viernes, 21 de julio de 2017

Un día en Rodizio Campo


Llegaron las vacaciones de invierno y con ellas pensar tres veces las salidas familiares. Es que en una pileta, playa o lugar de esparcimiento grande es fácil, los chicos y los grandes tienen con qué entretenerse. Pero en invierno las opciones se reducen, los lugares cerrados están atestados, salir a comer termina siendo una odisea. Y digo invierno, pero podemos extrapolarlo a cualquier otro día del año, se entiende.
Y así las cosas, un día nos fuimos a pasar la jornada a Rodizio Campo. El lugar es una estancia de 90 hectáreas pegada a Luján, de fácil acceso si vas en auto. Ya desde el vamos la amplitud y tranquilidad del lugar seducen a quienes queremos escapar del cemento. El predio está lleno de pequeños rincones donde viejas maquinarias rurales, juegos y paisajes invitan a distenderse.
El concepto de Rodizio Campo es el del Día de Campo, donde la familia tiene una serie de actividades para disfrutar entre las 11 y las 18 horas más la gastronomía del lugar. También hay un paquete Eco Campo Aventura para la semana, más económico pero sin el almuerzo.

Un servidor junto a tremenda espada de mollejas

Gastronomía
De entrada te reciben con la posibilidad de desayunar entre las arboledas. Hay un mate-bar a disposición de los visitantes así que ni hace falta de llevar tu propio equipo.
Ya bordedando el mediodía se empieza a sentir el aroma de la carne asada y aparece la picada previa con una selección de fiambres y quesos de muy buena calidad (no pregunté si de elaboración propia), empanadas y aperitivos para hacerse un vermú.
A la hora del almuerzo hay un surtido salad bar, selección de fiambres y otras delicias como frutos de mar y preparados fríos. Destaco la calidad general de estos productos y de los aderezos que uno tiene para condimentar las ensaladas.
El principal es, por supuesto, carnes asadas: chorizo, molleja, bondiola y asado de tira. Todo servido en la mesa con las espadas tan características de la casa. Casi que no nos entraba, pero probamos todo y hay que reconocer que la calidad de la carne es para aplaudir. Nada de grasa y muy sabrosa. En los postres también hay mucha variedad: fruta, postre vigilante, peras al vino tinto, shots de mousse, flan casero, quinotos al whisky, tiramisú, helado, etc.
Al cierre del día, el mate y el chocolate se acompañan de churros y torta fritas, ya con el sol bajando y la sensación de haber pasado un gran día en familia.


Las actividades
Si la buena mesa era esperable, la cantidad de actividades nos sorprendió. Principalmente porque están pensadas para todas las edades y personalidades. Para los aventureros está el circuito de Mountain Bike y el Bosque Aéreo donde se pueden tirar a través de 350 metros de tirolesas que cruzan una arboleda en todos los sentidos. No está librado al azar, hay medidas de seguridad e instructores para ayudar a los arriesgados visitantes.
Una opción más tranquila son las actividades con animales. Se puede visitar la granja, pasear a caballo, interactuar con los animales hasta incluso darle la mamadera a las ovejas recién nacidas. Con los caballos está la posibilidad además de hacer cuero-patín de la mano de jinetes del lugar, una divertida opción para los chicos.
Y si les queda tiempo libre también hay talleres de amasado de pan, creación de huertas y arquería, aunque ya no nos dieron los minutos para tantas cosas.

En resumidas cuentas, pasamos una entretenida jornada. Comimos bien y los chicos no solo no se aburrieron sino que terminaron “emocionados” de tantas cosas que podían hacer. La posibilidad de estar en contacto con animales y disfrutar un día al aire libre, desenchufados, es algo que rescato y valoro.



martes, 18 de julio de 2017

A resguardo de los Aliados y de los Nazis


Cuando a principios de 1945 las tropas Checoslovacas se iban haciendo con el control de su país muchos checos que habían colaborado con el régimen nazi huían temiendo represalias y castigos. Los propietarios del castillo de Becov Nad Teplou se contaban entre ellos y no querían que algunos objetos preciosos que atesoraban cayeran en manos soviéticas o americanas así que los escondieron antes de huir a Bélgica.
Durante 40 años los tesoros de los Beaufort-Spontin permanecieron ocultos en la capilla del castillo hasta que un cazador de tesoros norteamericano pidió permiso al gobierno de la Checoslovaquia comunista para hacer una búsqueda en el lugar. Las autoridades iniciaron un rastrillaje del lugar antes de que llegara el investigador y descubrieron uno de los tesoros más importantes del arte medieval: el relicario de San Mauro. Como diríamos por estos lares, levantó la perdiz y se quedó sin el tesoro.
Sin embargo, había algo más en ese sótano que la policía soviética despreció y puso en unas cajas: 133 botellas de vino del siglo XIX. Las botellas permanecieron “enterradas” unos 30 años más, hasta que en mayo de este año fueron nuevamente halladas y anunciada su puesta en subasta.
El tesoro es quizá menos importante que el relicario del que hablábamos pero cualquier enófilo quedará impresionado ante los nombres: Château d’Yquem 1896, Pedro Ximénez 1899, Corton Charlemagne 1892, Oportos de la misma época y las tres últimas Château d’Yquem 1899 de las que se tenga conocimiento. El valor asciende al millón de dólares y los vinos, probados a través del sistema Coravin que permite extraer líquido sin abrir las botellas, están en grandes condiciones.
Distinta fortuna siguieron los vinos que se encontraron en la casa de Tim Woodall, un inglés de Saffron Walden, Suffolk. Haciendo algunos arreglos en su jardín se vio de pronto frente a una pieza de artillería sin explotar de la Segunda Guerra Mundial. Rápidamente dio aviso a la policía y la brigada antiexplosivos hizo una detonación controlada para terminar con la amenaza. Mientras tanto Mr. Woodall seguía los pormenores que se sucedían en su jardín a distancia prudencial. De repente uno de los miembros del escuadrón avisa por radio que al estallar el artefacto quedó al descubierto un antiguo refugio antibombardeos, muy comunes en los jardines británicos durante la guerra. Para sorpresa de todos dentro del bunker había gran cantidad de vinos franceses de la década de 1930, pero el peculiar hallazgo no venía solo. También quedaron al descubierto otras dos piezas de artillería que debían ser destruidas inmediatamente. La prioridad era detonarlas, así que se lo hizo sin demoras provocando el derrumbe del refugio y la destrucción de todas las botellas.
Dudo mucho de mi suerte para hallar vinos enterrados u olvidados en el sótano de la casa de mis abuelos, pero por las dudas voy a pegar una ojeada más atenta. A lo sumo conseguiré un rico vinagre con sabor a otra época.



viernes, 14 de julio de 2017

Vinografía: Domaine Bousquet Pinot Gris 2016


Precio sugerido al 1/4/2017: $299

martes, 11 de julio de 2017

¿Vino de dónde? 5 lugares que no sabías que producen vinos

Viñedos de Montmartre.  Foto vía: Wikimedia Commons

París: el viñedo secreto
Que Francia es el sinónimo del vino lo sabemos todos, pero que se produzcan vinos en el centro de París es algo que muy pocos saben y muchos menos disfrutan.
En tiempos de los romanos las colinas del actual barrio de Montmartre estaban plantadas con viñedos y de allí salían vinos para abastecer a la incipiente París. Con el crecimiento de la ciudad y el desarrollo de zonas más aptas, los viñedos fueron desapareciendo hasta casi no quedar vestigios de ellos. Sin embargo en 1930 un grupo de artistas decidieron rescatar el último viñedo de París, de escasos 1556 metros cuadrados. De allí salen cada año 1500 botellas de medio litro de Gamay y Pinot Noir que se venden en su propia fiesta de la vendimia. Las botellas vienen con dibujos de artistas locales y el dinero recaudado tiene fines benéficos.


Foto vía: Travel to Thailand

Tailandia: cosechando a lomo de elefante
La planta de la vid puede crecer prácticamente en cualquier clima. Nosotros la estresamos para que dé mejores uvas, pero en un ambiente tropical puede dar dos o tres vendimias anuales. A los tailandeses eso no los preocupa y desde hace unos 20 años están apostando fuerte por vinos de calidad.
Tailandia es un país principalmente cervecero, pero se hizo una fuerte inversión y se llevó a enólogos europeos para que los asesoren. Saben que no pueden competir con los grandes vinos del mundo, pero han logrado alcanzar una calidad altísima para el sudeste asiático y sus vinos se sirven en Thai Airways y reuniones de jefes de estado.
Las cinco o seis bodegas existentes eligieron las alturas de las montañas para ganar amplitud térmica y plantaron principalmente Chenin Blanc, Syrah y algo de Tempranillo. Gran parte de su éxito se debe al turismo que recorre las bodegas, en especial en época de la vendimia que se hace a lomo de elefante o en bote porque muchos viñedos son pequeñas “islas”.

Foto vía: Flickr

Japón: el paciente silencio oriental
Los nipones ya hacen whiskys de calidad internacional, no era de extrañar que se tiraran a hacer vinos, más sabiendo que el país abarca las latitudes de toda España y Francia.
Lo que muchos no saben es que la planta de la vid se conoce en Japón desde hace unos mil años y llegó allí desde el Caúcaso a través de la Ruta de la Seda. Esas cepas sin identificar se habrían mezclado con variedades locales y así nació la Koshu. Se trata de una uva blanca que se cultiva en la Prefectura de Yamanashi, al sur de Tokio. Los vinos Koshu (el estilo se llama igual que la uva) son dulces y delicados, ideales para acompañar su gastronomía. Durante años se los consideró de baja calidad fuera de Japón, pero la crítica norteamericana empezó a poner un ojo sobre ellos y han recuperado el lugar que parecen merecer.

Coddington vineyard, Inglaterra. Foto vía: Wikimedia Commons

Inglaterra: a merced del cambio climático
La mención de Inglaterra en esta lista no debería sorprenderlos. Los primeros viñedos los plantaron los romanos que sembraron todo Europa con sus uvas. Pero a pesar de poseer buenos suelos y una gran afición por el vino, los viñedos ingleses prácticamente desaparecieron hacia la Primera Guerra Mundial cuando fueron dejados de lado para sembrar granos. Los viñateros ya venían castigados por malas políticas impositivas y el hecho de estar a merced de un clima difícil.
En 1952 John Edginton volvió a plantar vides en Inglaterra y a experimentar cuál era la mejor forma de llevar sus viñedos. Fue un pionero que luchó contracorriente, pero su ejemplo cundió y para la década del 70 hubo un boom de plantaciones que llegaron al pico de 400 viñedos en los años 80. Aunque muchos desaparecieron hoy se registran unas 1500 hectáreas.
El empujón más reciente para los vinos ingleses llegó con el siglo XXI: el aumento de la temperatura global mejoró drásticamente las condiciones de producción. Por otra parte los mismos ingleses están interesados en el vino local y sobre todo en sus sparkling wines que ya se están colocando entre los mejores de Europa.

Uvas en Rift Valley Winery, Naivasha, Kenya. Foto vía: Kenya Wines

Kenia y Ecuador: vinos entre dos hemisferios
Termino la serie con una yapa, pero de latitudes y características similares. El ecuatoriano Guillermo Wright pensó que “si se podía cosechar uvas de mesa, también era factible obtener uvas de vino” y decidió arriesgar una pequeña parcela de terreno con variedades que funcionaban bien en Brazil y Argentina. Efectivamente las plantas se adaptaron tan bien que tienen dos vendimias anuales. Es que el clima tropical hace que la planta crezca de manera desmesurada y tienen que hacer grandes esfuerzos para controlarla. Tan mal no les está yendo, su vino Enigma ganó una medalla de oro en Vinandino 2009, concurso que se celebra en nuestro país.
A los keniatas las cosas les iban un poco peor. Además del clima enfrentan inconvenientes como las plagas y la ausencia total de cultura vínica que llevó a los medios locales a hablar de “Cabrenet Sourvignor”, “Chardonney” o “Cheny Blanc”. El giro lo dio el enólogo sudafricano James Farquharson que llegó a las orillas del Lago Kaivasha en 2007 y ya para 2010 producía 88.000 botellas de un vino decente. Su secreto era el savoir faire aprendido al sur del continente.