poder o el éxito militar, sino el goce. Delegó en sus ministros los destinos del Imperio y él se dedicó a una vida donde abundaba la buena mesa, la bebida, el sexo y cuanto placer mundano pueda haber. Así pasó a la historia como Selim II el Borracho.
Aparentemente su vino favorito era el Commandaria, un vino dulce fortificado que se hace en Chipre dejando secar al sol las uvas Xynisteri y Mavro (a que no las conocías). Tal era la afición, algunos hablan de adicción, a este vino de postre que Selim II mandó invadir Chipre en 1570 para asegurarse un suministro permanente. Los reinos cristianos de España, Venecia, Génova, Estados Pontificios y Malta se unieron en una Liga Santa para evitar el avance otomano y los enfrentaron en la gran batalla de Lepanto.   Allí resultó herido Cervantes entre miles de anónimos y representó una victoria para los reinos cristianos, aunque no pudieron recuperar Chipre y sus vinos.
Quizá sea solo una leyenda. Muchos creen que no, tal era la afición y los caprichos de Selim II, que vivió y murió ebrio al caerse y golpearse la cabeza. Si yo fuera un emperador todopoderoso como él iría a conquistar Bordeaux o Champagne, ¿y vos?



viernes, 23 de junio de 2017

Brevedades: nuevos lanzamientos y añadas


Novedades 1: Traslapiedra Malbec
Se presentaron en Buenos Aires dos novedades de la mano de Traslapiedra.  Por un lado la nueva añada de su Traslapiedra Blend 2016.  Este año elaborado con un 65% de Malbec, 25% de Cabernet Sauvignon y 10% de Merlot y dejando de lado el pequeño porcentaje de Pinot Noir que tuvo el 2015.  "No fue necesario ese toque de Pinot porque en 2016 llovió mucho y obtuvimos un vino más fresco, más cercano a nuestro concepto", me confió Juanfa Suárez en la presentación.  Esa influencia del clima se nota bastante, se lo nota más "liviano" de aromas y expresión, con menos concentración y más fluidez.  Otra añada muy buena.
La otra novedad fue el Traslapiedra Malbec 2016, en botella de 1125 cc.  "Queremos lanzar algo nuevo todos los años.  De a poco", expresó Germán Cohen, uno de los cinco amigos detrás del proyecto.  Es claramente un "vino de sed" como ellos lo llaman, que fluye fácilmente, y por eso la botella de litro y pico me parece un detalle perfecto.  Tiene una acidez vibrante y alta sensación mineral.  Disfrute asegurado.
Tras bambalinas se probaron algunas muestras que quizá sean el lanzamiento del año próximo.  ¿Será un Pinot? Hay que esperar.


Novedades 2: By the Glass Chardonnay
Había pocas opciones de Bag in Box blancos y por suerte llegó el By the Glass Las Perdices Chardonnay 2016.  Anteriormente habíamos reseñado el Malbec By The Glass y fue muy satisfactorio y, principalmente, práctico el sistema.  El tema de la temperatura queda con el blanco fuera de discusión porque va de la heladera a la mesa sin escalas y listo para consumir.  Incluso para hacer el consumo más fácil hay unos pequeños decantadores que visten perfectamente cualquier mesa.
Este Chardonnay tiene un breve paso por barricas francesas de 6 meses para darle principalmente más volumen en boca.  Sus aromas tiran para lo frutal: pera, durazno, ananá.  Al beberlo lo sentimos más cítrico y con final avainillado muy rico.  Tiene una buena acidez, marcada y elegante, que acompaña a un estilo algo untuoso y lo equilibra.  Perfecto para todo momento sin el dilema de si abro una botella o no.  Acompañó muy bien pollo elaborado en distintas formas: wokeado, a la plancha, a la vinagreta y también pescados.
Ya lo dijimos en su momento y lo seguiremos repitiendo: necesitamos más Bag in Box... y que sea de calidad, como este.


Novedades 3: Montchenot 5 años
A su manera, Bodegas López siempre está lanzando novedades y haciendo ajustes a sus vinos y etiquetas.  Una tapa a rosca, un aggiornamiento estético, algún lanzamiento.  En ese sentido acaba de salir al mercado el Montchenot 5 años 2012.  Es el clásico Montchenot 70% Cabernet Sauvignon, 20% Merlot y 10% Malbec provenientes de la Finca La Marthita, un viejo viñedo de 1940, pero con la salvedad de tener un menor tiempo de añejamiento en toneles.  Se busca con este lanzamiento apuntar a un consumidor más ávido de vinos jóvenes, pero con madera.
¿Cómo transmitir el "Estilo López"? Hay que probarlo y encontrar los mil matices de aromas que transmiten los viñedos antiguos y los toneles de 5000 litros (o más).  Entre otras cosas notaremos notas a frutos rojos, pimientos y un toque herbal, más el lento aporte de los toneles usados.  En boca se lo siente muy expresivo y vivaz, con taninos pequeños y buen final.  Una opción interesante para ir metiéndose en los vinos de guarda y entender de qué va la cosa.
En la presentación estuvimos junto a Eduardo López Laurenz quien además de ser un gran anfitrión nos dejó algunas frases inolvidables sobre esta bodega familiar de 119 años de historia.  "Nosotros nos quedamos con un estilo tradicional, con los toneles grandes, etc.  Lo hacemos por convicción y porque nos fijamos seguir así y debemos mantenerlo.  Buscamos el estilo de vinos bebibles, para acompañar comidas (...) nos quedamos con el mercado de las bodegas tradicionales, peleando contracorriente.  Veinte años después de la aparición del nuevo estilo, hacemos el balance y los números dicen que hicimos buen negocio.  Por eso moriremos con las botas puestas. (...) Fue una decisión tomada, no ocurrió por inacción.  Podemos decir que hoy somos lo distinto".  Delicioso.


Novedades 4: nuevas añadas de BenMarco
En un distendido (y lleno de información) almuerzo con Edgardo del Pópolo pudimos catar las nuevas añadas de BenMarco.  Esta es una línea de vinos de Susana Balbo Wines que es confiada a la visión de Del Pópolo y donde se busca mostrar la expresión del terroir de la mano de una baja intervención enológica y barricas usadas.
El Benmarco Cabernet Sauvignon 2015 es un Cabernet elegante de Los Árboles. "Técnicamente está en Gualtallary, pero por su perfil prefiero llamarlo Los Árboles", comenta Edgardo y explica que el viñedo se encuentra al sur de Gualtallary casi o directamente sin calcáreo.   Es un vino elegante y fresco, con intensidad pero sutil.  Como un tipo duro que no necesita demostrarlo todo el tiempo.
Por su parte el Benmarco Malbec 2015 viene de Los Chacayes  y es distinto a lo que esperaba de la zona.  Elegante, algo herbáceo y de cuerpo fluido se aleja mucho del estilo más "gordito" y dulce al que la zona nos tiene acostumbrados.  Claramente un vino que demuestra que Chacayes es muy grande como para definirlo tan fácilmente.
Cerramos la cata con la nueva añada del Benmarco Expresivo 2014.  Este blend cambia año a año y en los que son más cálidos suele tener un poco más de Cabernet Franc, por lo que el 2014 está compuesto de un 80% de Malbec y un 20% de Cabernet Franc, todo de Gualtallary.  Aquí la crianza es mayor con 14 meses de barricas francesas nuevas.  Debo decir que se viene con todo: complejo, sabroso, con un cuerpo bastante liviano y fluido.  Destaco su textura sobre todo.
¿Qué se viene?  Una nueva línea llamada BenMarco Sin Límites, explorando nuevas zonas como Valle del Pedernal y un Malbec de Gualtallary.  Shhhh, yo no les dije nada.





miércoles, 14 de junio de 2017

Vinos para tomar (y pensar)

Los vinos deben ser como la buena literatura. Tienen que ser fáciles de beber, pero también dejar un margen para leer entre líneas, para pensar.


En los últimos años, junto al crecimiento y desarrollo de un vino nacional de cada vez mayor calidad, han surgido temas de discusión de lo más variados. Terroir, acidez, huevos de concreto, toneles, maceración carbónica, levaduras indígenas y un montón de detalles a los que es difícil seguir su vaivén.  Estamos en un punto de la discusión donde muchos consumidores levantan la ceja, empinan el vaso y dejan la mesa.   Es que se está volviendo tan técnico, preciso y hasta obsesivo que a muchos deja de interesarles el tema.   Pareciera que repetimos el viejo modelo de que el vino es solo para entendidos.  Personalmente me parece excelente esta profundización en el conocimiento de nuestros terroirs y la experimentación con nuevas técnicas.  Lo que no debemos dejar de hacer nunca es vinos para disfrutar, algo que parece una obviedad, pero me refiero a vinos que cualquiera pueda disfrutar.   Si el vino pierde su esencia de bebida estamos errando el camino.
Siempre me gusta comparar los vinos con la literatura, porque con estos dos mundos ocurren hechos similares.  Generalizando un poco, podemos decir que hay tres tipos de libros: los comerciales, los complejos/sofisticados y muchos que se ubican en el punto intermedio.
Hay libros que están hechos para ser leídos con facilidad, sin tener que detenernos mucho para pensar y sin que podamos encontrar mayores complejidades en ellos.  En fin, son libros para entretener, comerciales.  Pueden gustarnos mucho, pero aceptemos que no son obras maestras de la literatura.
En el otro lado del arco iris literario están los otros libros.  Es esa literatura compleja, para entendidos, para aquellos que quieren desentrañar entramados de la teoría literaria e intrincadas reflexiones filosóficas.  Son hermosos, pero no cualquiera puede leerlos y disfrutarlos.  Un ejemplo sería el inefable Ulysses de James Joyce, el libro más comentado y menos leído.
Justo entremedio de estos irreconciliables hay libros que conjugan lo mejor de ambos polos.  Son textos fáciles de leer y de disfrutar, pero también permiten la reflexión y el análisis de aquellos que quieran hacerlo.  Es decir, cualquiera podría leerlos y entenderlos, pero también tienen la cualidad de ser obras lo suficientemente complejas como para poder discutirlas en la sobremesa o la academia.
Con los vinos pasa igual.   Están aquellos para ser consumidos en la mesa diaria, vinos simples y que apuntan a acompañar la comida, una tarde con amigos en la terraza o la previa.  No buscan ser perfectos, su calidad es irregular, son económicos y por todo eso no dan mucho espacio para “hablar de vinos”.


También están los otros, los difíciles, esos que puestos en una mesa con diferentes niveles y estilos de consumidores generan discusión y aplausos (a veces más discusión que aplausos). Son grandilocuentes, te piden un decantador y un lento consumo, son pretensiosos y de partidas pequeñísimas, te hacen llegar a los 100 puntos o crean tendencias.  También son los vinos que los coleccionistas compran para guardar y no tomar.
En un amplio sector intermedio están esos vinos que saben que no van a obtener 100 puntos, ni pretenden hacerlo.  Son esos que quieren asegurar una experiencia de disfrute para un público más amplio.  Ante estas botellas, el inexperto sabe que está tomando algo muy bueno, que sobrepasa la media, y le abren la curiosidad para querer saber más del tema.  Así caemos todos y nos vamos volviendo cada vez más conocedores y empezamos a buscar el terroir, las texturas, el aroma esquivo, el balance perfecto.  Estos vinos también tienen todo eso y permiten hablar largo rato de ellos.  Están hechos para beber y también para pensar.
De lo último que bebí en este grupo podría citar dos casos completamente opuestos, pero que encajan a la perfección.  Se elaboran completamente diferentes, provienen de dos generaciones distintas, parten de conceptos opuestos y, sin embargo, coinciden en que están hechos para beber fácilmente y para hablar largo y tendido sobre ellos.
Uno es un clásico, el Montchenot de Bodegas López. Es un típico corte de Cabernet Sauvignon, Merlot y Malbec provenientes de viñedos plantados en 1940.   El vino se realiza de forma tradicional, en tanques de acero inoxidable, y luego se pasa a toneles de entre 5000 y 20.000 litros donde reposa durante 10 años.  Luego de esa larga y lenta crianza en toneles que son una rareza en nuestro país salen al mercado o la bodega los guarda en perfectas condiciones durante 5 o 10 años más para las líneas Montchenot 15 años y Montchenot 20 años.   Es decir, en esta línea de Bodegas López el vino más joven que podemos tomar tiene 10 años de crianza, no hay necesidad de esperarlo.   Esto le otorgó una suavidad especial, todos estos vinos son una seda, livianos y muy complejos de aromas.  En cada añada se repite el estilo y los taninos suaves, cada vez más sutiles. Y es su grata acidez lo que los sostiene a lo largo de los años.
¿Dónde estabas hace 10 años? Miremos para atrás y veamos todo lo que pasó.  Esta botella viene desde esa época y nos habla, guarda en sus memorias de cristal secretos, historias y risas.  Y ni te cuento si te contactás con la bodega y comprás un vino de hace 30, 40 o 50 años, porque guardan y venden botellas de hasta la década del 30 guardadas perfectamente.
El otro vino que quería comentar es el Zuccardi Concreto. Pertenece a la línea de los íconos de Familia Zuccardi y se elabora 100% con Malbec de su Finca Piedra Infinita, en el Paraje Altamira, uno de los terruños de moda.   Proviene de suelos con gran carga de Carbonato de Calcio (característico de la zona) y se vinifica en recipientes de hormigón sin epoxi.   Sí, así, con el cemento pelado.  Sebastián Zuccardi comenta que esto le permite una microoxigenación relativa, control de temperatura y evitar la corriente eléctrica que se genera en los tanques de acero.  Además así se respetarían más las características de Altamira.  Sebastián siempre dice que es como amasar en una mesada de acero inoxidable o una de granito o madera, no es lo mismo la sensación que provocan.
Es un vino distinto, que parece venir de un futuro de la enología argentina.  Con aromas muy frutados, nada de dulzor, una textura y acidez muy interesantes, y esa sensación eléctrica que nos provocan los suelos calcáreos.  Eso que muchos llamamos mineralidad.  Se bebe fácil, pero te hace pensar a cada sorbo, a reflexionar sobre las posibilidades de los vinos y cómo un Malbec puede diferenciarse de todos los conocidos.
En ellos todo es distinto: el estilo, la edad de sus creadores, la forma de hacerlos, la crianza, el resultado final, etc. Pero mirá que causalidad, ambos supieron obtener 95 puntos del crítico Tim Atkin, uno de los que mejor conoce nuestros vinos. No quieren ser perfectos, o lo son a su modo. Quieren invitarnos a beber y a pensar.



lunes, 12 de junio de 2017

Vinografía - Invasor Malbec-Aspirant Bouchet 2013



Precio sugerido al 31/5/17: $250-270
Notas relacionadas:
Promesas del Este
Reencuentro con el Este: Bodega Garavaglia



lunes, 29 de mayo de 2017

El hilo rojo del Malbec



En la mitología china y japonesa hay una creencia de fuerte arraigo en la cultura popular conocida como el “hilo rojo del destino”. Según el mito, los dioses atan un hilo rojo alrededor del tobillo (o el dedo meñique según los japoneses) de aquellas personas destinadas a conocerse, ayudarse o amarse. Eso las convierte en almas gemelas a pesar de no saberlo y, tarde o temprano, sus vidas se unirán para no separarse más. La historia original dice que “un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”.
Como argentinos amantes del vino, todos tenemos indefectiblemente alguna preferencia por el Malbec. Hay tanta variedad en las estanterías de la vinoteca que seguramente hemos probado una gran cantidad de etiquetas, etilos, bodegas y orígenes.
Nos gusta el Malbec, lo que significa y representa, nos gusta cómo se adapta a nuestra gastronomía, conocemos las mil caras que nos dan los terruños argentinos y sin embargo podemos sentirnos un poco saturados de él. Alguien dice “Malbec” y ya te viene una sensación y sabores familiares a la boca. Para contrastar un poco recurrimos a otros cepajes tratando de limpiar el paladar y cambiar el chip hasta abrir la próxima botella del querido Malbec. Nos sale tan bien que es imposible no volver sobre él una y otra vez... y siempre quererlo. Ahí le pedimos perdón y volvemos a enamorarnos. Una relación tempestuosa, digamos.
Pero a fuerza de fatigar nuestras copas, hemos descubierto que tiene mil caras: hay Malbecs golosos de sabor a fruta madura; los hay florales donde las violetas mandan; existen los especiados y picantes; están los que ceden ante la madera; los hay mutables, que cambian a cada revolución de la copa; existen los de tensión, con su estilo vibrante… y también se adapta de mil maneras a nuestra geografía, con la elegancia de Agrelo, la textura de Altamira, el ímpetu y el color de Salta, con la sutileza de la Patagonia o la acidez de los valles de altura… y entonces hay mil combinaciones posibles. Entre todas ellas tiene que estar el tuyo.
Esperado en los estantes de la vinoteca está el Malbec al que te une un hilo rojo. “Rojo-violáceo” dirá alguno. Tal vez ya lo encontraste, o creés que lo encontraste, quizá no y sigas desilusionado con nuestra cepa de bandera. “El hilo se puede estirar o contraer, pero nunca romper”. Algún día vas a llegar a TU Malbec, ese día te vas a dar cuenta, lo vas a sentir. Y la única manera de hacerlo es probarlos todos.



martes, 2 de mayo de 2017

Vinografía: Andeluna Altitud Malbec 2014


Precio sugerido al 1/4/17: $317



jueves, 27 de abril de 2017

Vinarquía hace su vino: Etapa 2 – prensado y trasiego

Como les contaba en una nota anterior, estoy haciendo vino casero junto al equipo de Hago Mi Vino. En la primera “clase” elegimos la uva, la molimos, tomamos mediciones y la dejamos descansar a la espera de la fermentación. Para hacerla más natural, no agregamos levaduras seleccionadas y dejamos las levaduras indígenas que ya vienen adheridas a la uva desde el viñedo.
La fermentación se produjo dos días después y, aunque no estuve allí, “la tumultuosa” (así le dicen) se dio muy bien. Así que técnicamente tenemos vino, pero falta para que esté terminado.
En la segunda clase nos tocó uno de los momentos más emblemáticos y sucios de la elaboración artesanal de vinos: el prensado. La imagen del productor haciendo girar el trapiche está tan arraiga que es incluso el nombre de una de las bodegas más importantes de nuestro país.


Las clases de Hago Mi Vino pueden sonar formales, pero son muy distendidas y para nada técnicas. Más bien son lo contrario, en un clima de buena onda y camaradería se aprende a hacer-haciendo. Siempre hay alguien que necesita una mano y siempre hay una duda que puede ser la nuestra.


Después del prensado, el vino pasa a recipientes donde seguirá su lento proceso de acomodarse. Los residuos que hayan pasado y las levaduras muertas van decantando al fondo y a la semana se hace el primer trasiego que consiste en separar esa borra del vino. Al mes se realiza un segundo trasiego y más adelante un tercero. La idea es hacer todo de la forma más casera posible, sin los filtros de las bodegas, para que cualquiera que haga el curso pueda después elaborar vino por su cuenta.  La diferencia es que hay un conocimiento técnico que te aportan que los abuelos que hacían su patero no tenían o habían adquirido a través del ensayo y error.


El hecho de hacer el vino, de tener que esperar medio año (incluso más) para que se acomode en sus botellas, de prensar, de estar atento a si fermenta o no, etc. nos permite entender más todo lo que cuesta elaborar una botella. Hay un trabajo atrás que hay que hacer para conocer su dimensión. Es algo que ennoblece a la bebida y la aleja drásticamente de los productos industrializados elaborados con polvos y conservantes. Y si nos ponemos a pensar en cuántos siglos le llevó al hombre conocer los procesos para llegar a esta noble bebida… el respeto por el vino se agiganta.
Para difundir su trabajo, acercar al público general el proceso del cual venimos hablando y mantener viva una tradición de vino casero, el domingo 24 de abril estuvieron elaborando en la Pulpería Quilapán, en San Telmo. Abierto a quien quisiera sumarse, despalillaron a mano 300 kilos de uva y luego la pisaron. Sí, la pisaron como se hacía antes.
El año pasado ya habían hecho está Vendimia Porteña y mucha gente se acercó nuevamente para divertirse y vivir una experiencia diferente. Ese Moscatel Rosado, con algo de Criolla, se convertirá en el Vino del Pulpero de Quilapán, un lugar muy pintoresco para conocer y comprar productos fuera del circuito masivo.


Ahora viene un momento más tranquilo.  Luego de los trasiegos, la actividad en la bodega baja muchísimo.  Es hora de pensar en otras cosas como la etiqueta, aprender a sanitizar botellas o a realizar un blend.  En próximas entradas les iré contando más.






lunes, 17 de abril de 2017

#AWBdescorchaMalbec - Altos Las Hormigas, identidad del terruño

Una vez más los Argentina Wine Bloggers unimos esfuerzos para lanzar una actividad conjunta.  Como ya hicimos en diciembre, esta vez AWB descorcha Malbec para celebrar a nuestra cepa insignia en su día.  Por mi parte aprovecho para comentar los vinos de una de las bodegas más icónicas a la hora de hablar de Malbec: Altos las Hormigas.  Las nuevas añadas están increíbles y recientemente Tim Atkin lo ratificó con excelentes puntajes.  Imperdibles.

Viñedo de ALH antes de la vendimia 2017, foto de Leo Erazo

La introducción de un “viejo” catador

Mi primer contacto con los vinos de Altos Las Hormigas fue hace unos cuantos años atrás. Te hablo de cuando su etiqueta no era blanca sino amarilla y su nombre y estética todavía llamaban mucho la atención. Recuerdo que en esa época que parece tan lejana, pero de la que no deben haber pasado más de 7 años, sus vinos me gustaban sin llegar a emocionarme. Los probaba año a año y los sentía correctos, con la madera muy presente. Hasta que un año (creo que por 2012) cambiaron la forma de elaboración radicalmente y sus vinos me atraparon. Dejaron de lado la concentración y la madera para permitir vinos más frescos, más expresivos, menos pesados y con la mirada puesta en ese terruño que tanto les costó domar.
Aunque hubo “hormiguistas” de la primera hora que se enojaron con el cambio de estilo, la realidad es que desde allí no pararon de crecer y de marcar bastante la cancha. El obsesivo trabajo de suelos del equipo y su alto nivel de exigencia a la hora de sacar los vinos son los responsables. Para muestra, basta un botón, dice el viejo adagio de los vendedores de ropa: se arrancaron viñedos que estaban implantados en suelos que no aportaban nada al Malbec y no le permitían llegar a la calidad deseada. “Es todo pasión. Prácticamente no es un emprendimiento viable comercialmente” nos contó Alice Viollet, Market Manager de la bodega.
La misma Alice nos explicó que gran parte del cambio de paradigma enológico tuvo que ver con el uso de la madera, algo que ya habíamos percibido en los vinos catados. No es que dejaron de usarla sino que se pasaron a fudres de 3500 litros. De esta manera el impacto final es más sutil, aportando lo que tiene que aportar y dejando expresarse al vino con libertad.


Los vinos

Altos Las Hormigas se especializa en tintos a tal punto que no tienen blancos y el único espumoso está elaborado con Bonarda. Por lo tanto el Colonia Las Liebres Brut Rosé fue el elegido para abrir la cata. Es un espumoso sutil y frutado del que nunca sabrías con que cepa se elaboró si no leés la etiqueta. Lo elaboran en la champañera Cruzat, especialistas si los hay, de donde consiguieron un vino equilibrado y con lindo regusto.
La línea de Las Liebres se completa con Colonia Las Liebres Bonarda Clásica 2015, una Bonarda vibrante, con buen nervio y fruta. Desde hace rato que este vino es uno de mis parámetros para medir el varietal en nuestro país.
Y empezamos con la danza de los Malbec, subiendo en la escala de profundización del terroir, la exigencia a la hora de seleccionar la uva y el precio. De los viñedos propios de la bodega nace el Altos Las Hormigas Malbec Clásico 2015. Acá no hay madera, es la pura expresión de la uva, con mucha fruta y tipicidad. Al beberlo se lo percibe fresco y frutado, tal el estilo buscado desde hace unos años. Un vino comodín.
Luego los clásicos llega la línea Terroir, donde se busca expresar una región a grandes rasgos y la madera empieza a asomarse: el 25% se guarda en fudres de 3500 litros durante 12 meses. Apenas si aporta estructura y algunas notas, pero nunca llega a robarse el protagonismo. Empezamos por Altos Las Hormigas Terroir Luján de Cuyo 2015, una novedad elaborada con uva proveniente de Barrancas, al sur de Luján de Cuyo.  Comparado con el anterior tiene una fruta más madura y es más concentrado de aromas. Las violetas y las ciruelas dicen presente en este vino fácil de beber, con textura tersa y agradable. Su compañero es el Altos Las Hormigas Terroir Valle de Uco 2015 cuya uva proviene de varios viñedos de Tupungato. Se lo siente intenso, llena la boca, vibrante y con algo de esa textura que llamamos “de tiza”. Dos buenos exponentes de sus terruños.
En la línea reserva el estudio de suelos que hace Leonardo Erazo se vuelve más presente. Para elaborar el Altos Las Hormigas Reserva Valle de Uco 2014 se buscó uvas implantadas sobre suelos calcáreos. A partir de aquí los vinos tendrán su punto fuerte en boca, con aromas más austeros y esquivos que se abren lentamente en la copa. En ese sentido es un Malbec con tensión, expresivo, con una larga sensación de tiza.
Como si se fuera haciendo un zoom sobre las zonas vitivinícolas del país, la última línea de Las Hormigas se va volviendo más específica y buscando expresiones más selectas de lugares específicos. Los elegidos son el Paraje Altamira y Gualtallary, seguramente las dos zonas más apasionantes del Valle de Uco. Empezamos por Altos Las Hormigas Apellation Altamira 2015, la añada más reciente. La embotellaron hace tan poco que aún necesita unos meses para acomodarse en botella. Y hablando de tiempo, hay que dárselo en la copa también para que se muestre Altamira. Se lo siente tenso, con textura y un sabor en boca entre frutado y láctico. El regusto que deja es una belleza.
Por su parte, el Altos Las Hormigas Apellation Gualtallary 2014 está a la par en calidad y concepto. Acá hay una gran expresión de aromas donde la fruta se percibe fresca. Donde se destaca es en las sensaciones que genera al beberlo. Un vino vibrante, con la famosa tiza a full y que sigue presente mucho tiempo una vez que se fue. Este y el anterior son vinos para obsesionarse con el terroir y descubrir sus secretos.


Las conclusiones de un “joven” catador

Las Hormigas es una bodega que se especializó en Malbec y lo sigue haciendo. La búsqueda es profundizar en el conocimiento de la cepa, su expresión e identidad. Tan es así que tienen un proyecto en conjunto con viticultores franceses de Cahors (el origen de nuestro querido Malbec) para trabajar en forma similar y retroalimentarse en el conocimiento y adaptación de la uva a distintos terruños.
El punto fuerte de estos vinos está “en la boca”, es decir en lo percibimos al beberlo. La línea conductora está dada por vinos vibrantes y frescos, donde los aromas no están tapados por una máscara de roble. Además, el estudio de suelos y la elaboración con baja intervención busca cuidar la expresión local por sobre un estilo globalizado.
Sinceramente, sus vinos me gustan cada vez más y creo que podemos verlos como una clara fotografía de lo vertiginoso de la industria vitivinícola argentina reciente: el cambio de paradigma, el respeto por el lugar de origen, la profundización de una identidad.


Notas relacionadas:
El Ángel del Vino: Altos las Hormigas - Cuando la tierra habla...
Nicolás Orsini Blog: Lo que se viene en Altos las Hormigas


viernes, 7 de abril de 2017

Vinarquía hace su vino: Etapa 1 - Molienda


Y sí, finalmente algún día tenía que ocurrir.  Tanto probar y escribir de vinos hacen que nos pique la tentación de querer hacer uno propio.
Ya hago mi cerveza (les debo la nota) y ahora le llegó el turno a mi vino.  Nunca pensándolo como un emprendimiento comercial, más bien como un hobby y las ganas de hacerlo uno mismo.  Si, más fácil es pagarle a un enólogo en Mendoza y que me venda un vino hecho, embotellarlo y después romperme los cuernos vendiéndolo.  Sin embargo, el placer de comprar tu propia uva, verlas fermentar, aprender algo que puedo hacer todos los años a una escala personal e incluso legar ese conocimiento y mantener viva una tradición  es lo que me motivó a hacer un vino casero.
Para que me den una mano (una gran y fundamental mano) recurrí a Juan y los Claudios de Hago Mi Vino.  Estos tres amigos elaboran vino desde hace más de 13 años siguiendo tradiciones familiares con el aporte  de un conocimiento actualizado, normas sanitarias más estrictas y respetando los procesos de elaboración.  Hace muchos años que están registrados en el INV como bodega casera y eso es un respaldo con el que muy pocos elaboradores cuentan.
Lo genial para quienes vivimos en la Ciudad de la Furia y sus alrededores es que la "bodega urbana" está ubicada en la localidad de Morón. La uva se adquiere muy cerca de allí, proveniente de General Alvear y San Rafael.

Sacando algunas hojas antes de la molienda

La propuesta de Hago Mi Vino es un curso integral donde te enseñan el paso a paso de la elaboración.  En seis clases de dos horas, que se reparten en un tiempo de ocho meses, uno aprende las distintas etapas que van desde la molienda y fermentación hasta el embotellado.  Cada alumno termina el curso con 60 botellas de su propio vino con etiqueta personalizada y todo.
El primer paso fue comprar la uva.  Y más difícil aún: elegir qué varietal elaborar.  Por un lado no contamos con el control del viñedo, como puede ser el caso de una bodega, por otro la cosecha 2017 en San Rafael viene algo dispar.  Hay viñedos que han sufrido por heladas o granizo y hay problemas de volumen.  A pesar de cierta merma se dio una buena maduración y el Cabernet Sauvignon y la Bonarda lograron gran calidad.
Finalmente me decidí por una cofermentación de 70% Cabernet Sauvignon y 30% de un Syrah del que me hubiera comprado un cajón para comer en casa de postre.  Potencialmente, el alcohol final será de 12.9°.

Cabernet Sauvignon

Una vez tomados ciertos datos iniciales dejamos descansar nuestro mosto y cruzamos los dedos esperando la fermentación.  La misma se hará con levaduras indígenas, es decir con la levadura natural que trae la uva.  La idea es conseguir algo natural, con la intervención justa.
En notas sucesivas les voy a ir contando cómo va el vino de Vinarquía.  Es un proceso que lleva su tiempo y ahí es cuando lamento que el curso no incluya una charla ¡para controlar la ansiedad!. 


Notas relacionadas:
El productor de vino casero
Recomendados del mes de octubre: Fondo de Azcuénaga Pinot Noir, elaborado por Hago Mi Vino
Web de Hago Mi Vino


martes, 4 de abril de 2017

Vinografía: Mantra Cane Cut Sauvignon Blanc


Precio sugerido al 1/3/2017: $220




miércoles, 29 de marzo de 2017

Vinos de famosos, aventuras y desventuras de celebrities entre viñedos

El actor Sam Neill con su Pinot Noir de Nueva Zelanda


¿En qué lugar se pueden dar cita sin pelearse Sting, Slayer y Andrea Bocelli? ¿En los Premios MTV? ¿En un recital de beneficencia? No, en una vinoteca.

Ya no sé si es que el vino está de moda o está atravesando una edad dorada, pero las celebridades y demás gente famosa no desdeñan la posibilidad de hacer negocio con su imagen. Es así como se asocian a bodegas o compran viñedos para producir sus propios vinos. Aunque se ha ralentizado un poco en los años más recientes, el fenómeno es tan grande que Wikipedia ya tiene su propio artículo sobre vinos de celebrities.
Algunas stars simplemente ponen su cara para acompañar un producto especial. Se hacen ediciones limitadas con su nombre y de esa manera se disparan las ventas. Es el caso de Carlos Santana y Bob Dylan o del cocinero Gordon Ramsay que prestan su imagen y nombre para acompañar un producto de edición especial.
También están aquellos que se involucran un poco más en el proceso de winemaking. Hay celebridades que vienen de familias con tradición vitivinícola, al menos eso dicen, como Francis Ford Coppola (sus vinos ahora se llaman Inglenook) o Andrea Bocelli y pretenden mantener viva la tradición con el empuje de su fama. Otros no arrastran una raigambre enológica pero son serios entusiastas y quién puede resistirse a tener su propia etiqueta. Entre ellos tenemos a la ex estrella porno Savanna Samson que hizo un vino con Roberto Cipresso que consiguió 91 puntos Parker; a Brad Pitt y Angelina Jolie que compraron viñedos en 2012 y no saben quién se los quedará ahora que anunciaron su divorcio; al rapero Jay Z que adquirió la marca de lujo Armand de Brignac a Champagne Cattier; a Gerard Depardieu que está involucrado con vinos franceses desde hace más de 30 años; o a David y Victoria Beckham que tienen viñedos para elaborar vinos de consumo personal.
Yo no voy a emitir juicios valorativos porque estoy lejos de probarlo, pero sí podemos decir que estos vinos de "famosos" tienen un par de características en común: mucho marketing, un vino correcto o un poco más, una buena etiqueta y el hecho de estar pagando un plus por ser la marca de una estrella del cine o el deporte. Sin embargo, muy pocos vinos consiguen volver a salir, terminan siendo un capricho o un negocio temporal.

Juanchi Baleiron y Marcelo Pelleritti

¿Quién se ha tomado todo el vino?
En el ámbito local no nos quedamos afuera de este fenómeno. Hace unos años Jorge Rial, gran aficionado al mundo del vino, lanzó Rocío Moreno en honor al nombre de sus hijas. Eran vinos muy buenos, pero no se los volvió a ver. Uno que apostó fuerte al tema es Marcelo Tinelli, quien además de los vinos y la bodega juega fuerte al desarrollo inmobiliario.
Sin embargo, a los que más les gusta el tema es a los músicos nacionales: Gustavo Santaolalla con su bodega Cielo y Tierra hace rato que cosecha premios; Pedro Aznar se sumó a Marcelo Pelleriti y lanzó Abremundos, una serie de vinos que recibió aclamación de la crítica y viene sumando añadas; Andrés Ciro Martínez (ex cantante de Los Piojos) lanzó un interesantísimo corte junto a Bodega Toneles que llamó Tonel 27, su número fetiche. En la larga lista de músicos locales que sucumbieron al sueño del vino propio están Juanchi Baleiron (Los Pericos) con su vino llamativo Malbecaster, Felipe Staiti (Los Enanitos Verdes) que tuvo una etiqueta con su nombre hace unos años o el consagrado Jaime Torres que hace poco presentó su Sumaj Tica.
El fenómeno del vino y el rock no es solo local, claro. Por ejemplo, entre las bandas de heavy metal internacionales hay tal furor que incluso ya hay páginas que solo venden vinos metaleros.


Dave Mustaine, cantante de Megadeth


Estrellas estrelladas
El vino es visto como glamour, arte embotellado, lujo, condensa aspiraciones y seduce. Los famosos se rodean y viven de eso, por eso se asocian a él como también a las marcas de ropa exclusivas y los perfumes. Sin embargo, colocar unas miles de botellas se ve fácil en los papeles y es un trabajo duro en la realidad. En un mercado saturado estos nombres ayudan a vender, pero no lo son todo. Se necesita una estructura de negocios más compleja que una cara bonita o una buena voz y si se falla en algo el retorno de la inversión es lento. Como no están en la industria resulta difícil arriesgarse a una nueva añada. ¿Será por eso que Susana Giménez, reconocida enófila, nunca sacó su propia línea de vinos?
Un estudio hecho recientemente sobre el mercado chino profundizó en el impacto de las celebridades a la hora de vender vino. Comprobaron que una cara famosa ayuda a crear simpatía (likability) por una marca, pero no cualquier cara transmite credibilidad y confianza (trustworthiness). En última instancia el enófilo se preguntará cuánto sabe o cuánto tiene para ofrecerme Drew Barrymore como para que yo compre su vino. Tener en cuenta el mercado al que se apunta es un factor clave.
Si los números están bien hechos, si se piensan las cosas en serio y se tienen en cuenta mil pequeños factores, no tiene por qué salir mal. Por ejemplo, la apuesta de la dupla Jolie-Pitt fue comprar Château Miraval, en Coteaux Varois, Provence, y contratar a un enólogo prestigioso como Marc Perrin para hacer un rosado típico de la zona. En 5 horas de anunciado su lanzamiento, es decir 5 horas después de la primer publicidad, habían vendido 6000 botellas solo en Gran Bretaña de su Château Miraval Rosé. Esperemos que el vino sea tan bueno como el marketing porque el costo del château fue de unos U$S 55 millones.
“Los ricos contratan a Michel Rolland porque se lo pueden permitir. Compran tecnología porque se lo pueden permitir. Compran tierras en zonas de moda porque se lo pueden permitir. Compran botellas que pesan tanto como el vino porque se lo pueden permitir. Compran estatus porque se lo pueden permitir. Su mundo consiste en ‘llevar una etiqueta’, igual que la gente lleva bolsos de Louis Vuitton impregnados de vinilo. Se puede comprar el cuerpo de un vino, pero no se puede comprar su alma.” Así de duro remata el tema la crítica Alice Feiring, una de las figuras más contestatarias del mundo del vino. No es la única que dice cosas así, aunque es de las pocas que se anima a contradecir a una estrella. Otro que les pegó duro fue el veterano winemaker californiano Stuart Smith dijo: “mi primer pensamiento sobre las celebridades que se involucran con el vino es que Dios les está diciendo que tienen demasiado dinero”.
Exclusividad, excentricidad, moda, snobismo, dinero, entre otros, son los factores que marcan el nicho de los vinos de famosos. Como pasa con todo negocio, hay a quienes les va bien y a quienes no. Hay un público (su público) que los apoya y un público que lo ve con horror, como si frivolizaran algo sagrado. El punto intermedio de la mesura es una buena guía para los consumidores: el nombre de un artista que admiro no garantiza un buen vino ni que al menos me guste. En un mercado inundado de etiquetas (imagínate lo que es la góndola de EE.UU.) parece un despropósito que se discuta tanto por el vino de un puñado de advenedizos, pero como decía Raúl Portal “un pelo de tele tira más que una yunta de bueyes”.


Ariel Rodríguez
nota para Pausa Magazine


jueves, 23 de marzo de 2017

5 etiquetas para descubrir el Cabernet Franc

Fuente: Pausa Magazine

El Malbec es el Malbec, pero los paladares inquietos andan buscando nuevas aventuras y el Cabernet Franc está de moda. A continuación reseñamos 5 etiquetas y 5 rangos de precios para que descubras (o profundices) la cepa.
El origen de esta uva es francés y allí se lo suele destinar para acompañar el clásico corte bordelés de Cabernet Sauvignon y Merlot. De hecho el Franc es el padre de ambas cepas y también del Carménère.
Es un poco menos potente que su hijo Cabernet Sauvignon y de un perfil de aromas frutado que recuerdan a las grosellas y frambuesas. Suele dar también particulares aromas herbales y de especias como el tomillo.
En nuestro país se lo destino siempre a un segundo lugar, acompañando los cortes para aportar complejidad. Sin embargo, esta uva tiene una gran plasticidad que le permite expresarse y adaptarse muy bien a terroirs diferentes. De a poco lo fuimos entendiendo y empezaron a aparecer Francs elegantes y de interesante textura. Su estilo más austero marcó un contrapunto con el Malbec goloso y la cepa “explotó” entre los enófilos de nuestro país, en especial cuando llegaron los grandes premios internacionales.

Desierto 25 Cabernet Franc 2014. Este vino proviene de la única bodega productiva de La Pampa, sobre el margen norte del Río Colorado. Es un Franc de carácter que demuestra lo bien que se da la cepa en climas fríos. Aquí vas a encontrar aromas intensos que tiran para el lado de las especias y las hierbas, ideal para los que buscan potencia sin llegar a la rusticidad.

Casa Boher Cabernet Franc 2015. Este vino le compite de igual a igual a otros de mayor rango de precios por lo que su RPC es increíble. Se destaca por sus aromas complejos y distinguidos que te van a entretener un largo rato si sos de los que gustan detenerse en ese aspecto. Esa nariz va de la mano de un vino de buena intensidad en boca que acompañará a la perfección carnes asadas o quesos duros.

Las Perdices Ala Colorada Cabernet Franc 2012. Un fiel representante del estilo de la bodega: vinos rotundos, bien hechos, de sensaciones marcadas, en cierto modo clásicos, pero sin caer en lo anticuado. Sus aromas muestran muy bien el perfil del varietal y tienden hacia la fruta negra y cerezas, pimientos y notas herbales. Un vino robusto, bien balanceado e intenso con 12 meses de crianza en barricas francesas nuevas.

Salentein Numina Cabernet Franc 2013. Como decíamos, al Cabernet Franc le sienta bien el frío y este de Salentein se cultiva a 1100 metros de altura en el Valle de Uco. Tras 14 meses de crianza se obtiene un vino elegante, lleno de sutilezas y fruta. Su estilo va para el lado de vinos más delgados, de acidez vibrante e interesante textura. Siempre da qué hablar.

Gran Enemigo SV Gualtallary Cabernet Franc 2012. Esta es “la bestia” de los vinos argentinos. En todas sus añadas ha sacado 97 y 98 puntos de los más grandes críticos internacionales. La uva se obtiene en cuatro momentos de cosecha distintos y se cría durante 7 meses en foudres de madera usada para que no sea invasiva. El resultado es un vino increíble, de textura intraducible y complejidad aromática. Uno de los mejores tintos argentinos, para darse el gran gusto.


Ariel Rodríguez
nota para Pausa Magazine

martes, 21 de marzo de 2017

Finca Las Payas, la guerrilla del vino


Creo que nos vimos dos o tres veces, pero me gusta hablar con Santiago Salgado. Me parece interesante su concepción del vino, se corre del mainstream y está orgulloso de su trabajo como productor casero de calidad. Inquieto, experimental, curioso, díscolo, son palabras que lo definen a él y a sus vinos.
Además, no tiene filtro y te cuenta cómo consigue la uva y el resto de sus recursos sin todo el chamuyo de otros bodegueros. Acá no hay miedo a decir que la uva se compra, se canjea o se roba (bueno, robar, lo que se dice robar no, pero si puede aprovechar la uva de un viñedo abandonado la va a aprovechar), tampoco hay mistificaciones sobre dónde se fermenta, etc. Santiago Salgado es transparente y sus “hijos” líquidos buscan serlo también.
Le gusta elaborar varietales olvidados o que forman parte de cultivos experimentales del INV para la zona de San Rafael como Gamay, Nero D’Avola, Caladoc, Croatina, Moscatel Rosado. Muchas de esas uvas siempre estuvieron ahí, entreveradas con otros viñedos y plantadas por los pioneros de la zona que a veces no sabían bien qué plantaban o, a sabiendas, las mezclaban para obtener rinde y la seguridad de que la mala cosecha de un varietal no fuera un fracaso de todo el viñedo. A esos viejos plantíos va Salgado a buscar su uva para Finca Las Payas. Casi una guerrilla de la uva.
Con motivo de un acuerdo con Vino a mi Copa para distribuir sus vinos en Buenos Aires, pudimos reunirnos una vez más con Santiago Salgado y probar sus vinos. Vayan preparando las copas porque algo seguramente van a querer llevarse.


Empezamos con su Moscato di Cardinale, tres Moscatel Rosados elaborados de distintas maneras y que suelen gustar mucho. “Me estoy concentrando en el Moscatel Rosado, porque es una uva criolla y está adaptada” explica Salgado. Moscato di Cardinale I 2016 está vinificado como blanco y muestra un perfil de aromas melosos de fruta tropical que recuerdan al Torrontés. Es apenas dulce y con interesante acidez, lo que lo vuelve un vino con elegancia. Su contraparte es el Moscato di Cardinale II 2016, cosechado en el mismo momento y vinificado como tinto. Se lo siente más rústico, más dulce y con algo de aguja. También se diferencia en aromas, tendiendo más a lo floral y miel. Para compararlos, pudimos probar también el Moscato di Cardinale III 2015, la añada anterior. Se diferencia de los anteriores en que tuvo una crianza de 6 meses en barricas de roble americano, siguiendo un camino oxidativo intencional. “Yo creo que el Moscatel Rosado se banca la barrica” dispara Santiago Salgado y agrega que “son trescientas botellas y es algo que la producción artesanal permite y la de gran escala no”. Se percibe intensamente una nota ahumada y melosa que perdura en boca y que encontró el mejor maridaje con un Camembert. Mi favorito de los tres fue el Moscato di Cardinale I 2016 por su terminación más prolija y elegante, sin embargo los otros no están nada mal y su estilo más jugado, hasta rústico, puede resultar divertido.
Como la legislación actual para vinos caseros no les permite colocar el nombre de los varietales en las etiquetas, en Finca Las Payas se las rebuscan para poder darlo a entender. Sumado a lo original de los nombres, logran etiquetas de nombres muy curiosos como el ExTinto Rosado de Mlbc. Es un rosado de sangría de Malbec (de ahí lo de ExTinto) con mucho color, intensos aromas frutados que recuerdan a frutillas, buena acidez y 13° de alcohol por las condiciones del año. Es el perfil que le gusta a su creador para los rosados.
A la hora de los tintos empieza gran parte del show de la bodega. El primero fue el Finca Las Payas Syrh + Bnrd 2014, uno de mis favoritos en esta cata. Es un corte de 50-50 de Syrah y Bonarda, una interesante y bien lograda combinación. Se impone el Bonarda en general y en boca se percibe más lo vegetal y la estructura del Syrah.


San Rafael, donde queda la bodega, es una región de Bonarda y quien sabe buscar puede encontrar viñedos de gran calidad. Santiago es un gran explorador de la zona y descubrió que lo que muchas veces estaba catalogado como Bonarda no lo era sino que se trataba de cepas similares que los viticultores pioneros introdujeron y cultivaron por recordarles a los vinos de sus tierras natales. La Croatina que vinifica para la línea Exóticos es un buen ejemplo de ello. Y si de Bonarda se trata, un interesante exponente es el Finca Las Payas Bnrd 2014. Clásica, con buena nariz frutada, boca redondeada y algo golosa. Una Bonarda típicamente sanrafaelina, “50% barricada” como le gusta decirle.
A partir de este punto pasamos a los vinos con más madera y añejamiento. Primero descorchamos el Don Nadie Mlbc 2015, que supo obtener 91 puntos del crítico Patricio Tapia y se muestra como un Malbec de típica fruta roja, frutos del bosque, redondo. “Don Nadie no tiene tradición de familia viticultora. Es una referencia a quién soy yo en el mundo de los vinos”, dice Santiago Salgado con la mirada puesta un poco en su presente y en su pasado, cuando lo dejó todo para ir a buscar una vida distinta.
El Anarco Cabernarda 2011 es uno de los que tienen etiquetas más llamativas, gustadas y significativas para el estilo de Las Payas. Son 1500 botellas (“la mayor cantidad que hice de un vino”) compuestas de un 60% de Cabernet Sauvignon y 40% de Bonarda que descansaron cuatro años en piletas. El Bonarda se impone y el Cabernet da estructura. Es algo rústico, pero no lo desmerece, con mucha expresión al beberlo y un color que se sostiene muy bien. El lema del vino es toda una síntesis de lo que venimos hablando: “sin glam – sin linaje – sin gurú – sin verso”.
El Malarriado Cbnt Franc + Gamay es un blend de cepas y añadas: 40% Cabernet Franc 2013, 40% Cabernet Franc 2015 y 20% de Gamay con un paso por barricas francesas de 9 meses. El resultado es un tinto interesante, redondo y con buena acidez, donde “lo casero” se hace bastante presente sin que sea algo malo. Con el Syrh + Syrh se procedió en forma similar, el corte es mitad y mitad de Syrah de 2009 y 2010 que pasó unos cuantos años en recipientes contenedores antes de encontrar su destino final. “Mis vinos hablan más de mí que de la añada. Son mis búsquedas”, explica el creador mientras nos sirve este último y explica cómo se puso redondo con los años, casi delicado, sin ese costado salvaje del Syrah.
Cerramos la cata probando algunos de sus Exóticos, pequeñas botellas de pequeñísimas producciones de cepas raras. Tiene Ancelotta, Nero D’avola, Croatina, Corvina, Caladoc, Verdicchio, Gamay, Dolcetto y siempre aparece algo más como un vino pasificado y otras experimentaciones que vende a pedido.
La cabeza de Santiago no para y más que crear unas líneas constantes busca profundizar en esas “búsquedas”, ir en contra de lo instituido, arriesgar. No sé a ustedes, pero a mí me gusta la gente así.




lunes, 6 de marzo de 2017

#QueSeCepa Chardonnay, Reina de Corazones

Chardonnay en la bodega Costa & Pampa, enero de 2017

Los Argentina Wine Bloggers decidimos lanzar una nueva movida conjunta.  En este caso #QueSeCepa, donde cada uno de los integrantes analiza y recomienda un varietal.


El Chardonnay o la Chardonnay es la uva blanca para vinificar más plantada del mundo y la tercera en nuestro país, detrás del Torrontés y la Pedro Ximénez. Es tan famosa y reconocida que casi no tiene sinónimos y ha dado lugar a algunos de los vinos más aclamados del mundo, como los Montrachet o Chablis. Según Jancis Robinson parte del éxito de esta uva se debe a que es relativamente fácil de beber, con “un encanto exuberante” y baja acidez. Debemos agregar que es la base para gran parte de los espumosos que consumimos y que es una de las variedades blancas que mejor soportan la madera y que puede ganar mucho con ella.
Su fama, sus características y su encanto la han vuelto la reina de las uvas blancas, así como el Cabernet Sauvignon es el rey de los tintos. Por eso el consumidor identifica rápidamente sus nombres en las góndolas y busca la seguridad del producto reconocido. También por eso todos quieren tenerla en su portfolio de vinos, pero siendo sincero no a todos le sale tan bien.
Si bien es bastante sencilla de cultivar, la Chardonnay toma muy fácilmente las características del terruño y eso puede ser un problema para algunos productores. Querer enmascarar el suelo, el clima o las elecciones de cultivo con madera puede empeorar las cosas, por eso para muchos enólogos es una de las pruebas de fuego a superar para ser un experto.
En nuestro país conviven muchos estilos de Chardonnay. El de fruta tropical y gran peso en boca como se aprecia en las zonas de Luján de Cuyo y NOA; el fresco y más lineal de Valle de Uco; el juvenil de la Patagonia; y un largo etcétera y excepciones que dependerán de cuándo se cosechen las uvas y si tienen crianza. Algo que sí se vuelve más extensivo es la tendencia del consumidor de buscar Chardos más frescos, escapándole al cuco de la acidez, con sabores y aromas menos oxidados, propuestas más jugadas y aceptando pagar más por vinos excepcionales y escasos.
Las bodegas escuchan mucho más a los consumidores de lo que creemos, por eso es una de las industrias más dinámicas de nuestro país y se vuelve difícil seguirle el ritmo. Para conocer el mercado internacional oyen las opiniones de los expertos extranjeros y ya Jancis Robinson, Tim Atkin y Patricio Tapia han advertido el potencial latente de los Chardonnay argentinos. Para ellos hay que explotar la mineralidad y acidez de zonas como Gualtallary.
En las líneas de precios bajas y medias nos encontraremos con vinos de gran frescura, buena acidez y mucha fruta. Subiendo en el rango de precios la madera empieza a hacerse presente y nos encontramos con Chardos untuosos y notas de miel, pero sin perder frescura. No debemos olvidar cómo copia el terruño esta uva, por eso no será fácil hallar vinos iguales ni podremos pedirles a todos lo mismo.
Una posible selección de estilos, zonas y bodegas podría ser la siguiente:
El 505 Chardonnay, de bodega Casarena es simple, vibrante y de muy buena relación precio/calidad. En ese competitivo rango de precios también podemos optar por el Clara Benegas Chardonnay que guarda el secreto de tener un pequeño porcentaje de Sauvignon Blanc que le da un tono salvaje. Y si te animás a explorar nuevas zonas no podés dejar de sorprenderte con el Desierto 25 Chardonnay un vino de La Pampa con mucha tipicidad, fruta y buena acidez.
Subiendo en la escala de precios, podríamos pensar en el Felino Chardonnay de Viña Cobos, que en su añada 2015 no incorpora madera, o el Rutini Colección Chardonnay que me ha sorprendido más de una vez. Para explorar senderos más extremos te recomiendo buscar los chardo que hace Matias Michelini o Giuseppe Franceschini, bien filosos.
Finalmente, si querés probar los mejores Chardonnay argentinos, los que han sabido granjearse los más altos puntajes y elogios, debés probar el Catena Zapata Adrianna Vineyard White Stones o Catena Zapata Adrianna Vineyard White Bones, vinos que han rozado los tan ansiados 100 puntos en un país de notoria tintocracia.



lunes, 20 de febrero de 2017

¿Y si enterramos unas botellas?

Fuente: Pausa Magazine

Uno de los lugares más bizarros de Internet debe ser Yahoo! Respuestas. Todos hemos encontrado allí las preguntas más extrañas, desubicadas y hasta perturbadoras. Y gente que las responde, claro. Una tarde necesitaba información sobre cavas subterráneas para una nota y el buscador me llevó a la siguiente pregunta: “¿enterrar el vino bajo tierra es seguro?”. La forma de la pregunta me divirtió inicialmente y luego me hizo detenerme y pensar un poco. ¿Cuánto de cordura había en la duda de este usuario?
En 1666 (linda fecha para una catástrofe) se produjo el Gran Incendio de Londres que se comió unas 13000 casas del centro de la ciudad. Samuel Pepys, funcionario del Rey y muy famoso por su minucioso diario personal, cuenta que los ciudadanos ricos de Londres enterraron sus vinos más preciados a fin de salvarlos del incendio. Él mismo hizo lo propio e incluso guardó un queso parmesano y otros objetos de valor. En entradas posteriores de su diario comenta que la guarda resultó exitosa.
Este fue un caso de necesidad imperiosa. Sin embargo, se calcula que los egipcios y otros pueblos antiguos ya enterraban sus vinos para ayudar a conservarlos. En Georgia hay una ancestral forma vinificación en grandes ánforas enterradas lo que les asegura una temperatura estable durante todo el año. Algunos enólogos modernos, como el italiano Josko Gravner, copian esta manera de hacer vinos como una forma de volver a métodos más tradicionales y naturales.
Volviendo a lo de enterrar botellas, si bien no hay estudios muy precisos, la clave parecería estar en la estabilidad que otorga la guarda bajo tierra una vez que se pasa la cota de 1,80 metros. Las variaciones de temperatura y de presión atmosférica son tan graduales que no afectarían negativamente al vino, además que se garantiza la ausencia de luz. Es lo mismo que se busca con la guarda submarina de la que ya hemos hablado.
En nuestro país, Ernesto Catena había lanzado su Gran Siesta Adobe, uno de sus vinos íconos, dentro de un bloque de ese material. El ladrillo de adobe brinda una estabilidad que permite una mejor guarda, algo que los nativos americanos ya conocían porque lo usaban como principal elemento constructivo. En la bodega también suelen enterrar botellas bajo el concepto del Ayni o principio de reciprocidad de los pueblos originarios que entregaban a la Madre Tierra algo de lo que habían obtenido de ella.
En Europa, los productores caseros conocen esta técnica desde hace muchas décadas y era su forma de hacer frente a los cambios climáticos y asegurar una buena guarda para sus vinos. Algunos ven esto como el rescate de lo mejor de la tradición y muchos dicen que todo vuelve, recubierto por el halo renovador del marketing. Como sea, parece que la guarda subterránea de vinos está yendo más hondo que el viejo sótano de nuestros abuelos y solo nos queda la parte divertida de probar y ver si son verdad sus bondades.


Ariel Rodríguez para Pausa Magazine

viernes, 10 de febrero de 2017

10 secretos que nos dicen los expertos en whisky

Fuente: Pausa Magazine

1.- ¿Cuánto dura una botella de whisky? Brian Nation de la irlandesa Jameson dice que si tenemos una botella de whisky sin abrir y la guardamos lejos de la luz directa del sol, podría durar indefinidamente. El sol directo “produce un defecto que da al whiskey un desagradable sabor a humedad”, dice Nation y agrega que “una botella abierta, bien cerrada, puede durar mucho tiempo”.

2.- El clima afecta al whisky. No nos referimos al lugar de procedencia sino a otros detalles como el almacenamiento de las barricas. Por ejemplo, Don Livermore de la destilería Pike Creek, una de las más afamadas de Canadá, dice que la humedad ambiente expande y contrae las barricas dando como resultado un mayor o menor ingreso de oxígeno a las mismas.

3.- La importancia del agua. El origen del agua de una destilería es tan importante como el grano que usan. Parece una obviedad, porque representa gran parte del proceso de elaboración, el secreto es saber cuál es el agua ideal. Jeff Arnett, uno de los capos de Jack Daniels, dice que “se puede hacer mal whiskey con buen agua, pero aún necesitás empezar con buen agua. El agua ideal es fría, rica en minerales y libre de hierro”. Parece que la presencia de hierro produce un alcohol amargo y un destilado oscuro. Para asegurarse la pureza de sus fuentes, destilerías como Glenfiddich han comprado las tierras que rodean a estos manatiales.

4.- ¿De qué grano está hecho el whisky? Un legítimo whisky escocés está hecho con cebada malteada, aunque para los blended (J&B, Chivas) se admite el uso de otros granos como el trigo y el maíz. Sin embargo el acqua vitae puede ser técnicamente realizado con casi cualquier grano, como el centeno o la quinoa. El problema viene a la hora de los largos añejamientos.

5.- El color del whisky. Cuando el whisky sale del alambique es transparente y tiene muchos menos aromas y sabores que uno terminado. Brian Kinsman de Glenfiddich opina que, “al menos, dos tercios del sabor del whisky proviene de la barrica” y, por supuesto, la totalidad de su color. Cuanto más añejamiento haya seguramente tendremos tonos más oscuros.

6.- Cómo cambian las etiquetas. La industria del whisky, sobre todo el escocés, es bastante tradicionalista y defiende su identidad y la de su producto con uñas y dientes. Sin embargo, pese a su apariencia imperturbable las etiquetas van cambiando y Chris Brousseau, el archivista de la historia de Glenlivet, cuenta una interesante historia. En la versión de 1997 de “La momia” los protagonistas aparecen bebiendo este whisky alrededor de la fogata. Sin embargo, reconstruir la etiqueta tal como era en la década del 20 no fue tarea fácil y hubo que hacer un profundo rastreo en los archivos de la destilería.

7.- Pensar en el futuro. Hacer whisky tiene sus complicaciones técnicas, pero lo increíblemente difícil es la mirada hacia el futuro de quienes lo elaboran. Se destila hoy, se lo pasa a barricas mañana y se lo saca de allí dentro de 8, 10, 12, 21 años o más. Una locura para cualquier industria. Jim Beveridge, master blender de Johnnie Walker, lo explica claramente: “la parte más delicada de mi trabajo es prever el futuro. Con algo como el Black Label o el Platinum Label, estoy tomando decisiones que tendré que mantener durante 12 o 18 años. Estás dejando un legado para los que vienen después.”

8.- Madera usada. Los whiskys norteamericanos suelen ser añejados en barricas nuevas y por cortos períodos de tiempo en comparación con otros lugares. En cambio, en Escocia, muchas destilerías prefieren las barricas usadas porque les confieren otros aromas y un impacto menos intenso que favorece las largas guardas. Entre las barricas usadas más codiciadas están las españolas de Jerez que se usan, por ejemplo, para añejar The Macallan. Para otros whiskys como el Jura, prefieren barricas usadas de Bourbon.

9.- La porción de los ángeles. La barrica no es impermeable, todos los años se evapora aproximadamente un 2% de su contenido y en los primeros años llega a un 4%. Esta pérdida es “la parte de los ángeles” o “la porción de los ángeles” (the angel´s share) y es indetenible. Sin embargo, no es algo para preocuparse porque es parte del juego que permite un whisky más complejo y de mayor calidad.

10.- El corte del Diablo. Hay una pequeña porción de whisky que también se pierde en el interior de las barricas de roble por la absorción de la madera. En la destilería Jim Beam patentaron un método que permite extraerlo y lo embotellaron con el nombre de Devil’s Cut, porque nadie quiere estafar al Cielo, pero todos quieren ser más listos que el Diablo. Es un Bourbon muy concentrado, de alta graduación e intensos sabores a vainilla.


Ariel Rodríguez para Pausa Magazine

miércoles, 1 de febrero de 2017

Lavavajillas vs Champagne o cómo la tecnología arruina tu experiencia burbujera

Fuente: Pausa Magazine

“Fíjese como las burbujas salen todas linealmente del centro de la copa, eso habla de una muy buena calidad”, me decía el sommelier mientras me pasaba mi copa flauta en una presentación de espumosos. Había algo de cierto en sus dichos, las burbujas parecían nacer solo en el centro de la copa. Pero eso no delataba mejor calidad, ni decía nada del espumoso en sí, sino que me hablaba del detrás de escena del restaurante. Más precisamente de cómo se lavaba la vajilla.
El hecho es bastante sencillo. Es absolutamente normal que en los restaurantes y bares se utilicen lavavajillas, son más baratos que pagar a un pibe lavaplatos. El punto es que los lavavajillas utilizan detergentes y sustancias abrillantadoras que inhiben la formación de espuma. Su enjuague nunca es definitivo y los restos de esos productos químicos evitan la formación de las tan deseadas burbujas en nuestro espumoso. Por eso no se formaba un gran remolino burbujero y el sommelier decía que esa era “la elegancia” de este producto. Puro chamuyo.
“Es un vino que explota en la boca”, continuaba. Y otra vez tenía razón. Al beberlo toda esa burbuja contenida llenaba la boca. Nadie notaba lo raro de que una copa con escasa burbuja la presentara de tal manera en nuestro paladar.
¿Incrédulo? Hacé la prueba. Lavá una copa en un lavavajilla que utilice un producto abrillantador y lavá otra copa a mano con jabón y abundante agua para enjuagarla. Serví un mismo espumoso en ambas y observá cuál tiene más burbujas. No es magia, es química.
Cuando elegimos la copa flauta para servir una champaña lo hacemos porque su forma alargada y estrecha nos permite apreciar las burbujas y estas duran más que en copas de otras formas. Pero si esta no aparece estamos errando el camino.
También he escuchado el caso de quienes lavando a mano sus copas notaban que aún se seguía inhibiendo (aunque en menor medida) la formación de burbujas. El misterio se resolvió al cambiar el paño con el que se secaba las copas. Aunque trataban de mantenerse lo más puros posibles a la hora de la limpieza, por todo lo que hablábamos, el suavizante para telas con el que lavaban los paños de cocina era el culpable en este caso.
Entonces, ¿cómo lavar las copas? Hay que usar agua jabonosa o con detergente y enjuagar las copas con abundante agua tibia. A la hora del secado, usar papel de cocina o simplemente dejarlas colgando boca abajo para que escurran. Esto último nunca lo hagan sobre un paño porque les quedará olor a trapo mojado, aunque es bastante fácil de quitar. Todas las pequeñas gotas que queden marcadas producto del secado natural se pueden retirar fajinando las copas con una mezcla de agua y alcohol a partes iguales.
Parece que si queremos maximizar nuestro disfrute burbujero vamos a tener que trabajar un poco.


Ariel Rodríguez para Pausa Magazine


lunes, 30 de enero de 2017

Historias del Champagne I

Fuente: Pausa Magazine

Mi copa bohemia de rubia champaña
brindando amoríos, borracho yo alcé
Carlos Viván, “Cómo se pianta la vida”

¿Alguna vez te pusiste a contar cuántas burbujas contiene una botella de vino espumoso? Yo tampoco, ni siquiera es una duda que me haya asaltado alguna vez. Pero hay gente que no solo se lo bebe sino que además quiere saber el número. Uno de ellos es Bill Lembeck, un científico que en 2006 hizo el siguiente cálculo: una botella de Champagne de 750 ml contiene 4,125 ml de gas disuelto en el vino y la presión en la botella es de 5.5 atmósferas a 20º C. Como las burbujas son esferas bastante estables (de unos 0.5 mm de diámetro), podríamos saber cuántas hay dividiendo el volumen de CO2 de la botella por el volumen de las burbujas. No sé si el cálculo es viable, pero llegó a la cifra de 49 millones de burbujas por botella, sin importar si es Extra Brut, Brut, Demi Sec, etc.
Parece bastante. Sin embargo en la década del 80 la compañía Moët & Chandon había encargado el mismo proyecto a Bruno Dutertre, quien tras tres años de trabajo y siete millones de dólares gastados (sí, hay quienes gastan la plata en cosas así) concluyó que una botella tiene un promedio de 250 millones de burbujas. Su método fue fotográfico y computarizado.
Más allá del número real hay otra tanta millonada de historias alrededor del Champagne ¡cuántos logros celebrados, cuántas botellas que despidieron barcos, cuántos brindis y augurios a fin de año!
Para ser llamado Champagne debe provenir de una acotada región del norte de Francia, cerca de Reims y debe ser elaborado bajo estrictas regulaciones, como el método tradicional o champenoise. Se producen vinos de similares características en todo el mundo, pero al ser esta una Denominación de Origen no pueden llamarlos Champagne. Algunos sostienen que sí pueden usar el de Champaña o Champán, tal como lo reconoce la RAE, pero sigue siendo objeto de controversia. En inglés usan “Sparkling Wine”, en España “Cava” y en Italia “Prosecco”, aunque para ser justos estas dos Denominaciones de Origen tienen marcadas diferencias con el Champagne. En el resto de los países de habla hispana la palabra correcta es “espumoso”.

Beberse las estrellas
La tradición atribuye a Pierre Perignon la creación del Champagne, pero la evidencia indica que ya se conocía la segunda fermentación en botella mucho antes. De hecho, las investigaciones de este monje benedictino iban más por el lado de controlar y evitar estas fermentaciones.
En la abadía de Saint-Pierre d'Hautvillers los monjes elaboraban su propio vino y lo guardaban con celo en los sótanos. Quien lo hacía por aquellos años era el hermano Pierre que no solo era el custodio de la cava sino que era todo un obsesivo de su trabajo. Rápidamente ganó una gran reputación por su perfeccionismo a la hora de cuidar los viñedos y sus normas de higiene a la hora de elaborar los vinos. Una de las cosas que lo traían loco era la refermentación que se producía en algunas botellas y que hacía saltar corchos y estallar envases.
Un impreciso día de 1670, mientras hacía tareas de rutina en la cava donde guardaban las botellas de la abadía, Pierre Perignon oyó el descorhe de una de las botellas que custodiaba. Nadie se había metido clandestina sino que la presión hizo que saltara el corcho. Resignado a la rebeldía de sus botellas, se acercó y bebió el burbujeante líquido que se derramaba. La leyenda dice que gritó: “vengan todos, estoy bebiendo las estrellas”, una frase falsa y cierta a la vez. Falsa, porque nadie puede asegurar que la haya dicho; cierta, porque nadie puede negar que está bebiendo las estrellas con su copa de Champagne.

Algo más que la explosión de un corcho
Desde ese momento nuestro querido monje dedicó su vida a perfeccionar y controlar esa segunda fermentación que se producía en las botellas y generaba burbujas. Hubo que desarrollar tapones especiales, botellas especiales y aprender sobre el azúcar y las levaduras que lo consumen. Quinientos años después una bodega honró a este monje benedictino poniéndole su nombre a uno de los Champagne más reconocidos del mundo.
Paradójica y afortunadamente, una vez logrado domar esos vinos inquietos el fenómeno estalló.


Ariel Rodríguez para Pausa Magazine