viernes, 30 de junio de 2017

#MiPrimeraVez: un error que me hizo odiar el vino hasta que…

Tiempo atrás, recorriendo bodegas y enamorándome del vino

Mi primera vez con el vino fue bastante lejana y accidental. Esa costumbre de “mancharle” un vaso de soda a los niños no está arraigada en mi familia, más bien todo lo contrario. Sin embargo, ahora que escribo sobre vinos la memoria me trae palabras y escenas que creía borradas: una comida de invierno con vino caliente, la presencia infaltable de la damajuana en cada comida y el vendedor de vino de la vuelta que terminó cartoneando en 2001 y del que alguna vez espero contarles la historia.
En los ’80 todavía se arrastraba la tendencia del vino blanco originada en los ’70, cuando se los consumía en mayor proporción que los tintos. Yo tendría 8 o 9 años y mi único contacto era acarrear alguna damajuana de vez en cuando. El tema con estos botellones de 5 litros era que no entraban en la heladera y para tener un blanco fresco había que tener siempre una jarra en la heladera. Yo y mi hermano tomábamos jugo de manzana que se servía de una jarra exactamente igual. Se imaginarán entonces que el error podía llegar en cualquier momento y así pasó. Una tarde me equivoqué de jarra y tomé mi primer trago de vino.
Dos conclusiones me quedaron de esa tarde. Primero, que el vino no me gustó; segundo, que algunos blancos de esa época tenían un color tan oxidado que podía confundirlo con jugo de manzana.
Con la adolescencia llegó la época de bebérselo todo, cuanto más barato mejor. La cerveza, que en aquellos tiempos felices costaba $1, era mi bebida favorita. Pero con el vino no había forma, no me cerraba por ningún lado. A hurtadillas le tomábamos al viejo de mi amigo el Colón Malbec que en ese momento era de lo mejorcito que se podía conseguir en un supermercado de barrio. O por lo menos, era la novedad.
Ahí es cuando empecé a ver que había algo más. En ese sentido, el primer vino que me hizo darme cuenta de que me gustaba el vino, de que quería ir más allá, descubrir sus secretos y su cultura fue el Estiba I Cabernet Sauvignon de Bodegas Esmeralda. No tuve la suerte de empezar por la altísima gama y, en algún punto, me parece bien porque el camino del descubrimiento debe ser paulatino y desde abajo para tener un panorama más completo. El día que empecé este blog, le dedique la primer nota. Era justo.
Una cosa lleva a la otra y un día fui a mi primera cata, a tener mis primeras discusiones, mis primeras desilusiones y mis primeros enamoramientos. El vino de calidad no es solo beber vino, es como la vida y en la vida uno nunca deja de tener sus primeras veces, experimentar sensaciones nuevas, sorprenderse. Cuando pasa nuestro cerebro se seca.  Y ya sabés como termina eso...

¡Brindo por enamorarnos todos los días de lo que nos apasiona! ¡Saud!



3 comentarios:

  1. Muy buena nota Ari!!
    Quiero leer la historia del vendedor de vino!!
    Abrazo!!

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  2. Ariel, muy buena la nota! Espero ansioso la historia del cartonero ;) y coincido en lo que expresás, no hay que dejar de sorprenderse y descubrir. Abrazo!

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  3. Muy linda nota Ariel... de alguna manera, por cercanía generacional, creo que todos tuvimos una primera vez parecida a la que cuentas. Dónde han quedado aquellos tiempos.

    Abrazo desde Galicia!

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