martes, 27 de marzo de 2018

Charabón en el desierto

Pero qué iba a hacerles yo,
charabón en el desierto;
más bien me daba por muerto
pa no verme más fundido:
y me les hacía el dormido
aunque soy medio despierto

José Hernández. Martín Fierrro, I, IV



Finalmente hay actualización de mi vino. Los lectores asiduos al blog y quienes me siguen en las redes sociales sabrán que desde principios del año pasado estuve haciendo un curso de elaboración de vino casero. Fueron unos ansiosos meses de espera hasta que llegó la hora de embotellar en noviembre y el vino ya estaba en buenas condiciones para ser degustado.
Gracias al emprendimiento Hago Mi Vino pude aprender a elaborar esta noble bebida de la que vengo hablando y escribiendo desde hace años. Fuimos a comprar uva a unos productores que la traen de San Rafael al Gran Buenos Aires y en la bodeguita urbana de Fondo de Azcuénaga (por la calle de Morón en que se encuentra) pusimos a fermentar ese jugo mágico.


Fueron 70 kilos de Cabernet Sauvignon y 30 de Syrah que fermentaron juntos y nos dieron unas 60 botellas de vino. Tenía el dato que en 2017 el Cabernet sanrrafaelino estuvo muy bueno y el Syrah que traen estos productores viene cada vez mejor en cuanto a color y sabor, por eso nos decidimos a probar suerte con esa cofermentación.
En dos notas anteriores (Molienda, prensado y trasiego)se comenté estos pasos con más detalle.
Con noviembre llegó la comunicación de que estábamos en condiciones de embotellar nuestro preciado elixir. Pero antes debíamos enviar a los profes de Hago Mi Vino nuestro diseño personalizado de etiqueta para que lo hagan imprimir y el resultado final sea completo.
Como me pasó con casi todo este proceso, elegir un nombre fue difícil para mí, como también diseñar la etiqueta. Es que al ejercer la crítica, comentar y analizar este tipo de productos, la decisión de encarar un proyecto así te paraliza. Finalmente decidí distenderme y pensarlo desde otro lado, al fin y al cabo no era un emprendimiento comercial sino un divertimento que nació como regalo de cumpleaños.
Como soy un apasionado de la literatura, de unos versos de Martín Fierro surgió “Charabón en el Desierto”. El charabón es la cría del avestruz, un animal con poca experiencia. Así se siente Martín Fierro en el desconocido desierto y así me sentía yo haciendo vino, jugando al enólogo entre los monsters of wine que pude conocer en viajes y degustaciones. Sé que soy el recién llegado, y hasta diría que menos que eso, por eso me hago el tonto aunque en realidad esté aprendiendo. ;)
Por supuesto, si de Martín Fierro iba la cosa tuve que acompañar el nombre con una etiqueta afín y me decidí por un grabado del gran Carlos Castagnino.


La ansiedad de tantos meses me hizo descorchar una primera botella al otro día de envasado. Y con las semanas se fueron abriendo otras ante la palmada cómplice y el aliento de los amigos. El vino fue creciendo y de su estado inicial inmaduro fue puliéndose y mostrándose más vinoso. Es la parte que no vemos cuando vamos a la vinoteca.
Cuando me preguntan qué clase de vino es digo “es un vino”. No hay pretensiones de hacer algo increíble ni que alguien pierda la peluca después de probarlo. Es un vino por el gusto de hacerlo uno mismo; para mantener viva la tradición de nuestros abuelos que vinieron de Europa y querían seguir haciendo lo mismo que allá; es hacerlo para aprender; y es también hacerlo porque cada vez hacemos menos cosas nosotros mismos.
Ya está llegando la uva a Buenos Aires otra vez y aunque tengo 5 cajas de vino por tomar todavía ya estoy pensando en qué elaborar. Porque no me puedo detener ahora, hay que poner en práctica los conocimientos adquiridos y disfrutarlo, equivocarse, aprender, brindar.
Estoy infinitamente agradecido a los amigos de Hago mi Vino por el aprendizaje e invito a quién quiera vivir la experiencia sin tener que viajar a Mendoza y hacer grandes gastos de que consulten por los cursos.

Si quieren contactarse con Hago mi Vino:
mail: hagomivino@gmail.com
teléfono: 11 5338 2533

Foto de El Ángel del Vino