lunes, 15 de abril de 2019

Malbec, la historia sin fin


El Malbec, como muchísimas otras cepas, tiene origen francés. Según quienes investigaron su historia, en Europa recibió hasta un millar de nombres dependiendo de la zona de cultivo, pero el más famoso fue el de Côt, en Cahors. Tuvo su mayor auge entre los siglos XII y XIV cuando los reyes y papas lo elegían para engalanar sus mesas y su exportación representaba el 50% de los vinos que salían del puerto de Bordeaux. Entre el surgimiento de nuevas zonas, la epidemia de filoxera (una plaga que se comió la mayoría de los viñedos europeos) del siglo XIX y la gigantesca helada de 1956, el Malbec venía en picada y cedía su terreno a otras cepas más valoradas. Su futuro era oscuro como los vinos que dan sus uvas hasta que en los 90 reapareció ante el mundo de la mano de los vinos argentinos y reescribió la historia.


Aquí debemos hacer una pausa, porque la historia del Malbec en nuestro país empieza mucho antes y se emparenta con la del vino chileno. El Malbec llegó a Chile en 1841, introducido por un grupo de franceses que contaban con el apoyo de las clases gobernantes. Había un interés creciente por Francia y por trabajar con cepas de calidad. “El espacio más importante de este proceso fue la Quinta Normal de Santiago. Fundada en 1841 por iniciativa del exiliado argentino Domingo Faustino Sarmiento, su nombre se inspiraba en la Escuela Normal de París, donde se cultivaban distintas plantas, particularmente vides. La Quinta Normal de Santiago operó como una estación experimental, en el sentido de introducir nuevas especies y variedades de plantas europeas, adaptarlas a los suelos y climas americanos, y luego difundirlas en la región para mejorar la producción agrícola y agroindustrial”, explica el historiador Pablo Lacoste en su artículo Historia del Malbec.
Una vez vuelto de su exilio, Sarmiento funda la Quinta Normal de Mendoza con similares intensiones. El proyecto se presentó ante la Legislatura Provincial mendocina el 17 de abril de 1853 y se aprobó rápidamente, quedando a cargo de la Quinta Agronómica de Mendoza el francés Michel Aimé Pouget. Según William Beezley en La senda del Malbec, Pouget se trajo “una gran carga de plantas y semillas que incluía cepas de varios tipos, como por ejemplo, Cabernet Sauvignon y Pinot Noir; una de ellas era la uva Malbec”.


La cepa se adaptó muy bien al clima y suelo de nuestro país, especialmente en Mendoza donde los viñateros la adoptaron y comenzaron a llamarla “uva francesa” o “la francesa” a secas. Para darse una idea de la popularidad de la cepa (principalmente para los que siguen creyendo que es una moda contemporánea) bastan los números: en 1944 había implantadas 49000 hectáreas de Malbec; en 1966, 57690 hectáreas y en 1974, 50000.
En la década del 80 se produce una gran crisis para el Malbec y la vitivinicultura argentina en general. “Lamentablemente, y al amparo de beneficios impositivos, se comenzaron a implantar variedades criollas de mucho rendimiento y de baja calidad enológica que dejó en desventaja a este cepaje de rendimientos limitados cuya consecuencia fue un importante porcentaje de erradicación”, explican Carlos Catania y Silvia Avagnina. En 1990 solo quedaban 10.400 hectáreas de Malbec y en 1996 se registró el pico más bajo con 9.700 hectáreas implantadas en todo el país. Afortunadamente, en forma paralela se estaba gestando una revolución de la mano un puñado de enólogos que querían modernizar la industria y hacer un producto de calidad.
“En 1980, mi padre ya tenía conciencia plena de que el vino en la Argentina se estaba transformando en una commodity y que, como tal, la competencia con otras bebidas que ganaban popularidad se limitaría a una cuestión de precio”, comenta Laura Catena en su libro Vino argentino y agrega que, tras conocer el famoso Juicio de París (donde los vinos norteamericanos vencen a los franceses en una cata a ciegas), se obsesionó con lograr un vino de calidad mundial. A principios de la década de 1990 Nicolás Catena empezó a trabajar fuerte en ese sentido y no era el único. “El proceso empezó con la llegada de Jess Jackson en la década de 1990”, continúa Laura Catena, “después lo hizo el mundialmente famoso Michel Rolland y luego fue el turno de los italianos (Antonini, Pagli, Cipresso), los otros franceses, los españoles y los chilenos, que llegaron a fines de esa década, con posterioridad a la crisis financiera de 2001. De un listado de bodegas publicado en The Wine Advocate en 2009, el 45% de los establecimientos ubicados en la Argentina pertenecía a extranjeros o tenía un asesor enólogo extranjero”. Los enólogos argentinos empezaron a trabajar a la par de los flying winemakers y encontraron el apoyo de las bodegas para desarrollar sus conocimientos y capacidades. Lejos parecían ir quedando los vinos de baja calidad y las hectáreas de Malbec crecían año a año hasta llegar a las 43.000 actuales.


A partir de 2002, con la devaluación de nuestra moneda, se produce el gran despegue del Malbec. Consumidores de todo el mundo acceden a un vino de clase mundial a un precio conveniente para ellos. Los críticos empiezan a mirar con más atención el fenómeno y ratifican lo que los consumidores ya sabían: que el Malbec argentino era muy bueno.
Lentamente nuestra cepa de bandera fue creciendo en prestigio y adaptándose a diversos estilos. Se fue pasando del “Malbec fotocopia”, como lo llamaba Miguel Brascó, a la búsqueda de la identidad del terruño. Cada día parece surgir una nueva búsqueda, alguna más que interesante, demostrando que este varietal todavía tiene mucho que decir en nuestro país. Lejos de ya haber encontrado su techo y su estilo definitivo, el Malbec escribe su historia interminable minuto a minuto.

Bibliografía:
Beezley, William. La senda del Malbec: la cepa emblemática de Argentina. En: Universum 20, 2, 2005
Catena, Laura. Vino argentino.  Buenos Aires: Catapulta, 2011



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