Borges y el vino

Borges es el personaje inefable de la literatura argentina y en su honor se celebra el Día del Lector en Argentina.  Un escritor que habló y escribió sobre todos los temas, incluso el vino.

Hace un tiempo realicé una infructuosa búsqueda sobre la relación de Jorge Luis Borges y el vino.  Quise saber qué vino tomaba Borges o, al menos, qué vino merecía su elogio.  No pude obtener mucha información hasta que cayó en mis manos el “Borges” de Adolfo Bioy Casares.  Este voluminoso libro, publicado en 2006 cuando ambos autores habían muerto, recoge los fragmentos del diario íntimo de Bioy en los que aparece su inseparable amigo.  No es el Borges público, sino el íntimo, el de entrecasa, el que suele ser políticamente incorrecto.  Gran parte de los diálogos se dan en la sobremesa de los Bioy Casares, donde la comida no destacaba y tampoco el vino, puesto que tanto Adolfo como Silvina Ocampo no bebían alcohol, salvo algún champagne a fin de año.  Bioy le encontraba gusto a remedio y Borges lo acompañaba.  Por lo que se deja traslucir en la obra, nuestro gran maestro de las letras no era un amante del vino, incluso menos que un bebedor ocasional.

Hace pocas semanas, una María Kodama enfurecida comentaba que un libro de futura aparición dice que Borges bebió grandes cantidades de cerveza en un viaje a Escocia.  En la entrevista para La Nación declaró “nunca bebió cerveza. Él me contó una vez que cuando era joven bebía vino, y dejó de beber porque un día en un cóctel escuchó que unos amigos del padre decían: ‘¡Qué lástima, si sigue así, el hijo de Borges va a ser un borracho!’. Y entonces dejó de tomar vino, aunque tampoco es que se emborrachaba.”

Borges recibe un vino de regalo

En mi búsqueda una y otra vez aparecían dos conocidas poesías borgeanas: Soneto del vino y Al vino, ambas del libro El otro, el mismo (1964).  Todo enófilo curioso y amante la cultura ha llegado ante ellas alguna vez.  ¿Por qué las escribe Borges?  Arriesgo una hipótesis, Jorge Luis Borges rescata el valor simbólico del vino y cómo este se enlaza con la cultura occidental.

Vuelvo sobre esos poemas.  Leer a Borges y descubrir las capas de sentido en sus obras no es una pérdida de tiempo. Y esta vez rescato su idea del vino: alegría y amistad (“yo busco en tí las fiestas del fervor compartido”), además de historia y descubrimiento.  En esto último hay una clave para entender ambos poemas.  Para Borges, el vino es “dádiva y candelabro“, es decir, un regalo y un objeto que permite alcanzar la iluminación en horas oscuras, un «sésamo» para abrir puertas.  El vino nos permite ver más allá, comprendernos, mirar hacia adentro y reflexionar sobre uno mismo, por eso los versos finales del Soneto del vino dicen:

Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
como si ésta ya fuera ceniza en la memoria.

Fuera de estos poemas, hay muy pocas menciones a bebidas alcohólicas en la obra de Borges.  Apenas en el cuento El Aleph (1949), beben algo de “coñac del país”, tratándolo con menosprecio.  En ese cuento se narra el encuentro del protagonista con un objeto fantástico, un Aleph, un punto del universo que los contiene a todos.  El narrador nos cuenta que al mirar ese pequeño objeto  puede ver todo el universo como si se tratara de un espejo mágico, una bola de cristal o una Internet.  El relato es uno de los más logrados, celebrados y comentados de Borges y me llevó a pensar: ¿existirá un vino como el Aleph, es decir, existirá un vino que los contenga a todos?; ¿habrá un Santo Grial que al probarlo nos permita probar todos los vinos del mundo concentrados en él?; y si existe, ¿te atreverías a probarlo?

Todos dirán que sí, pero después queda el tedio, la desesperanza y el temor de que no hay nada mejor que ese Aleph.  He ahí el laberinto borgeano, una pesadilla de la que no se puede salir o de la que tal vez no queremos salir.  En ese sentido, ¿el Malbec será nuestro laberinto?

Borges restaurante
Foto: La Nación

Otra idea vertiginosa es la que plantea en La biblioteca de Babel (1941).  En ese cuento alegórico, el universo es una vasta biblioteca que contiene todos los libros que existen y que existirán.  Es un juego matemático donde cada tomo difiere del anterior en una letra y como resultado, a la larga, todas las obras deberían estar en esa biblioteca.  Imaginemos la “Cava de Babel”, el paraíso y locura del fanático del vino donde pueden estar todos los vinos que puedan existir.  Otro paraíso que se vuelve en el infierno, porque no podemos tomarlos todos, cuántos no nos gustarán, cuántos serán experimentos fallidos, ¿encontraremos “nuestro” vino?, ¿el de la Última Cena?, ¿cómo sabremos cuál es el vino perfecto?.

Vuelvo al escritor y el vino y cierro con una de esas anécdotas suyas que ya son una segunda forma de su literatura.  Emir López Monegal cuenta que en una reunión social Jorge Luis Borges estaba acompañado por su madre, la insufrible Leonor Acevedo, les ofrecen una copa y rápidamente la señora contesta: “el niño no toma vino”.  Nada raro, salvo que “el niño” ya andaba por los sesenta años.

Ariel Rodriguez

http://www.vinarquia.com.ar

Profesor de Literatura y entusiasta del vino, su cultura y la gastronomía. Llevo adelante este blog desde 2011 y colaboro con diversos medios online. Autodidacta, soñador.

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2 Comments

  • Muy buena nota y gracias a que compartimos la pasión por Borges, volví a tu nota del 2017 sobre El Hilo Rojo del Malbec; cuadra perfectamente como un laberinto Borgeano Argento donde está sumido la inmensa mayoría de los consumidores nacionales que no salen de nuestra cepa de bandera, por mas que tenga infinitas variaciones de perfiles. El Aleph de los vinos? Nunca habría que probarlo! porque siempre lo importante es la búsqueda y el descubrimiento! jeje.
    EXCELENTE Nota!
    Abrazo Patagónico

    • Hola Fabian, me alegra que te haya gustado y que te acuerdes de aquella nota!
      Buscar, buscar y buscar para sorprenderse, esa es la que va.

      Abrazo

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